La mayoría de nosotros espera la época navideña porque nos llena de regocijo, amor y de un sentimiento indescriptible de entusiasmo y esperanza. Este sentimiento se acrecienta por el ambiente que se crea a partir de ese espíritu colectivo que se acentúa por los cantos, las decoraciones y las luces multicolores, así como por los aromas deliciosos de nuestra cocina navideña tradicional, olores que inundan los barrios y las colonias de nuestras ciudades.
Navidad es la época propicia para regalar, para mostrar nuestro aprecio por aquellas personas que nos rodean y significan algo para nosotros. No obstante, también es la época en la que nos enfrascamos con una multitud de gastos para afrontar “los compromisos y la celebración navideña”. Esto se repite cada año como un círculo interminable, que genera pobreza, compromisos económicos serios, tensión y ansiedad.
El problema se vuelve serio cuando el gasto afrontado en esos pocos días nos coloca en desprotección frente a un futuro que se vuelve cruelmente real a partir del 1 de enero. Aquí es donde comienza la reconstrucción que dejó el huracán navideño y que toma varios meses superar, pero para ese entonces ya estamos pensando de nuevo en la Semana Santa, el Día de la Madre… en la Navidad.
Esa situación genera pobreza. La pobreza no es en términos mínimos la ausencia de bienes o dinero, la pobreza es la mala administración de lo que poseemos, es una mala mayordomía de la vida. Debemos hacer provisión para el futuro y no gastar hasta el último centavo como si el mundo fuera a terminar el 31 de diciembre de cada año. Hay que guardar un poco para después. Para la renta, para la leche, para los gastos escolares.
Las casas comerciales, los negocios y los bancos no están interesados en tu futuro, están interesados el futuro de ellos: en venderte lo que puedas comprar, proveerte con lo que puedas cargar y darte el dinero que puedas gastar. Eso sí, la factura siempre va con altos intereses, cláusulas de obligaciones, usos, pagos y recuperación de deuda. A estos señores no les interesa si se enfermó tu madre, si no tienes leche para el niño o si perdiste el empleo. Ese es tu problema y te lo hacen saber por carta o por medio de abogados.
Ninguno de estos señores comerciantes te obliga a adquirir, comprar o gastar. Eso lo haces tú cuando te dejas llevar por la publicidad, por la emoción o por la estúpida presión social. Es allí cuando te confundes, cuando lo que debería ser la Navidad, época de recogimiento familiar y de reflexión cristiana, se torna en un vía crucis, en un “viernes santo” y en un calvario familiar que pudo haberse evitado.
Sé responsable. Sé consciente. No gastes todo tu dinero. Guarda algo para después. Piensa en tu familia. La biblia no se equivoca cuando acertadamente aconseja: “Los bienes que se adquieren de prisa al principio, no serán al final de bendición”, Proverbios 20:21.