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El testigo protegido

¿Estará escrito en alguna parte el destino de los seres humanos? Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres.

23.02.2014

VIAJE. Cuatro años después Mariela regresó a Honduras, llena de ilusiones, segura de que empezaba para ella una nueva vida. La vida que dejaba atrás, la vida de los últimos cuatro años, no deseaba ni recordarla.

España no era lo que le habían dicho sus amigas, y menos Madrid, donde se discrimina al latino, donde se le denomina sudaca como si se refirieran a deshechos humanos, casi tan indignos como los siniestros conquistadores, la Madrid donde no cupo nunca y de la que no se trajo ningún agradable recuerdo.

Llegó al aeropuerto de Barajas en diciembre; hacía frío y la niebla cubría las calles como una mortaja blanquecina. Nadie fue a recibirla. Sus amigas no podían cargar con ella. A la semana se estaba prostituyendo. Tenía hambre y se había quedado sin dinero.

Lo que Natura no da Salamanca no lo presta, pero Natura había sido pródiga con ella. Era hermosa, de bonito rostro, ojos grandes y claros, turgentes senos y generosas caderas. Además, sonreía con maliciosa dulzura y era amable y de agradable conversación.

Sin embargo, aquella vida llega a pesar y, seis meses después, decidió que era suficiente. Cuando uno de sus clientes le ayudó a conseguir trabajo cuidando un anciano día y noche, Mariela no dudó un instante. Lo único era que debía estar pendiente de él las veinticuatro horas del día. Mariela aceptó.

Los siguientes tres años y medio los pasó encerrada en una vieja casa de piedra, con amplios jardines, tres perros, un jardinero y un ama de llaves. Durante ese tiempo se dedicó en cuerpo y alma a cuidar al anciano. Los hijos de don Jeremías estaban satisfechos con ella. Y Mariela ahorró. En sus cuentas, a los cuatro años, tenía dinero suficiente como para poner un buen negocio en Honduras.

Al morir don Jeremías, regresó. Aunque le ofrecieron otro empleo similar, la crisis en España estaba sacando del país a los propios españoles, y no quiso seguir allí. Dicen que no hay lugar como el hogar, y Honduras era el hogar de Mariela, sin embargo, en su hogar la esperaba la muerte. A la semana de haber llegado la asesinaron. Fue un crimen brutal.

HALLAZGO. Encontraron su cadáver en una hondonada, en la vieja carretera a San Pedro Sula. Tenía dos días de muerta y empezaba a descomponerse. Los zopilotes le habían comido los ojos y de su rostro, antes atractivo, quedaba ahora una máscara horrenda que empezaba a llenarse de gusanos.

Tenía las manos amarradas a la espalda, con una cabuya color azul, le dieron un golpe en la parte de atrás de la cabeza, que seguramente la hizo perder el conocimiento, y la apuñalaron por la espalda hasta quitarle la vida. Luego la envolvieron en cartones y periódicos viejos y la llevaron hasta el lugar donde dejaron el cuerpo, tirado boca arriba, debajo de unos arbustos y cubierto con cartones, ramas recién cortadas y agujas secas de pino. Según el detective de homicidios de la Dirección Nacional de Investigación Criminal, DNIC, que reconoció el cadáver, los asesinos la llevaron hasta allí con el propósito de que no la encontraran pronto.
Mariela estaba vestida para dormir cuando la asesinaron. No llevaba sostén debajo de la camisa floreada del pijama, y tampoco llevaba blúmer.

Estaba descalza. En la parte de atrás de la camisa, empapada en sangre, se contaron trece cuchilladas. El sueño de Mariela terminó esa noche triste... Había viajado diez mil kilómetros solo para encontrase con la muerte. Su hijo, el niño que ahora tenía seis años, quedaba huérfano, aunque no mostraba la emoción típica con el hijo que pierde a su madre para siempre. Casi no la conoció. Cuando ella se fue para España, él solo tenía dos años. Su madre era Mariza, la hermana mayor de Mariela.

LOS DETECTIVES. Era lógico suponer que Mariela había sido atacada dos noches antes de que se encontrara su cuerpo putrefacto, y que el ataque había sucedido en un lugar donde ella se sentía en completa confianza. Por lógica, los detectives pensaron en su casa, esto es, la casa donde vivía con su hermana, el esposo de su hermana, los hijos de esta y su propio hijo. La investigación, forzosamente debería empezar por ahí. Mariela estaba vestida para dormir, la atacaron antes de que se acostara, entonces, el crimen sucedió en su casa. Los detectives hablaron con el fiscal, prepararon el equipo de inspecciones oculares, se abastecieron de suficiente luminol y esperaron la orden de allanamiento. El caso era sencillo.

ENTREVISTA. Mariza estaba desesperada. Les dijo a los detectives que su hermana, desde tres noches antes se quedaba a dormir en otra casa, que no había dejado de querer al papá de su hijo y que creía que se habían reconciliado, sobre todo, después de que el hombre supo que Mariela tuvo que prostituirse para sobrevivir en Madrid. Aunque sus cosas estaban en la casa, las noches, las últimas tres noches, se estaba quedando en la casa de su exesposo. Bien harían los detectives en investigar por aquel lado. La abuela de Mariza, una anciana de más de setenta años, con los ojos hinchados de tanto llorar, les dijo lo mismo a los policías. Los detectives estaban confundidos.

–¿Nos permite revisar su casa?

–Claro.

–Vamos a hacer algunas pruebas.

–Hágalas.

–Vamos a buscar rastros de sangre.

–Hagan lo que tengan que hacer.

Mariza les abrió la puerta. Los detectives le creyeron. Mariela no había sido asesinada allí. Mejor irían a buscar en otra parte.
Estaban por subirse a la patrulla, cuando un hombre se les acercó. Se notaba nervioso, veía con frecuencia hacia los lados y habló en voz baja cuando dijo:

–Yo sé quien mató a mi cuñada.
Los detectives se miraron entre sí.

–Yo sé quien fue pero tengo miedo…

–Nosotros lo protegemos… Díganos quien fue.

–¿Qué garantías me dan?

–Vamos a hablar con el fiscal… Hay un programa de protección de testigos…

–Sí, lo conozco… Pero tengo miedo.

–No se preocupe…

–A Mariela la mató el exmarido… Yo no vi cuándo la atacó pero sí vi cuando ese hombre sacaba un bulto de la casa, lo subía a su carro y lo tapaba con cartones y con periódicos viejos… Eran como las diez de la noche.

–¿Dónde vive el exesposo de Mariela?

–A tres cuadras de aquí…

–¿Dónde?

–Yo los llevo.

–¿Está seguro de lo que nos está diciendo?

–Sí… Yo lo vi poner un bulto en la paila del carro…

–¿Vio bien qué era ese bulto? ¿Está seguro que era el cuerpo de su cuñada?

–Sí… Bueno, era un cuerpo… Yo sabía que mi cuñada se estaba quedando donde él en las noches…

–¿Cómo es que usted pudo ver que el hombre subía un bulto a la paila del carro? ¿Dónde estaba usted?

–Yo venía del billar…

–¿Cuál billar?

–Hay un billar a cinco cuadras de aquí, por la iglesia… ¿Ve usted que aquí no hay focos en los postes? Pues venía a oscuras cuando vi que el hombre subía algo a la paila…

–¿Dónde estaba el carro? ¿En la calle o en el patio?

–En el patio… Tiene cerco de ladrillo pero el portón es de hierro y se ve bien para adentro. Yo lo vi…

–¿Está dispuesto a decirle todo esto al fiscal y al juez?

–Sí…

Los detectives se miraron entre sí una vez más. El hombre tenía la garganta reseca y tragaba saliva con dificultad, estaba nervioso y ahora se estrujaba las manos.

–Si ese hombre sabe que yo les dije algo es capaz de matarme…

–No se preocupe… Vamos a hablar con el fiscal y usted será testigo protegido. ¿Le parece?

–Sí.

EL FISCAL. –¿Está seguro de lo que está diciendo?

El fiscal era uno de esos abogados jóvenes que hacen su trabajo con entusiasmo. Le gustaba lucirse y, al repreguntarle al testigo, parecía que estaba en pleno tribunal y que los ojos de todo el planeta estaban fijos en él.

El hombre respondió con un sí apagado. El fiscal se golpeó una pierna.

–Hay que terminar la investigación –dijo–, tenemos un testigo y tenemos al criminal… No hay nada más que averiguar.

Según la ley, el fiscal del Ministerio Público es el responsable de la investigación criminal, es quien la dirige, es quien decide qué hacer y qué no hacer. Y, en el caso de Mariela, ya había decidido.

–Voy a pedir la orden de captura.

–¿Qué hacemos por mientras?

–Hay que vigilar al asesino.

–¿Va a pedir la orden de allanamiento?

–No va a ser necesario... Tenemos a un testigo y lo demás corre por mi cuenta… Soy el fiscal del Ministerio Público. Mientras el juez me entrega la orden de captura no hay que alertar al criminal…

El hombre, el testigo protegido, estaba blanco como el papel.

–¿Tiene miedo? –le preguntó el fiscal.

–Sí. Si ese hombre se da cuenta que yo lo vi cuando iba a botar el cadáver me va a mandar a matar.

–No se preocupe… Lo protegeremos.
Aun así, el hombre no se tranquilizó.

–Dígame algo, ¿ese hombre vive solo?

–Sí, desde hace cuatro años, cuando mi cuñada se fue para España.

–¡Ah!

–Y, dice usted que estaban peleados porque ella se dedicó a la prostitución en Madrid…

–Así es… Al menos eso es lo que me dijo mi mujer… Yo no hablaba mucho con él…

–¿Sabe a qué se dedicaba el hombre?

–Pues, saber, saber, no sé… Dicen que es comerciante…

–Imagino que veía al niño con frecuencia… Me refiero a su hijo.

–Así, de vez en cuando…

–Bueno… Y, ¿por qué cree usted que la mató?

–¡Ah, no; eso si no sé!

–¿Les comentó su cuñada si tenía problemas con él?

–No, para nada…

–¿Se habían reconciliado?

–Sí.

–¿Trajo bastante dinero de España su cuñada?

–Eso no lo sé.

–La casa donde ustedes viven era de su cuñada, ¿verdad?

–Sí; ella la mandó a hacer cuando estuvo en España.

–Y ustedes la cuidaban.

–Sí…

–Y trajo bastante dinero…

–No sé…

–Perdone, no le estoy preguntando, le estoy diciendo que trajo mucho dinero…

–¡Ah!

–Sí… Estas son las cuentas de Mariela… ¿Ve a nombre de quién están las cuentas?

El fiscal puso ante los ojos del testigo tres fotocopias donde aparecía un nombre, un número de cuenta de muchos dígitos y varios depósitos…

–¡Ah!

–Mariela ponía el dinero a nombre de su abuela, o sea, su mamá de crianza, doña Armida… ¿Sabía eso?

–No.

–¿No lo sabía?

–No.

–¿Su mujer lo sabía?

–Tal vez… Como las mujeres siempre esconden todo…

–Ya.

–¿Cuánto tiene usted de casado con la hermana de Mariela?

–Siete años.

–¿Usted estuvo de acuerdo en que Mariela dejara a su hijo al cuidado de su hermana Mariza, su esposa?

–Sí…, es como mi propio sobrino.

–Sí, ¿verdad?

El hombre movió la cabeza hacia adelante. Estaba nervioso, miraba al fiscal y a los detectives que estaban con él en el salón y parecía como si quisiera que todo aquello terminara. Era el testigo protegido, había visto a un hombre poner un cadáver en la paila de un carro, estaba seguro de que se trataba de su cuñada, y solo quería servir a la justicia. Pero tenía miedo, y era natural. El fiscal se puso de pie.

–Bueno –le dijo–, váyase a su casa, no hable de esto con nadie y no se preocupe… Nosotros lo protegeremos… ¿Está bien?

–Sí…

El hombre se interrumpió, hizo una pausa y miró al fiscal una vez más.

–¿Y yo voy a declarar todo esto delante de un juez?

–Sí.

–¿Y nadie va a saber quién soy?

–Solo el juez y yo…

–Está bien. ¿Cuándo regreso?

–No se preocupe, nosotros lo vamos a buscar si lo necesitamos antes de que lo vea el juez...

EL ASESINO. Era una tarde agradable, había llovido y un frío suave bajaba del cielo. Las patrullas, llenas de policías, avanzaron por las calles lodosas, precedidas por un vehículo del Ministerio Público. Cuando se detuvieron frente a la casa, los vecinos salieron para informarse de lo que pasaba. El hombre, con ojos asustados, no opuso resistencia cuando le dijeron que estaba detenido por el crimen de Mariela pero dio un grito cuando el fiscal mencionó un nombre más.

–¡No, fui yo solo! Ella no tiene nada que ver…

El fiscal enseñó los dientes perrunos en una mueca que pareció una sonrisa siniestra. El equipo de inspecciones oculares entró a la casa como una tromba, cerraron puertas, pusieron cobijas en las ventanas, apagaron las luces y empezaron a hacer su trabajo. Los resultados llegaron en pocos minutos. Había manchas de sangre en la habitación.

–Venimos antenoche a ver algunas cosas aquí cerca. No hay luz en los postes, vimos el pick-up estacionado en el patio, revisamos la paila, entramos y buscamos sangre… No hayamos nada en la casa… Limpiaron bien la escena… Pero en la paila encontramos sangre… Sangre del mismo tipo que la de Mariela… Ayer terminamos de investigar las cuentas de Mariela… Hay mucho dinero en ellas y sigue a nombre de la abuela... Pero la señora sacó doscientos mil lempiras ayer en la tarde… ¿Para qué? Hemos visto a la señora y creemos que está muy enferma... Decinos algo, ¿por qué la mataste, mejor dicho, por qué la mataron?

El hombre se desvaneció.

–Yo fui –dijo, en un murmullo–. La casa era de ella, el pisto era de ella, iba a volver con el exmarido y nosotros nos íbamos a quedar en la calle… Por eso la maté… Nadie vio… Solo yo lo hice.

–¿Dónde estaba tu mujer cuando la mataste?

–Estaba en un retiro de la iglesia, con la abuela… Los niños estaban dormidos… Mariela vino a las diez de la noche, venía de donde el marido… Se cambió, le pegué con una llave de ruedas y lo demás lo hice con el cuchillo…

–¿Cómo la fuiste a botar tan lejos?

–Le pedí prestado el carro al esposo…

–Sí, eso ya lo sabíamos… El nos dijo que llegaste como a las diez y media de la noche, que le dijiste que ibas a traer a la abuela de tu mujer que se había puesto mal y que se iba a venir del retiro… Él te prestó el carro y vos lo incriminaste… ¡Qué bien!

El hombre se sentó. Estaba esposado y tenía la cabeza baja. Lloraba.

–Perdón… Perdón…

NOTA FINAL. El testigo protegido, convertido en asesino gracias a la sagacidad de dos detectives de la DNIC y de un fiscal del Ministerio Público, no fue condenado; murió en prisión. Su muerte fue horriblemente dolorosa. Mariza sigue viviendo en la casa que mandó a construir su hermana desde España. Del dinero, los detectives no saben nada. El fiscal dice que este es uno de los mejores casos que ha llevado en su carrera. El testigo protegido creyó que podía burlarse fácilmente de él. Se equivocó.

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