Cada imagen refleja la vida de un niño a través del lugar donde duerme cada noche.
James Mollison, un fotógrafo originario de Kenia, recorrió medio mundo captando escenas de menores de distintos países y clases sociales y los lugares donde duermen, toda una reflexión que nos lleva a comparar las diferencias en el mundo.
El autor que creció en el Reino Unido y luego se mudó a Italia para trabajar en el laboratorio creativo de Benetton, plasmó el espectacular trabajo, que es el fruto de cuatro años en Where children sleep (“Donde duermen los niños”), un libro de fotografías apoyado por la ONG save the children.
“Me descubrí pensando en mi habitación: cuán insignificante fue durante mi niñez, y cómo reflejaba lo que tenía y quién era. Se me ocurrió que una forma de abordar las complejas situaciones y problemas sociales que afectan a los niños sería mirar sus habitaciones en todo tipo de circunstancias”, narra el artista del lente.
“Donde duermen los niños” explora los lugares captando la diversidad, y a menudo, la disparidad entre las vidas de los distintos niños alrededor del mundo.
La serie es una meditación reflexiva sobre la pobreza y la riqueza, las 56 imágenes que conforman el libro abarcan desde las canteras de Nepal, pasando por las provincias agrícolas de China, hasta las cucharas de plata de la Quinta Avenida de Nueva York. Mollison recorrió 14 países y logó plasmar en un
libro el retrato de una niña que parece una princesa asiática, con una imagen de su habitación atestadade finos juguetes en Tokio, que contrasta con el retrato de un niño brasileño cuya habitación no es más que un sofá al aire libre en una favela. Ambos coexisten en el mismo universo logrado por el autor.
LOS PERSONAJES. El libro no solo muestra imágenes sino historias de estos niños. Ese es el caso Roathy, de 8 años, quien vive en las afueras de Phnom Penh, Camboya. Su casa está sobre un enorme basurero. Su colchón está hecho de neumáticos viejos. Cinco mil personas viven y trabajan allí. A las seis cada mañana, Roathy y otros cientos de niños se bañan en un centro de caridad antes de empezar a trabajar, buscando entre la basura latas y botellas de plástico que después venden a una empresa de reciclaje. El desayuno es a menudo su única comida del día.
La historia de este pequeño camboyano que vive en condiciones miserables, contrasta con la de Kaya, de 4 años, que vive con sus padres en un pequeño apartamento de Tokio, Japón. Su dormitorio esta repleto, desde el suelo hasta el techo, de ropa
y muñecas. Su madre le confecciona todo su vestuario: tiene 30 vestidos y abrigos, 30 pares de zapatos y numerosas pelucas. Su madre gasta 1,000 dólares mensuales en su guardarropa.
Todo lo contrario es a lo que se expone a diario Indira, de siete años. La niña vive con sus padres, hermano y hermana, cerca de Katmandú, Nepal. Su casa tiene una sola habitación, con una cama y un colchón. Para dormir, los niños comparten el colchón en el suelo. Indira ha trabajado en la cantera de granito local desde que tenía tres años. Hay 150 niños que viven su misma suerte. La niña trabaja seis horas al día y luego ayuda a su madre con los quehaceres del hogar. Y aún le queda
tiempo para ir a la escuela, que queda a 30 minutos a pie. En medio de su desgracia sueña con ser bailarina cuando sea mayor.
La historia de Indira difiera de la de Syra, de 8 años, una pequeña que pertenece a la tribu de los Bassari y vive en Senegal. En la aldea creen que su alma fue robada por los espíritus malignos después de que su madre tratara con un brujo. Debido a esto, no se le permite dormir bajo el mismo techo que cobije a una mujer en edad de procrear; lo hace con su abuela.
“Me pregunté si mostrar el espacio íntimo de sus dormitorios podría ser una manera interesante para comprender mejor sus vidas. Entonces, pensé que podría fotografiar a los niños en un fondo plano, y luego, por separado, sus dormitorios, la idea era que los niños fueran tratados de una forma ‘equitativa’ y que, por el contario, los cuartos darían un reflejo de sus realidades”, detalla Mollison al hablar de su obra.
MÁS CONTRASTE. Joey, de 11 años, vive en Kentucky, Estados Unidos, con sus padres y su hermana mayor. Acompaña frecuentemente a su padre a cazar. Tiene dos rifles y un arco, y cazo su primera pieza a la edad de 7 años: un ciervo. Su familia siempre cocina las piezas de caza, y Joey no ve con buenos ojos que se mate a los animales solo por deporte.
Mientras este pequeño duerme en una cómoda cama con una colcha con colores militares, la casa un chico sin nombre es opuesta. Este duerme en un colchón
al aire libre en las afueras de Roma, luego que llegó con su familia desde Rumanía en autobús, tras mendigar dinero para pagar los billetes.
Otra muestra del trabajo infantil es Lamine, de 12 años, vive en Senegal. Es alumno de la escuela coránica de la aldea, que no admite a niñas. Comparte dormitorio con otros chicos, donde las camas tienen las patas hechas con ladrillos. A las seis de la mañana, empieza a trabajar en la granja-escuela de la aldea, donde aprende agricultura y ganadería. Por la tarde, estudia el Corán.
HACINAMIENTO. Muchos de estos niños que retrata James Mollison en su libro comparten una habitación con todos los miembros de su familia.
En esa lista encontramos a Douha, de 10 años, esta pequeña vive con sus padres y otros 11 familiares en un campo de refugiados palestino de Hebrón, Cisjordania. Comparte dormitorio con sus cinco hermanas. Su hermano, Mohamed, se inmoló en 1996, matando a 23 civiles en un ataque suicida contra los israelíes. Tras esto, el ejército de Israel destruyó la casa de su familia. Douha tiene un póster de su hermano en el dormitorio.
Algo parecido o quizá peor vive cada noche Nantio, de 15 años, miembro de la tribu Rendile, del norte de Kenya. Tiene dos hermanos y dos hermanas. Su casa es una tienda hecha de pieles y plásticos. Tienen un fuego en mitad de la tienda, alrededor del cual duerme toda la familia.
Sus ocupaciones consisten en cuidar el rebaño de cabras, cortar leña y traer agua. Fue a la escuela unos años pero los abandonó porque espera que un moran (guerrero) la escoja para unirse en matrimonio. Como es costumbre, antes de casarse tendrá que sufrir la ablación del clítoris.
Lo que vive Dong, de 9 años, residente en provincia de Yunnan, China, con sus padres, hermana y abuelo no es tal radical como la historia de Nantio.
Pero el pequeño comparte dormitorio con sus padres y hermana. La familia tiene suficiente terreno como para plantar su propio arroz y cañas de azúcar. La mayoría de las tardes, emplea una hora haciendo los deberes del colegio y una hora viendo la televisión. De mayor quiere ser policía.
Las historias son impactantes y develan la inequidad del mundo. Cada imagen es una reflexión para hacerse un autoexamen de nuestras vidas, sobre todo en estas fechas en que está tan cerca la Navidad.