“General, este muchacho me ha salido inteligente y quiero que siga estudiando”, le dijo en 1940 don Amado Sandoval Dubón al general Abraham Williams Calderón, vicepresidente de la República y también ministro de Gobernación en la administración del general Tiburcio Carías Andino.
Don Amado había venido a la capital procedente de la comunidad de El Aceituno, Alianza, Valle, con el fin de conseguir una beca para que su pequeño- de once años- Rigoberto Sandoval Corea pudiera continuar su educación.
“Voy a ver en qué te ayudo”, prometió el general Williams, mientras observaba al pequeño, que años después no solo demostraría que era inteligente, sino también atrevido, decidido y poseedor de una tenacidad implacable que lo llevó a abrirse paso entre la adversidad. Ahora, los 86 años de vida de Sandoval Corea están llenos de pasajes impresionantes, destacando su voluntad inquebrantable para forjarse un gran futuro, su honradez y sus servicios a la patria.
En su afán por superarse viajó a Costa Rica, Venezuela, Estados Unidos e Inglaterra. Para estudiar en la Universidad de Arizona, trabajó lavando platos en un hotel, donde llegó hasta servirle el almuerzo al multimillonario estadounidense John Davison Rockefeller Jr.
Años después, por su trabajo al frente del Instituto Nacional Agrario (INA) entre 1967 y 1971, fue señalado de comunista y de ser el responsable de la guerra entre Honduras y El Salvador. Estos son extractos de una larga entrevista concedida por este honorable hondureño a EL HERALDO.
¿Quiénes fueron sus padres y hermanos?
Amado Sandoval Dubón e Isabel Corea de Sandoval. Solo tuve un hermano, Federico Sandoval, quien murió en 1986.
¿Dónde y cuándo nació?
Nací el 3 de enero de 1928 en El Aceituno, municipio de Alianza, Valle. Es una comunidad humilde, de gente pobre. No teníamos ningún servicio básico, pero tuvimos la gran fortuna de que Dios nos regaló el mar. Mi comunidad está en un estero del Golfo de Fonseca, un lugar bello. Cuando subía la marea, íbamos a bañarnos y a nadar y ya más grandecito salíamos a pescar en una lanchita de remo.
¿Usted entonces es muy hábil con la atarraya?
En mi niñez, más que todo, nosotros pescábamos con cordel y con anzuelo, no existía el trasmallo. Lo que yo pescaba eran jaibas. Incluso nosotros hacíamos pequeños anzuelos de alfiler para pescarlas.
¿Cómo fue su niñez?
Muy feliz. No teníamos electricidad, no existía prácticamente nada, era una cosa primitiva, pero a cambio la vida nos daba la oportunidad de estar más en familia. Por ejemplo, al oscurecer nosotros corríamos a encender el candil y al tenor de esa luz compartíamos con nuestros padres, parientes y amigos. Así nuestros padres nos enseñaron buenas costumbres, buenos hábitos, honradez, respeto.
¿Qué más recuerda de esa época?
El respeto que le teníamos a los mayores. El respeto a una institución que casi se ha perdido, que es el padrino y la madrina. Recuerdo que a nuestros tíos, abuelos, nosotros los saludábamos hasta con cierta reverencia corporal. Nos inclinábamos y la frase que decíamos era: buenos días le dé Dios, o buenas tardes o buenas noches, y ellos nos respondían poniendo la mano en la cabeza como dándonos una bendición.
¿Qué remembranzas guarda de su pueblo?
En ese periodo Amapala era un puerto de bastante movimiento, estaba de El Aceituno a tres horas en un bote de remo. Ahí estaban asentadas las casas alemanas, la migración que llegó después de la primera guerra mundial. Vinieron en busca de café y ahí se establecieron. Casi todo el café que se producía en Marcala (La Paz) lo exportaban hacia Alemania y de allá venían los barcos cargados con mercancía.
Mi padre estableció contacto con ellos e hizo una gran amistad, él les proveía las mulas o caballos para las giras colocando mercancía por todos los pueblos de la zona. Después mi padre fue el encargado de recibir el café que venía de Marcala, lo pesaba; ya cuando nosotros habíamos crecido un poquito le ayudábamos.
Eso nos dio un contacto con los europeos y de ellos aprendimos mucho. Recuerdo que los franceses fueron los primeros que me enseñaron las tablas de multiplicar y después los principios básicos de la aritmética, yo tenía unos cinco años, no había comenzado la escuela.
¿De su primaria qué nos puede contar?
En mi pueblo solo había primer grado, instalado en una casita con el maestro empírico Amadeo Pérez. Segundo grado lo hice en Alianza con el mejor maestro de todo el departamento, don Gabino Vásquez; el tercer grado, en Nacaome con la maestra Castita Alvarado; el quinto grado lo fui a realizar a Langue, mi maestra era Mirthala Zelaya. Así logré obtener una educación con mi hermano, relativamente buena para el tiempo y para el medio.
¿Eran maestros exigentes?
Al que se portaba mal lo castigaban. No solo eso, cuando uno regresaba a la casa entonces le daban otra, porque por algo lo habían castigado. Yo fui bien portado desde pequeño, más bien los padres de los otros niños me buscaban o les daban permiso de salir conmigo, porque decían que yo era serio, confiaban en mí.
¿Dónde hizo la secundaria?
Como mi padre era amigo del general Abraham Williams Calderón, vicepresidente y ministro de Gobernación del general (Tiburcio) Carías, fuimos a buscarlo al barrio El Olvido para que me consiguiera una beca. Él nos recibió y mi papá le planteó el problema, recuerdo que le dijo, como decía la gente antes, “este muchacho me ha salido inteligente, -jajajaja…- y quiero que siga estudiando”. El general le contestó: “bueno, Amado, voy a ver en qué te ayudo”. Al día siguiente, don Pío Cardona, secretario del general, le mandó a decir a mi papá que el general Carías lo esperaba a tal hora en la Casa Presidencial, entonces fuimos y nos recibió muy amable. A mí lo que más me impresionó de Carías fueron sus enormes manos, así eran (grandes). Yo tenía 11 años.
Así, con una beca de 22 lempiras mensuales, entré a estudiar al Instituto Normal Central de Varones, que ahora es el Instituto Central Vicente Cáceres, en ese entonces su director era Vicente Cáceres y en honor a él le dieron ese nombre. Ahí tuve buenos profesores como Abelardo Fortín, don Bernardo Galindo, entre otros.
¿En qué año se graduó?
Me gradué en 1945 de maestro y bachiller, pues estudiábamos magisterio y bachillerato al mismo tiempo. Ese año nos graduamos solo cinco graduandos. Fue la última graduación de don Vicente Cáceres, él murió en octubre de 1944, el año escolar terminaba en febrero.
¿Después a qué se dedica?
Mi ilusión era llegar a la universidad. De ahí empecé a trabajar en el Ministerio de Hacienda, había una oficina donde aforaban las medicinas, pero también conseguí trabajo de cobrador en la Cámara de Industria y Comercio. Todos los miembros de esta Cámara pagaban su cuota mensual de cuatro lempiras y yo me encargaba de ir a cobrarles. Después conseguí trabajo de maestro en la escuela correccional de la Policía, estuve ahí un año.
¿Qué hizo luego?
La compañía Taca abrió un concurso de becas para estudiar mecánica de aviación y comunicaciones en Costa Rica. Me gané la beca y me voy el 15 de febrero de 1946, recuerdo bien porque era la primera vez que volaba y me fui en un avión de carga, parado y amarrado de una correa, pero al llegar allá me dan la beca para comunicaciones. Había que aprender el sistema morse, para los telegrafistas, pero yo nunca tuve un oído muy fino, entonces yo sabía que no iba a tener éxito. Hasta me compré mi aparatito para practicar, pero no fue posible porque mi oído no me lo permitía. ¿El resultado? Al mes me cancelan la beca. Mi primer fracaso.
¿Se vino para Honduras?
Lo compañía me ofrece el pasaje de regreso. Yo dije, “no regreso fracasado”, e hice la promesa y el juramento que volvería a Honduras graduado de una universidad. Ni modo, me puse a buscar trabajo y conseguí en una tienda, que eran los precursores de los supermercados.
¿Tenía una buena formación para triunfar?
Fíjese que luego de graduarme en 1945 comencé a estudiar mecanografía en el Instituto Alpha e hice arreglos para tomar clases de contabilidad en el Instituto Héctor Pineda Ugarte con el profesor Armando Flores Fiallos. En Costa Rica me pusieron como asistente de contabilidad, ahí me sirvió. Luego pasé a trabajar en una compañía bananera, ubicada en Golfito, en el Golfo de Nicoya, y ahí me sirvió la mecanografía. Así fui progresando. Yo siempre he sido dedicado al trabajo, nunca he trabajado menos de ocho horas diarias, yo he sido de la tesis de que nadie puede progresar y avanzar trabajando solo ocho horas diarias.
¿Luego qué rumbo tomó?
Yo siempre tuve la ilusión de estudiar. A los dos años de estar en Costa Rica en 1948, yo tenía 20 años. Dije: “este no es mi futuro, tengo que buscar otro horizonte”. Surge el auge petrolero en Venezuela entonces y un domingo me fui para Maracaibo, encontré trabajo en una compañía petrolera subsidiaria de la Shell.
¿Todo le salía bien?
Luego pensé que mi futuro no estaba en pasar mi vida en un campo petrolero y salió un anuncio en un periódico de un instituto en el estado de Mississippi ofreciendo cursos de inglés y me fui para allá, luego de solicitar mis vacaciones y un mes de permiso. Al terminar el curso, se me ocurrió conversar con los padres de la Iglesia Católica y les pedí consejo, y uno de ellos me recomendó la Universidad de Arizona, así que tomé camino.
¿Y qué tal le fue?
Por mi inglés me matriculé como oyente, pero para evitar reclamos de Migración me aceptaron como estudiante. Mi gran sorpresa es que al terminar el semestre salgo entre los primeros diez mejores estudiantes de economía, combinada con agricultura, y me dieron una beca.
¿Y cómo se mantenía?
Con unos ahorros, además busque trabajo en un hotel, limpiando pisos, lavando platos. Uno entra a donde va a lavar platos a las cuatro de la tarde, la cena la sirven a las siete, entonces los primeros platos llegan a las ocho de la noche, todo ese período mis compañeros estaban haciendo nada, pero yo me iba a la cocina a ayudarle a los cocineros y al chef, luego me pusieron como asistente donde hacían las ensaladas.
¿Cuál era su horario de trabajo?
Trabajaba de cuatro a diez de la noche, luego me iba a la casa a estudiar y en la mañana a la universidad. Para poder movilizarme a la universidad me compré una bicicleta. Ese hotel era exclusivo, solo funcionaba de octubre a marzo, porque son meses de clima cálido. Los millonarios del norte llegan de vacaciones, uno de ellos era Rockefeller, padre del que fue vicepresidente, y el chef me dio la función de que los domingos yo le sirviera el almuerzo y cuando se iba él me mandaba a regalar cien dólares, y yo feliz.
¿Cuándo regresa a Honduras?
Después de terminar en la Universidad de Arizona, en 1955, Naciones Unidas me dio un entrenamiento en servicio y decidí ir a trabajar a la sede en Nueva York, en el Consejo Económico y Social. A los días la Universidad de California me dio una beca para que fuera a estudiar economía agrícola a Berkeley, ahí saqué mi maestría en economía agrícola. A mí Dios me ha ayudado. En 1957 me vine y trabajé en Banafon (Banco Nacional de Fomento). Luego, en 1959, me fui becado a estudiar a la Universidad de Gales, en Inglaterra, y cuando estaba ahí la FAO me dio otra beca en servicio en la sede principal en Roma, en el departamento de comercialización de productos agrícolas. De Roma me vine a trabajar al Banafon, pero de ahí me habían prestado al INA cuando se inciaba la reforma agraria en tiempos de Villeda Morales. Debido a asuntos políticos lo dejé, en ese interín el BIB (Banco Interamericano de Desarrollo) me invitó a trabajar y me fui seis años a Washington.
¿Pero después regresó?
Sí, el general Oswaldo López Arellano me mandó a ofrecer el INA en 1967, entonces vine como director ejecutivo y estuve cuatro años, hasta el 71. Al terminar, una vez mas me llamaron de una oficina del BID, entonces me fui a Utah porque tenía un compromiso y de allá me trasladé a Washington a hablar con el que había sido mi exjefe y me dijo: “mirá Rigoberto, yo te daría trabajo, pero tienes problemas en Tegucigalpa, en San Salvador y aquí en Washington”. Él se refería al problema de Honduras con el Salvador, que no fue del fútbol sino por el tema agrario y yo fui el que desalojó a unas 55 familias salvadoreñas en Guanchías y me culpaban de esa guerra.
¿Y con quién habló?
No hablé con nadie y me vine. Se dan cuenta en la FAO que estaba sin trabajo, pero antes un funcionario de Naciones Unidas que manejaba un instituto en Santiago de Chile me mandó un cable ofreciéndome trabajo. Él me lo contó años después, dice que al día siguiente de haber enviado el cable llegó una persona a su oficina y le dijo: cómo es posible que le estés ofreciendo trabajo a un comunista como es Rigoberto Sandoval, que llevó a dos países hermanos a la guerra.
¿Pero lo contrataron?
La FAO me contrata y me voy. Cuando llega Juan Alberto Melgar Castro al poder, pide que vuelva al INA y volví, pero ya todo era distinto. En ese período emití el acuerdo para expropiar a las compañías bananeras, expropiándoles 33 mil hectáreas. Melgar estaba de acuerdo y de ahí vinieron mis problemas y renuncié.
¿Volvió a quedar sin empleo?
Regresé a la FAO y ahí tomé la decisión de quedarme ahí hasta que me jubilé. Luego, (Carlos Roberto) Reina me llamó un día y me dijo que le apoyara en el manejo de la Cohdefor y ahí estuve cuatro años con él. Después estuve como asesor de un proyecto de bosques en el gobierno a finales del gobierno de Carlos Flores e inicio de la administración de Ricardo Maduro.
¿Y qué de su esposa e hijos?
Me casé con Elva Esperanza Santos de Sandoval en 1962, la conocí cuando trabajaba en el Banco de Fomento y tuve tres hijas, una vive conmigo y las otras dos están en Estados Unidos. Mi esposa murió en 1984.
¿Ahora qué hace?
Estaba como asesor de forma gratuita de unas 20 organizaciones no gubernamentales, pero he reducido esa actividad, por algunos inconvenientes de la edad.