Es cierto lo que dice la designada presidencial María Antonieta de Guillén que 'cuando existe la necesidad' no hay más remedio que el 'endeudamiento externo'; pero, también lo es que los hondureños ya tenemos duda sustentada de que nuestros gobiernos no sobrepasen 'las capacidades que el país tiene para cumplir con su pago'; una duda que se convierte en temor cuando vemos la forma en que se pretende pagar lo que se debe hasta ahora, vendiendo bienes del Estado; la clase de endeudamiento en que se está cayendo y el mal manejo de esos recursos como ya ha ocurrido con las deudas del pasado y hasta con los recursos liberados por la condonación de la deuda externa en 2005.
Y lo peor de todo es que no hay ningún cambio en la forma en que se gobierna al país, después de haberse desaprovechado los fondos dejados de pagar gracias a la condonación; de los graves daños causados por la corrupción, por el populismo, por el desorden; de haber caído en nuevas deudas y, para colmo, perder ayuda internacional como la de la Cuenta del Milenio; todo por la politiquería, por la falta de planificación, por no combatir la impunidad de los corruptos y otros delincuentes.
El sentido común indica que cuando se cae en escasez de recursos, más si es porque los que habían fueron dilapidados, el primer paso a dar es ordenar la administración a fin de tornarla más eficiente y transparente. Lo ideal es disminuir todos los gastos que no son inversión y elevar los ingresos, siempre y cuando esto último no se convierta en una sobrecarga para el sector productivo.
Solo después de 'poner orden en casa' es que se puede pensar en el endeudamiento. Lo contrario sería caer en un círculo vicioso en detrimento del futuro del país, que cada vez tendrá menos recursos con qué responder a sus obligaciones, peor si cada gobierno empieza a vender bienes del Estado para pagar las deudas contraídas.
Tampoco podemos asumir que solo porque se está en una grave crisis se debe aceptar cualquier tipo de préstamo. Por ejemplo, retornar a Petrocaribe significa endeudar al país por el petróleo que consumimos todos, con la posibilidad real que sea para malgastar esos recursos que después tendrán que pagar las generaciones futuras.
En fin, la clase gobernante debería medir meticulosamente cada paso que se está dando ante la crisis porque corremos el riesgo de que el remedio resulte peor que la enfermedad.