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Un caso de Edgardo Galdámez

<p>Un crimen, muchos testigos y un misterio que se enreda cada día más. Este relato narra un caso real. Se han cambiado algunos nombres.</p>
11.05.2013

CRIMEN.
El jueves 2 de mayo, a las diez de la noche, asesinaron a balazos a Edgardo Ulises Galdámez, inspector de Policía de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC).

Lo asesinaron por la espalda delante de varios testigos, todos compañeros de trabajo que no hicieron absolutamente nada para defenderlo. Su muerte ha dejado un vacío doloroso en el corazón de quienes lo estimamos y tuvimos el honor de contarlo entre nuestros mejores amigos. Su asesinato nos llena de indignación y nos demuestra una vez más el lamentable nivel de indefensión en que se encuentra la sociedad.

Se dicen tantas cosas sobre la muerte de Galdámez. Que se peleó con un compañero, que se tiraron cervezas en medio de la ira, que alguien lo llamó para que quitara su carro que estorbaba, que el asesino le disparó frente a testigos, que un oficial le entregó su pistola a un subalterno para que lo defendiera, que una novia le sacó la billetera en el momento en que agonizaba en el suelo, que había recibido amenazas a muerte, que el comisionado Abencio Atilio Morazán estaba a punto de trasladarlo a Copán, que “El Zarco” manejaba la moto, que esto, que el otro…

La verdad es que asesinaron a Galdámez, que los motivos de su muerte quedarán en el misterio, que el crimen quedará sin castigo y que la amenaza contra los oficiales, agentes y detectives de la DNIC seguirá latente…

Lo peor es que hay quienes dicen que los detenidos son inocentes de este crimen. La pregunta está planteada: ¿Quién mató a Galdámez y por qué? Lo más seguro es que no tendremos respuesta.

CASO.
Cuando Galdámez estaba asignado a Puerto Lempira, resolvió “El extraño caso de los vellos robados”, un caso que, sin duda, los lectores y lectoras de esta Sección recordarán, y, entre muchos más, resolvió este de hoy, que guardaba en su archivo personal y que nos entregó hace apenas dos semanas.

MUERTE.
Era una mañana calurosa en Puerto Lempira, el sol estaba alto en el cielo y la brisa suave y permanente que soplaba de la laguna de Caratasca no ayudaba en nada a refrescar el ambiente.

Galdámez no había dormido. La noche anterior, un equipo de la DEA y de la Fuerza Naval rastrearon la cocaína que habían lanzado al mar tres hombres que tripulaban una lancha rápida y que habían sido capturados en alta mar.

Había sido una noche agitada, los hombres estaban detenidos pero los paquetes de droga no se encontraron por ningún lado. Aunque a Galdámez le gustaba su trabajo, rastrear paquetes de coca no le agradaba mucho, y menos meterse con narcotraficantes poderosos que no se tocaban el alma para llevarse de encuentro a quien se les pusiera por delante.

Bostezaba casi hasta desencajarse las mandíbulas, cuando entró a su oficina un hombre de unos cincuenta años, delgado, trigueño, de ojillos de serpiente y pelo de puerco espín. Con voz agitada, le dijo:

“Señor policía, vengo a denunciar que ya se murió mi madre”.

Acostumbrado a tantas cosas raras en aquella zona, la denuncia no tomó por sorpresa al oficial.

“Cálmese y siéntese. ¿Cómo es eso que viene a denunciar que ya se murió su madre”.

“Sí, ya se murió. Mire que la encontré toda dura en la banca que tenía cerca del fogón. La pobrecita se murió tomando café”.

Conforme hablaba, el hombre estrujaba el sombrero, amenazando con romperlo, sus ojos bailaban en sus órbitas y su desesperación crecía.

“¿Cuántos años tenía su mamá?”

“Ochenta y dos, señor, pero se veía joven y fuerte…, y era bien terca… No sé cómo se murió, me dejó solito en el mundo”.

Galdámez estaba confundido. Aquel hombre manejaba las ideas peor que Cantinflas.

“Y, ¿usted viene a denunciar que se murió?”

“¡Ay!, sí, señor”.

“Y, ¿de que supone usted que se murió?”

“Pues ha de ser de viejita, señor”.

“Y, ¿por qué viene a la Policía?”

“¡Ah!, porque ustedes son los que investigan de qué se muere la gente”.

Galdámez no sabía qué decir.

“¿Y usted quiere que investiguemos de qué se murió su madre?”

“Así es, señor”.

“Pero usted dice que se murió de viejita”.

“Es que todavía no tenía que morirse…”

“¡Ah!, ¿y por qué no tenía que morirse todavía?”

El hombre guardó silencio de repente, miró hacia todos lados, como si mil ojos lo estuvieran viendo, miró a Galdámez, con ojos desorbitados, le arrancó un pedazo a su sombrero de junco, y se puso de pie.


No dijo una palabra más y salió de la oficina casi corriendo. Galdámez dio un grito. Dos policías le cerraron el paso.

LA MUERTE.
Eran las dos de la tarde cuando llegaron al caserío más olvidado de Yamanta, una de las aldeas más pintorescas de Puerto Lempira.

Galdámez se moría de hambre y de sed y se caía de sueño. Lo peor era que los intestinos se le habían revuelto y estaban a punto de traicionarlo.

La casa donde esperaba el cuerpo de la anciana estaba rodeada de árboles, en el centro del llano. Era una casa de adobe, madera y bahareque, con techo de zinc oxidado y un largo corredor de ladrillo cocido.

Algunos vecinos esperaban sentados y, los más osados, rodeaban el cadáver que ya estaba acompañado por las moscas.

La anciana estaba sentada en una banca antigua, hecha con una sola tabla larga y gruesa, sin brazos y con patas rollizas; tenía la cabeza apoyada en la pared, cerca del fogón apagado, los ojos abiertos, como si la Muerte la hubiera aterrorizado antes de llevarse su vida y, en su boca abierta, asomaba una lengua negra, entre los dientes postizos, manchados también de negro. Galdámez, que sentía que los intestinos lo traicionaban, estaba seguro de que la señora había muerto “de viejita”, como había dicho su hijo, y que el corazón, cansado a sus ochenta y dos años, había decidido descansar para siempre.

Pero, a pesar de la diarrea que lo atormentaba en su interior, su mente “olió” algo en aquella escena.

“Era algo raro, Carmilla, algo que no me gustó, que me pareció extraño. Yo estaba seguro de que la señora había muerto del corazón, y no me hubiera movido de Puerto Lempira, si la actitud de aquel hombre no se me hace sospechosa”.

Galdámez razonaba como una máquina de pensar, era uno de los detectives de la vieja escuela, la escuela de Wilfredo Alvarado, y era uno de los mejores investigadores.

Pero tenía un grave problema en aquel momento. Su esfínter no resistía más. Sudaba, estaba helado, le dolía hasta el alma y no hallaba qué hacer.

Entonces, en el colmo de la desesperación, se acercó a un anciano que velaba el cadáver de doña Carlota con enorme tristeza.

“Perdone, señor –le dijo–, fíjese que tengo que ir al baño”.

“¡Uy, señor! Aquí no tenemos de eso”.

“Pero tienen letrina…”

“Tampoco, señor… Aquí cuando vamos a hacer del cuerpo nos vamos al monte, allí ‘nomasito’, en el llano. ¿Y es que ya se hace?”

Galdámez respondió moviendo la cabeza hacia adelante, apretando los labios y suplicando con los ojos.

EL LLANO.
Es un páramo que se extiende liso hasta donde alcanza la vista, los árboles son escasos, los arbustos abundan y la hierba no crece mucho. Al fondo, el cielo azul se funde con la tierra y, desde cualquier sitio, se puede ver en todas direcciones sin ningún problema.

“¿En el llano, dice?”

“En el llano, mijo”.

Galdámez sintió un dolor terrible en los intestinos. Estaban a punto de soltarse.

“¿Tienen papel?”

El anciano sonrió, se puso de pie, se alejó unos pasos y tardó un minuto en volver, un minuto que para Galdámez fue un siglo. El señor lo llevó afuera, le entregó una vara larga y gruesa, tres olotes secos y un pedazo de espejo.

“Mire, señor –le dijo el
anciano–, aquí nadie va a hacer del cuerpo si no lleva estas tres cosas”.

Galdámez no entendía.

“Vaya al monte… Aquí nadie se fija en eso porque aquí eso es normal… La vara le va a servir para espantar los perros y las gallinas; aquí, cuando uno va para el llano, los animales lo siguen porque ya saben a lo que uno va. El espejo le va a servir para ver para atrás porque los chanchos son los más traicioneros, y como aquí no hay papel, los olotes le van a servir para limpiarse… Vaya, vaya al llano antes de que se le reviente una tripa”.

Lo más grave de esto fue que Galdámez, en medio del pleito con los cerdos, con los perros y las gallinas, perdió
el equilibrio al ponerse de pie, trastabilló y puso su zapato izquierdo en el producto que habían expulsado sus intestinos, justo en el momento en que un perro competía con un cerdo.

El perro protestó, gruñó, ladró y mordió a Galdámez en la pantorrilla, dejándole marcados en el pantalón todos sus dientes, pintados de resplandeciente amarillo.

ESCENA.
“Es la vida del policía, Carmilla, y es la vida que nosotros escogemos. Ni modo”.

Al regresar, Galdámez se reía y pensaba.

¿Por qué poner la denuncia de una muerte natural?

¿Por qué cambiar de actitud en el momento en que ya no tenía respuestas para las preguntas de la Policía?

¿Por qué la señora estaba tan bien acomodada en la silla?

¿Qué era aquello negro que teñía su lengua y su placa dental?

¿Por qué tenía los ojos desmesuradamente abiertos, como si algo la hubiera aterrorizado en el momento de la muerte?

¿Había algo de sospechoso en todo esto?

¿Por qué los vecinos decían que doña Carlota no merecía morir así?

Y, ¿qué hacía él en aquella tierra olvidada de Dios?

Galdámez, oliendo un poco mal, se acercó al cuerpo. Pasó dos dedos por los dientes ennegrecidos y el polvo fino y oscuro se pegó a sus huellas digitales.

Era un polvo fino y seco, más grueso que el talco y menos delgado que la arenilla. Aquello llamó la atención de Galdámez. Limpió la lengua con un pañuelo y el polvo se pegó a él sin dificultad. Galdámez llamó a un compañero.

“¿Qué te imaginás que es esto?”

“No sé”.

Galdámez se dio la vuelta, miró hacia el fogón, luego miró a los pies de la señora y notó algo. Una mancha romboide frente a ella, en el piso de barro cocido. Era negra, como el polvillo que tenía en la lengua. Galdámez se agachó, raspó con los dedos el suelo y el mismo polvo se quedó en sus dedos.

Entonces fue más allá. Una taza de metal estaba en el tablón donde se acomodaban los platos. Tenía restos de aquel polvo extraño. Vino hacia el fogón, tomó el pichel de metal, vio el colador de café, y suspiró.

Aquel polvillo eran restos del café que estaba tomando la señora en el momento en que le vino la muerte. No había más misterio.

MÁS.
Pero, al igual que sus intestinos seguían revueltos, en su cabeza nada se estaba quieto.

“¿A qué hora encontraron a la señora muerta?”

“Como a las diez de la mañana”.

“¿Está seguro?”

“Sí”.

Galdámez se volvió al doctor cubano que lo acompañaba para el reconocimiento del cadáver, y le preguntó:

“¿Qué me dice usted, doctor? ¿A qué hora calcula usted que murió la señora?”

El médico, un hombre sencillo, de ojos bondadosos y hablar de ametralladora, pensó por un rato y luego dijo:

“Yo diría, chico, que murió hace una doce horas; ‘dié’ hora, cuando menos”.

“¿Doce horas?”

“Eso dije, chico, ¿tú no me estás entendiendo?”

Galdámez se quedó pensativo.

¿Dónde estaba el hijo en el momento de la muerte de su madre?

Dijo que salió de la casa temprano, que regresó a eso de las diez y que la encontró muerta.
Galdámez lo llamó.

“¿A qué hora encontró usted el cuerpo de su madre?”

“A las diez, señor”.

“¿Está seguro?”

“Sí, señor; a las diez”.

“¿A qué hora salió usted de la casa?”

“No sé… Temprano, señor”.

“Y, antes de salir, ¿su madre estaba viva?”

“¡Claro, señor!

“¿Qué tan temprano salió usted de la casa?”

El hombre esperó un momento antes de contestar. Buscó la respuesta en el techo, estrujó el sombrero, apretó los dientes y respondió, mirando al suelo: “Creo que eran las ocho, señor”.

En ese momento se escuchó una voz chillona que decía, interviniendo en la conversación: “Eran casi las ocho y media, señor policía, porque yo vi salir a Mundo a esa hora…

Digo que era esa hora porque estaban terminando las noticias de HRN y yo esperaba que pusieran a Tres Patines. Salí al patio a llamar a mi marido que estaba rajando leña, y vi que Mundo salió de la casa”.

EL DOCTOR.
Los ojos negros y redondos del doctor cubano se quedaron fijos en los ojos cansados de Galdámez. Este lo miró asombrado y arrugó las cejas en una muda pregunta.

“Dime tú, chico, ¿qué clase de policía eres tú?”

Galdámez no respondió.

“¿Sabes que es este polvillo?”

Galdámez sonrió con malicia.

“Sí, doctor, ya lo sé, pero quiero que Mundo nos diga qué es”.

Mundo dio un saltó.

“Mirá, semejante hijuep…, a la Policía no le vas a mentir vos…”

Galdámez era de baja estatura, casi chaparro. En Danlí, en la escuela, le decían enano pero, por esos raros caprichos de la Naturaleza, superó su estatura en la adolescencia.

Era tan bajo en esa época, que en una ocasión, en un concurso de imitadores de Michael Jackson, él era el participante más pequeño, y el más gracioso. Bailó para atrás, arrastrando los pies y tocándose una gorra, porque no andaba sombrero, y ganó.

Desde entonces le decían ‘Mini-Michael Jackson’, y a él le agradaba el apodo.

Bien.

Desde su corta estatura, miró la cara azul de Mundo, lo agarró del cuello de la camisa, lo levantó un poco del suelo y le dijo:

“¿Vos le hiciste el café a tu mamá?”

Mundo no contestó.

“¡Imbécil!, ¿por qué se lo hiciste con carbón molido?”

Mundo tembló.

“¿Por qué mataste a tu mamá?”

Mundo no contestó. Galdámez lo soltó.

“Mirá, hijuep…, vos creíste que nos ibas a engañar. Tu mamá murió ahogada a eso de las cinco de la mañana, ahogada por el polvillo del carbón que le pusiste en el café.

¿Le ves el cuello? Tiene señales de que ella se apretó la garganta en la desesperación…

Se estaba asfixiando… La taza con el café se le cayó al
piso pero vos la levantaste, esperaste a que se muriera y la acomodaste en la banca, con los brazos en las piernas, la cabeza en la pared, y saliste, creyendo que nadie te iba a ver…

Si saliste a las ocho, debiste saber que tu mamá estaba muerta. Murió temprano, eso lo dice el doctor.

Vos saliste a las ocho y decís que estaba viva. A las diez hiciste el escándalo, pero la señora ya estaba dura, como dicen tus vecinos, lo que significa que murió mucho antes.

Fuiste a denunciar la muerte, pero te equivocaste, cometiste un error cuando te pregunté por qué creías vos que tu mamá no tenía que morirse todavía…”

Mundo temblaba. Los vecinos lo tenían cercado, las moscas volaban sobre el rostro de su madre y Galdámez lo veía furioso.

“¿Por qué la mataste?”

Mundo estaba mudo.

“¿Vos le diste el café?”

Mundo movió la cabeza hacia adelante.

“¡Espósenlo y léanle sus derechos!”

MOTIVOS.
Galdámez y sus compañeros se quedaron esa noche en la aldea. Supieron que Mundo vivía solo con doña Carlota desde hacía veinte años.

Sus hermanos y hermanas se habían ido hacía mucho tiempo y su padre había muerto hacía cinco años. Doña Carlota había envejecido, pensaba en la herencia que dejaría a sus hijos y repartió la tierra según su propio criterio, pero Mundo estaba inconforme y quería más porque se lo había ganado cuidando a sus padres en la ancianidad.

Doña Carlota era inflexible y, según algunas vecinas, era grosera con Mundo y pensaba dejarlo sin nada.

Mundo creyó que haciendo algo todo le quedaría a él. Se equivocó. Todavía guarda prisión y ha envejecido sin poder disfrutar ni un solo grano de la tierra que fue de sus padres.

Creyó que cometía el crimen perfecto, pero Galdámez dice que no fue así.

Tiene problemas mentales, fue condenado a dieciocho años y el director del presidio dice que lo que Mundo necesita es la acogedora piedad del manicomio.

Galdámez no opina sobre esto. Él hizo su trabajo como policía. Nada más.

“Mire, Carmilla –dice–, si el doctor cubano certifica la muerte como paro cardíaco, nada hubiera tenido que ver la Policía, y Mundo estuviera libre, pero cometió el error de ir a Puerto Lempira a denunciar la muerte de su madre, y tenía razón al decir que la Policía investiga de qué se muere la gente, y doña Carlota se murió porque la asfixiaron con polvo de carbón. Y la mató su propio hijo, por unas tierras que ahora a nadie le importan. Bien dice el refrán: Cría cuervos y te sacarán los ojos”.