Madrid, España.- Piense en la última vez que corrió para alcanzar el autobús y tropezó a la vista de todos. En el lenguaje de hoy, esa pequeña torpeza le habría costado, como mínimo, mil puntos. Por el contrario, lograr atrapar un vaso en el aire un segundo antes de que se estrelle contra el suelo suma dos mil. ¿Y devolver el saludo a un desconocido por la calle para descubrir que, en realidad, le hacía señas a la persona que caminaba a su espalda? La ruina social absoluta.
Tradicionalmente, virtudes como el carisma, el encanto o la propia dignidad han sido cualidades intangibles, un misterio casi innato. Sin embargo, los más jóvenes han cambiado las reglas del juego. Para la generación Z y la generación Alfa, la gracia social ya no es un don indescifrable, sino una estricta contabilidad pública.
Bajo el concepto de “farmear aura” (o “aura points” en su popular versión en inglés), millones de adolescentes y jóvenes de todo el planeta han hecho suyo un sistema de puntuación invisible donde cualquier acción cotidiana suma o resta a su capital social.
Aunque a primera vista pueda parecer el enésimo chiste pasajero de internet, la realidad es que estamos ante un profundo fenómeno sociocultural. Se trata de convertir el día a día en un videojuego continuo, en una curiosa mezcla que une la obsesión actual por la imagen digital con una nueva forma de medir el comportamiento. Una tendencia tan potente que ha dejado de pertenecer únicamente a los algoritmos para dar el salto al mundo real, inspirando incluso encuentros multitudinarios en las plazas de las grandes ciudades.
El ADN de un nuevo lenguaje
Pero, para entender la magnitud del fenómeno, primero hay que desgranar esta curiosa combinación de palabras. El término “farmear” es, sencillamente, la adaptación al español de la voz inglesa “farming” (cultivar).
Sin embargo, según documenta la enciclopedia Britannica en su análisis sobre la jerga juvenil, este verbo comenzó a utilizarse entre los años noventa y la primera década de los dos mil en el ámbito de los videojuegos de rol multijugador masivo (conocidos como MMORPG), con títulos emblemáticos como ‘World of Warcraft’ o ‘Runescape’.
En el vocabulario de los jugadores, esta acción consiste en repetir una tarea con mucha paciencia (ya sea recolectar materiales, sembrar o derrotar a enemigos pequeños) para ir acumulando poco a poco recursos o puntos de experiencia. Es decir, un esfuerzo constante para obtener pequeñas recompensas.
Por otro lado, la palabra “aura” ha experimentado un giro radical. Históricamente, la asociábamos al esoterismo, a esa atmósfera sutil o energía mística que supuestamente rodeaba a las personas. Curiosamente, el filósofo alemán Walter Benjamin ya hablaba del “aura” para referirse a la esencia única y original de una obra antes de que la reproducción masiva terminara por desgastarla. Sin embargo, su nuevo uso es tan generalizado que el diccionario estadounidense Merriam-Webster ya la ha incorporado a su glosario oficial de jerga digital, definiéndola exactamente como “la cualidad de ser impresionantemente genial”.
¿Cómo llegó a adquirir este significado? La respuesta se encuentra en dos universos muy distintos de la cultura pop. Primero, a través de la animación japonesa: mangas y animes que marcaron a toda una generación, como ‘Hunter x Hunter’ o ‘Dragon Ball’ (donde la energía o “ki” demostraba la superioridad de un guerrero), vincularon este concepto a una fuerza invisible y arrolladora.
El empujón definitivo llegó desde el deporte de élite. Alrededor del año 2020, los seguidores y comentaristas deportivos de las redes anglosajonas empezaron a hablar del “aura” que rodeaba a las grandes estrellas. En debates sobre la NBA o el fútbol internacional, la palabra se usaba para describir ese magnetismo único de los mejores atletas: una presencia tan indiscutible e imponente ante el público que conseguía que incluso sus errores pasaran desapercibidos.
El estallido algorítmico
El salto definitivo para convertirse en un fenómeno global tuvo lugar, como casi todo hoy en día, en TikTok. De forma espontánea, la comunidad de usuarios comenzó a hablar de los “aura points” (puntos de aura). Y, según datos de The Wall Street Journal, la etiqueta “#aurapoints” experimentó un crecimiento del 378 % solo entre mayo y junio de 2024.
De un día para otro, la red se llenó de miles de jóvenes que, a modo de diario o confesionario personal, compartían sus vivencias bajo una curiosa lente matemática. El objetivo era evaluar si sus acciones de la jornada los habían dejado con saldo positivo o, por el contrario, en números rojos sociales.
Las reglas de este peculiar juego no están escritas, sino que las dicta el tribunal popular en la sección de comentarios. Y el veredicto es claro: se castiga de forma implacable cualquier atisbo de desesperación o ridículo, al tiempo que se aplaude la elegancia natural y esa actitud relajada de quien parece estar de vuelta de todo. Por ejemplo, perdonar a una pareja infiel se penaliza fulminantemente con una pérdida de cien o mil puntos. Por el contrario, disimular un tropiezo vergonzoso haciendo unas flexiones en el suelo o dar una respuesta brillante en el momento justo genera grandes dividendos.
Y así fue como la tendencia dio un paso más, pasando de ser un estado pasivo a uno totalmente activo: ya no basta con tener esa cualidad innata, la meta ahora es cultivarla. Y de ahí, el concepto de “farmear”.
Tal y como detalla la enciclopedia Britannica, el “aura farming” se ha convertido en la búsqueda consciente de momentos, poses, silencios estratégicos o pequeñas proezas diseñadas para acumular reconocimiento y validar nuestra propia imagen bajo la siempre atenta mirada de los demás.
De las pantallas a las calles
A menudo, las modas de internet que nacen en el mundo anglosajón se limitan a añadir un par de palabras nuevas al vocabulario digital. Sin embargo, en el mundo hispanohablante esta tendencia ha cobrado una dimensión física. Y es que ha sido América Latina la encargada de sacar el “farmeo de aura” del universo virtual para llevarlo a la vía pública.
De pronto, conocidas plazas públicas de Santiago de Chile, Buenos Aires, Lima y de diversas ciudades brasileñas, así como la emblemática explanada del Palacio de Bellas Artes en Ciudad de México, se han transformado en improvisados cuadriláteros. En estos lugares se celebran las llamadas “batallas de aura”, concentraciones de decenas de jóvenes que han llamado la atención internacional por su llamativa dinámica: los asistentes forman círculos de manera espontánea y pasan al centro para competir. Allí miden su encanto frente al rival enlazando todo tipo de movimientos corporales, desde gestos extraídos de los videojuegos hasta poses dramáticas inspiradas en las series de anime.
Y aquí reside lo más curioso: no hay ni un solo roce físico ni atisbo de violencia. La verdadera meta de estos duelos es conquistar el escenario, dominar el entorno con pura actitud y conseguir desatar la ovación y los vítores del público presente.
Era cuestión de tiempo que este fenómeno cruzara el Atlántico. Estos singulares torneos han empezado a conquistar los parques de España, registrándose encuentros en ciudades como Madrid, Barcelona o A Coruña. Al igual que en Latinoamérica, los adolescentes se retan cara a cara, sin llegar a tocarse, encadenando coreografías que nacieron como memes, como es el caso del popular paso “six seven” (gesto con las manos, sacado del videoclip ‘Doot Doot (6 7)’ del rapero Skrilla, que en la jerga digital significa “más o menos”.
Un escudo contra el ridículo
Pero ¿qué empuja a los jóvenes más conectados de la historia a ponerle una nota numérica a su propia dignidad? Lejos de ser una simple frivolidad, los expertos ven en este pasatiempo digital un espejo perfecto de las inquietudes de la juventud de hoy.
Julian Baggini, filósofo británico y cofundador de The Philosophers' Magazine, lo resume así para The Guardian: “hay una especie de ‘zeitgeist’ en torno al karma y la energía en este momento, por eso lo formulan en términos de aura. Es irónico, pero también parece ser una suerte de extraño código de honor contemporáneo”.
Esta visión clásica defiende que ser una “buena persona” no consiste en acatar reglas abstractas, sino en cultivar un buen carácter a través de nuestras acciones diarias. Así, al dejar que la sección de comentarios evalúe sus anécdotas, los jóvenes están, en el fondo, pidiendo a su comunidad que juzgue sus hábitos y su moral.
La ironía es que el propio diccionario de la Real Academia Española (RAE) incluye entre sus definiciones de aura el “favor, aplauso o aceptación general”. Y justamente hoy, las nuevas generaciones utilizan precisamente las redes sociales para buscar esa aprobación.
Pero, como en todo juego, hay una cara más oscura: quizá esta necesidad obsesiva de medir la validación sea el síntoma de una profunda ansiedad. Y es que vivimos en la era de la hipervisibilidad, donde el terror a hacer el ridículo y quedar expuesto en un vídeo viral es una amenaza constante. En este contexto, reírse con los “puntos de aura” funciona como un escudo protector: transforma la vergüenza en una autoparodia voluntaria. Y, al mismo tiempo, demuestra hasta qué punto la lógica de los videojuegos y las estadísticas han calado en nuestra mente, viéndonos a nosotros mismos como personajes cuyos atributos hay que mejorar.
Porque al final, si echamos la vista atrás, desde los elegantes salones de la corte de Versalles hasta los oscuros clubes de jazz del siglo pasado donde nació la cultura de lo “cool”, vemos que todas las generaciones han creado sus propios códigos para definir quién tiene ese preciado magnetismo social.
Así, ya sea compartiendo un pequeño tropiezo en un vídeo de diez segundos, debatiendo los puntos en un chat con amigos o demostrando un aplomo imperturbable en el centro de una plaza, el mensaje de esta nueva era es claro: en el tablero social del siglo XXI, nadie está dispuesto a quedarse con la cuenta en rojo.
¿Será una moda pasajera más? Quién sabe. Lo que está claro es que, por el momento, “farmear aura” no parece una extravagancia aislada, sino la actualización, en plena era de las redes sociales, de una necesidad humana universal: buscar el reconocimiento, encajar en el grupo y salvar nuestra dignidad frente al resto.