Todo acto volitivo, todo esfuerzo o deseo encaminado a obtener algo, tienen motivos (razones intelectuales) y móviles (agrado o desagrado proveniente de las afecciones). Este objeto se constituye en nuestro objetivo, transformándose así en un valor: algo valioso y deseable para nosotros.
El proceso volitivo, que va desde el deseo, la deliberación acerca de sus móviles y motivos y la puesta en acción, es un proceso propio del hombre consciente, del hombre libre.
Dos factores se suman en el proceso de la voluntad, uno es el factor querer, que ya hemos mencionado; y el otro es el factor saber hacer, es decir, que el hombre necesita conocer el medio para producir al menos en parte, aquello que quiere, si las herramientas correctas, apenas si se atreve a desear.
Los hombres persiguen diferentes tipos de metas y valores. ¿Cuáles son estos? ¿De qué tipo? ¿Cómo se relacionan con la autoestima y con la identidad?
La necesidad de autoestima es inherente a la búsqueda de la felicidad. La construcción de la identidad, descubrir quién soy yo, cuál es mi papel en la vida, ser feliz y encontrar mi fórmula de autorrealización, han sido prioridades del hombre de todos los tiempos. Así nos encontramos ante un conjunto de móviles y valores que no tienen tiempo, son atemporales.
También podemos percibir necesidades que no nacen de nuestro interior, sino que están motivadas por el medio: la necesidad de reconocimiento social, de estar a la moda, de encajar en el grupo, de contar con la aceptación de los demás que se constituyen también en valores, pero por su naturaleza no satisfacen los mas íntimos anhelos y aspiraciones, son los valores temporales.
La principal característica de los valores atemporales es que son válidos en todas las épocas, a lo largo de toda nuestra vida. No hace falta saber, haber estudiado, haber leído mucho, para que cualquier hombre o mujer reconozca en el fondo de su corazón aquellos valores que no son de nadie sino de todos.
¿Cuáles son los valores a los que finalmente se aferra el hombre: aquellos que transcurren con tanta velocidad que ni los alcanza a comprender o los que permanecen inalterables a través del tiempo?
Es evidente que por instinto de eternidad el hombre busca precisamente lo duradero. En cambio, los valores temporales son hijos del tiempo, y como tal son cambiantes y perecederos y lo que hoy es bueno mañana estará pasado de moda, la ley que nos rige hoy se transformará en una aberración tan pronto se implante otra idea, también destinada al olvido ante las incesantes innovaciones y renovaciones.
Pero, ¿la esencia del hombre varía con la misma rapidez? No se trata de impedir la renovación o de impedir el progreso; también las células del cuerpo se renuevan, pero el esqueleto se mantiene.
Motivación Intrínseca y Extrínseca.
La motivación que se deriva de factores internos se denomina intrínseca, es la tendencia natural de procurar los intereses y ejercer las capacidades personales, y a al hacerlo buscar y conquistar desafíos.
Cuando se nos motiva en forma intrínseca no necesitamos incentivos o castigos que nos hagan trabajar, porque la actividad es recompensa en sí misma, disfruto la tarea o el logro que trae consigo; por el contrario, cuando hacemos algo para obtener recompensa, evitar castigo, complacer o no desagradar a quienes nos rodean o por alguna u otra razón que tiene poco que ver con nuestros actos, experimentamos una motivación extrínseca. En este caso, nuestros objetivos, nuestros valores, no nos interesan por ellos mismos, sino por lo que creemos que nos podrán aportar.
Es imposible afirmar si una conducta está motivada en forma extrínseca o intrínseca solo con verla. Muy a menudo las motivaciones son una combinación de ambas causas.
Autoeficacia.
Existe otro factor que debe considerarse al explicar la motivación ¿De qué depende los éxitos y los fracasos? La atribución es la explicación, justificación o excusa, por la cual intentamos entender los motivos de nuestros éxitos o fracasos, estas explicaciones tienen tres características básicas: si las causas están dentro o fuera de nosotros, si las causas son permanentes o si se pueden cambiar, si nosotros estamos en condición de controlar estas causas. Tener un sentido de autoeficacia con decisión, control y autodeterminación es crítico si es que hemos de sentirnos automotivados. Cuando llegamos a creer que los eventos y los resultados de la vida son incontrolables en su mayor parte hemos adquirido una desesperanza nueva: tenemos un sentido negativo de autoeficacia.
Fuerza moral frente a desmoralización.
La expresión moral significa, en primer lugar, capacidad a enfrentar la vida frente a desmoralización. La moral no es algo que podemos utilizar como adorno, porque siempre nos encontramos en un tono vital, en un estado de ánimo. Es posible estar alto o bajo de moral, es posible, tener la moral alta o estar desmoralizado.
Por eso en este punto urge incidir en la autoestima, en el autoconcepto ¿qué soy yo?, ¿quién soy yo? Cada hombre, llevado de sus tendencias a la hora de elegir entre posibilidades, se decanta por aquello que le parece bueno: sus valores. El problema está en relación con qué le parece bueno, y una primera respuesta, perteneciente a su estructura interna es: en relación con sus posibilidades de autoposesión. Un hombre busca en último término apropiarse de aquellas posibilidades que le ayudan a autoposeerse a ser él mismo. Tal cual se concibe a sí mismo y alcanzar sus metas.
Y en este punto se muestran de nuevo las raíces intrínsecas del hombre en lo moral, si recordamos la definición de salud que viene dando la medicina en los últimos tiempos. La Organización Mundial de la Salud define el grado de salud de las personas por el de su autoposesión; la autoposesión del cuerpo y mente por parte del sujeto es síntoma de salud. Mientras que la imposibilidad de autocontrol es síntoma de enfermedad, llevada a su extremo en el acontecer de la muerte. Este impulso a la autoposesión es entonces una tendencia innata que opera en nuestra conducta, estrechamente relacionada con la autoestima y, como veremos, con el anhelo de felicidad.
En efecto el proyecto personal de autoposesión exige como condición necesaria, aunque no suficiente, la autoestima del sujeto, la conciencia de que puede tener distintos proyectos capaces de ilusionar y de que cuenta con capacidades como para llevarlos a cabo, los proyectos serán distintos en las diferentes personas y por eso encontrar los propios es uno de los retos del ser humano, pero resulta básico ir teniendo conciencia de ellos y de que se cuenta con cierta capacidad para realizarlos.
Por tanto, cuantos trabajos se lleven a cabo en el terreno de la enseñanza en la línea del autoconcepto con vistas a fomentar la autoestima de los individuos serán siempre pocos, porque entre un altruismo mal entendido que exige del individuo el olvido de sí mismo y un egoísmo exacerbado, que lleva acabo el desprecio del resto se encuentra el punto sano de autoestima por la que un individuo se encuentra alto de moral.
Vida Moral y afirmación interior. Es difícil comprender el concepto filosófico de vida moral en un mundo donde impera casi exclusivamente el culto al intelecto y la apariencia. Hoy el hombre y la mujer feliz o de éxito es quien aparenta que es feliz o el que ha alcanzado las metas que la sociedad le impone. Si analizamos al hombre de hoy vemos que se concibe a sí mismo como un ser múltiple, que piensa de una manera, estudia de otra, trabaja en algo distinto y finalmente su vida privada no tiene nada que ver con lo demás.
Esta desintegración interior conduce al hombre, por lo general, a estados de angustia y desconcierto, ya que frente a tanta variación de modos de vivir, que responden a diferentes motivaciones y necesidades, no puede encontrar su verdadero yo.
Por otra parte, es posible encontrar tristes contradicciones en un número considerable de personas que parecieran ocupar un lugar destacable de la sociedad, que hablan de una manera, pero caen en el polo opuesto cuando se trata de llevar a la práctica sus propias ideas, así que para establecer una verdadera autoestima y fuerza moral, basada en el cultivo personal y en el desarrollo de una identidad que responda a nuestros más profundos anhelos, hace falta desarrollar lo que llamamos vida moral.
Cuando hablamos de vida moral no nos referimos al hecho de ser buenos, si por ello entendemos la imposición forzosa de una conducta moral, o de aceptar los valores que la sociedad acepta como buenos; vida moral implica practicar cada una de las ideas y valores que aceptamos como conformadores de nuestros valores atemporales.
Todo aquello que pensamos, que aceptamos en el plano del intelecto, requiere una inmediata puesta en práctica, aunque precisa de un esfuerzo consistente en vencer los obstáculos que nos impiden actuar del mismo modo en que idealizamos nuestra vida.
De esta manera, nuestra conducta será el reflejo de nuestro ser interior, y ya no habrá necesidad de disfrazarse con ricas vestiduras y máscaras que nos hagan más atractivos a los ojos de los demás.
Proyecciones de nuestro comportamiento en el mundo inteligible. No creemos que el hombre sea un ser aparte en la creación ni que esté desvinculado de las leyes que rigen el universo, es bien conocida la ley de acción y reacción en el campo de la física, si se produce una acción en cierto sentido, se crea de inmediato una reacción de intensidad y sentido contrario. Si estos suceden en el campo físico, con mayor razón deberá darse a nivel mental y emocional.
Desde este punto de vista, nuestro comportamiento es una acción que, en su plano físico, crea la consiguiente reacción. Así nos sentimos más seguros, ya que nos vemos formando una ley matemática e inexorable, a la vez que adquirimos conciencia de nuestra propia libertad al poder decidir acerca de nuestro comportamiento y de las consecuencias que pueda acarrear el que hemos elegido.
Y podremos decir, parafraseando al poeta, que somos arquitectos de nuestro propio destino.