A priori, la respuesta en una democracia debiera ser elemental: manda la mayoría a través de sus gobernantes, electos libre y legítimamente en elecciones transparentes. No obstante, esta aparentemente sencilla respuesta engloba una serie de elementos que impide asumirla como tal en nuestra realidad.
Empecemos por el final. Las últimas elecciones primarias celebradas en el país han sido la guinda sobre el pastel en lo que a manipulación y adulteración de resultados se refiere, con la venia de la más alta magistratura electoral del país, que hoy suplica el pago de su “favor”, advirtiendo ahora que su “importancia” no es otra que la que un “tonto útil”. Leí que sugirieron la opción de iniciar una huelga de hambre: ¿será parte del guion, o en realidad desean inmolarse por la patria? En segundo lugar, elegir libremente un gobernante tiene una implicación mayor a la que pudiera considerarse. Se debe de gozar de libertad económica, para no sucumbir al chantaje clientelar: “si no aparecen en el censo del partido, serán despedidos” o “si no votan por mí, no habrá más bono”; se debe ser libre de ignorancia, para no ser presa fácil de los burdos cantos de sirena utilizados inescrupulosamente por publicistas; libres de inmoralidad para condenar y rechazar las actuaciones y medidas arbitrarias y corruptas. Los candidatos deben poseer la suficiente honradez, capacidad y transparencia para merecer el voto del ciudadano: no solo deben cumplir los requisitos expresos de ley, sino contar con conductas de vida intachable para que la legitimidad de estos se base no solo en las exigencias legales sino en condicionantes de orden moral.
Nada de esto sucede en nuestro país. Por tanto, ¿quién manda en Honduras? Las conjeturas pueden ser muchas, pero la realidad es una. En nuestra patria nunca ha mandado el pueblo. El dominio y control lo han ejercido un selecto grupo de políticos-empresarios (cobardes y calculadores en su gran mayoría) que han ido heredando sus posiciones de mando a sus descendientes por designio divino. Son los que realmente deciden el acontecer de este gran circo en el que nos hemos convertido y desde el cual ejercemos el papel de payasos. La posición de estos obedece a diversas razones: aportantes de campañas electorales, poseedor de medios de comunicación, talento y capacidad intelectual (en el menor de los casos), aduladores (indispensables para el “líder”), chivatos, herederos de viejos y caducos liderazgos políticos, etc.
A pesar de todo esto, la nación parece sumida en un letargo del que pareciera nunca despertará. Los escándalos de corrupción, el latrocinio que la actual cúpula de poder comete contra el erario público, el atropello constante y cada vez más evidente del hegemónico Partido Nacional contra la débil institucionalidad es alarmante, pero todo parece poco para esta sociedad. El panorama es realmente sombrío en este nuevo año y nuestra Honduras está cada vez más hundida. Ahora, hasta en las misiones diplomáticas de Honduras defecan, y la Cancillería intenta ocultar ese terrible agravio.
Lo que tenemos que tener claro todos es que mientras no se constituya una plataforma civil auténtica, sin padrinazgos de orden político, conformado por la clase media que mantiene este país, profesionales, estudiantes, intelectuales, artistas, con el único interés de lograr el bienestar general, que confronte abierta y decididamente al régimen opresor actualmente en gestación en el país, nada cambiará. Mientras observemos desde la barrera los toros, viendo plácidamente el caos de sociedad en que vivimos, no estaremos haciendo más que aguardar pacientemente la estocada final contra nosotros mismos. La sumisión e inacción nuestra será pagada con creces, y este precio, alto y grosero, ya lo estamos padeciendo. Por ello, mi llamado respetuoso pero enérgico al levantamiento civil, pacífico, es un imperativo. El momento de reaccionar ha llegado. Aún estamos a tiempo. No dejemos pasar la oportunidad.