La hambruna que sufren miles de compatriotas de la zona sur del país, la prevista caída en la producción de granos básicos en la cosecha de primera y los pronósticos de sequía también para los meses de agosto, septiembre y octubre, incrementan la crisis en la que ya se debate Honduras en todos los órdenes, poniendo de relieve nuestras tradicionales carencias y la incapacidad de adoptar efectivas medidas de prevención incluso cuando previamente somos advertidos de que un peligro se acerca.
De hecho, la irregularidad del actual período de lluvias había sido anunciada con bastante anticipación por los expertos. Peor aún; en el caso del llamado “corredor seco”, la falta de lluvias, la pérdida de las cosechas, la hambruna y las emergencias para llevar alimentos es cuestión de prácticamente todos los años, desde hace muchísimo tiempo. Realmente no hay nada de nuevo en todo esto.
Además de que fenómenos como el calentamiento global y la irregularidad en los regímenes lluviosos son producto de la destrucción de los bosques; en el caso de Honduras, que todavía cuenta con abundante recurso hídrico, es lamentable la miopía de todos los gobernantes y planificadores que hemos tenido ya que los productores agropecuarios, a estas alturas de la civilización humana, siguen dependiendo del agua lluvia para tener éxito en sus actividades.
En el caso particular del llamado “corredor seco”, pese a lo recurrente de la “emergencia”, si bien hasta existen ya esquemas de ayuda anual para los más pobres, principalmente por parte de la comunidad internacional, nada se hace en la práctica para adoptar acciones que ataquen la raíz del problema: ni se instalan sistemas de riego, ni se incentiva la incorporación de cultivos u otras actividades productivas que no dependan de abundante agua lluvia.
Obviamente, el imperativo actual es llevar alimentos a las víctimas de la hambruna –tratando, eso sí, de no fomentar el paternalismo y la dependencia, ni mucho menos caer en el populismo— pero también se deben intensificar medidas a mediano para enfrentar la falta de lluvias que amenaza desde ya la cosecha de postrera.
También debe actuarse a largo plazo para enfrentar los desórdenes climáticos creados por el calentamiento global y, en el caso especial de la agricultura, montar sistemas de riego en cuanta tierra de cultivo sea posible; al tiempo que se ejecuten eficientes campañas de reforestación y cuidado de los bosques.