Su imponente estructura semeja a lo lejos una enorme figura de Buda en posición de meditación. El monasterio Chung Tai Chang, enclavado entre montañas en la ciudad de Puli, en el condado de Nantou, a unos kilómetros de la ciudad de Taichung, Taiwán, es una oda a la opulencia, a la magnificencia y una obra monumental de la arquitectura moderna de Taiwán.
Apenas el visitante avanza por la colina que conduce al monasterio, se encuentra de frente con una edificación de 16 pisos cuyo diseño arquitectónico es una mezcla de estilos orientales y occidentales.
Tiene además una torre de 150 metros en la que sobresale un domo dorado de titanio en forma de flor de loto.
El Chung Tai Chan es una creación del maestro budista Wei Chueh (1963), quien luego de 10 años de aislamiento y meditación en las montañas, respondió a la difusión del Dharma (budismo) iniciando la construcción de este monasterio en 1991.
La enorme y moderna obra diseñada por el arquitecto C.Y. Lee, responsable del Taipéi 101, el famoso rascacielos de la capital taiwanesa que mide 509 metros de altura, fue inaugurada en 2001 a un costo de 650 millones de dólares, producto de las donaciones de los fieles.
La arquitectura del Chung Tai Chan expresa una armonía entre las artes, las ciencias, la cultura y las enseñanzas de Buda.
Al llegar aparecen frente a los ojos dos enormes puertas de cobre que de inmediato borran de la mente la idea de un templo budista cualquiera de los más de 4,000 que hay en la pequeña isla de 36 mil kilómetros cuadrados que conforma Taiwán.
Dentro es un sitio turístico. Decenas de visitantes nacionales y extranjeros recorren las salas mientras son guiados por monjes y monjas de cabeza rapada y túnicas color café (de los más de 1,600 que residen en el monasterio junto a cientos de laicos).
Apenas llegamos nos dieron gafetes y una monja nos condujo a una sala donde nos recibiría Yun Fashi, el viceabad, segundo en jerarquía dentro del monasterio. Ahí, en un espacio moderno y lujoso donde había sillas con pequeñas mesas formando una U, nos invitaron a tomar el té y él en mandarín nos invitó a conocer el Chung Tai Chang y su riqueza religiosa y cultural.
EL RECORRIDO
La visita guiada inicia en la primera planta. Ese es el primer paso para recorrer las tres salas centrales de Buda, que se elevan de forma vertical hasta la cúpula dorada que simboliza la iluminación de la verdad, un despertar de la mente, la verdadera naturaleza de Buda.
Apenas se entra por la enorme puerta de cobre compuesta por tres hojas que pesan unas cinco toneladas cada una, lo primero que aparece a la vista del turista son cuatro enormes estatuas de cuatro caras que parecen sostener la estructura de la sala.
Se trata de los Cuatro Reyes Celestiales que tienen cuatro caras “cuatro en uno y uno en cuatro”. Las enormes estatuas de rostros serios que infunden temor y respeto están hechas en granito, miden doce metros y representan los cuatro puntos cardinales. Muy cerca de los rostros serios de los reyes encontramos a un Buda sonriente que parece darnos la bienvenida.
El recorrido continúa en la Gran Sala Majestuosa, el primero de los tres espacios dedicados a Buda en la segunda planta del monasterio. Una escultura de granito rojo y piedra gris del Buda Shakyamuni que representa “La transformación de Buda” es lo primero que llama la atención de los visitantes. La monja explica que esta es la escultura histórica de Buda que está al acceso de la gente común.
Según un documento del Chung Tai Chan, la virtud, la sabiduría y el poder de este Buda puede someter a todos los demonios y las herejías, por lo que se conoce como “El gran majestuoso”.
El lugar donde se erige la estatua está rodeado de un ambiente de calma y serenidad como un reflejo de la compasión de Buda en este mundo de sufrimiento.
MAGNIFICENCIA Y LUJO. La monja continuó con sus explicaciones mientras un ascensor nos conducía al quinto piso, donde había un Buda elaborado en oro puro, rodeado por un aura de oro.
Esta es la llamada Sala de la Magnificencia, donde sobresalen muros con miles de budas en relieve que representan la perfección infinita, mientras en el techo que semeja las cuevas de Dunhuang (en una provincia Gansu, China) muestra hermosos trazos pintados a mano.
La escultura es considerada el Buda de la Medicina (Amitabha), que sentado con serenidad da la bienvenida a tierras puras. “Buda nos habla de la belleza del alma y donde está… en el corazón”, se pregunta la monja, quien admite que el ser humano vive una vida con muchos deseos.
La monja nos condujo luego al noveno piso donde encontramos una sala con piso, paredes y techo blancos, denominado el Gran Hall de la Iluminación. Al fondo, se levanta un Buda blanco en posición loto rodeado por un aura radiante.
El recorrido continúa en el ascensor principal del monasterio que es de vidrio y recorre un conducto también transparente.
Desde ahí se puede ver la magnificencia, el lujo, el orden y el rigor que parece contrastar con los principios espirituales del budismo que se enmarcan en tres disciplinas: obras de beneficencia, los estudios de las escrituras y la meditación.
En las 25 hectáreas que conforman el monasterio, está el museo de arte Chung Tai que contiene en su interior más de 200 años de historia plasmada en antiguas reliquias y esculturas. También hay una enorme y moderna biblioteca, una cafetería y una tienda de souvenir.
El resto lo ocupan los aposentos de los monjes quienes se enfrentan a diario a una rutina que inicia antes de las 4:00 de la mañana con rezos, cantos y meditación hasta las 6:00 AM que es la hora del desayuno. El resto del día los monjes se reparten las tareas de limpieza, cocina y lavado.
La siguiente estación es el domo de oro, una sala construida en titanio, donde el visitante se para en el centro y si habla se escucha el eco de su voz.
“Es como escuchar la voz interior. Es una forma de enfrentarse a su yo. Di palabras buenas y escucharás el eco”, pidió la monja. Lo hicimos y de verdad se escuchó.
En el último piso, el 16, una pagoda en madera de siete pisos se erige imponente rodeada de imágenes de Buda. La obra arquitectónica se localiza en una especie de mirador desde donde hay una vista panorámica de la ciudad desde un ventanal.
En ese lugar donde parece que uno está flotando en el aire, terminó el recorrido en el ascensor. Pero le siguió un paseo por el museo y un curso rápido de escritura tradicional china que fue, sin duda, un encuentro con una cultura politeísta donde se mezclan el budismo, el taoísmo y el confucismo dentro de un imponente templo donde la tecnología del siglo XXI se mezcla con la religiosidad y la solemnidad.