Anualmente, cada primero de diciembre, la humanidad hace una pausa en sus quehaceres para reflexionar en torno a la llamada 'epidemia del siglo XXI', que la impacta de múltiples maneras.
Sus repercusiones van más allá de la salud pública -física y mental- para incidir en la economía nacional y familiar, en la fuerza de trabajo, en la productividad, en las tasas de morbilidad y mortalidad.
Honduras presenta la tasa de prevalencia más alta en Centroamérica y la tercera en el Hemisferio Occidental, de acuerdo con las Naciones Unidas, a pesar de que nuestro país solamente constituye el 17% de la población ístmica.
Las actitudes hacia las personas infectadas se caracterizan por una injustificada e inaceptable discriminación y estigmatización en el centro de trabajo, en la escuela, en la comunidad e, incluso, en el propio hogar. Ello se debe a un contradictorio factor cultural: por una parte, prevalecen la promiscuidad sexual, la infidelidad conyugal, el machismo, las conductas de riesgo; y por otra, el rechazo y ostracismo hacia los pacientes con sida, mayoritariamente jóvenes y adultos que forman parte de la población económicamente activa.
Se calcula que el 1.2% de nuestros compatriotas mayores de 15 años están infectados, según el subregistro estadístico que alcanza de 30 a 50%.
Urge un cambio inmediato de actitudes y comportamientos, tanto colectivos como individuales, así como campañas en educación sexual y reproductiva permanentes orientadas hacia niños y adolescentes, dosificadas, a efecto de descartar tabúes y morbos, lo que implica que deben existir necesarios niveles de comunicación, confianza y transparencia tanto por parte de los padres y madres de familia como de los (as) docentes.
En entrevista concedida a Diario EL HERALDO el 1 de septiembre, el médico Enoc Padilla -con amplia experiencia en el tema- advirtió que es imperativo implementar procesos educativos preventivos que conduzcan a cambios conductuales y alejen del riesgo a la población, señalando que al haberse descuidado las campañas preventivas, al no ser tomadas en serio, ha ocurrido un repunte de la infección.
Tanto el gobierno como cada compatriota debe revisar sus estrategias y comportamientos en materia de sexualidad a efecto de prevenir esta 'tragedia silenciosa' presente a lo largo y ancho de Honduras, detectada en 1985 en el país y para la cual aún no se ha descubierto una cura. La fidelidad conyugal y el uso del condón continúan siendo las mejores armas disponibles para evitar la infección.