Opinión

¿Para qué cultura?

Quienes hacemos labores de cultura partimos, usualmente, de ópticas evangélicas (significando universales) y reivindicatorias (redentoristas) del humano: como Descartes creemos que la persona debe ser educada incluso contra su voluntad pues el sujeto ignorante es incapaz de redención y debe ayudársele. Platón aseguraba que tal era misión del filósofo: enseñar al aherrojado que la sombra cavernaria es solo proyección y que para conocer la verdad debe barrer las telarañas de la mente, cosa que es el trabajo de Cultura: liberar al individuo de las garras del instinto, sensibilizarlo en lo fraterno, tornarlo socialmente solidario, volcarlo al amor y al derecho a la felicidad.

Y como se ha certificado que el instrumento ideal para sembrar esos valores es el arte, los pueblos de avance lo potencian en sus ejes de gobierno. De mil vallas publicitarias en Berlín, ochocientas se dedican a promocionar espectáculos escénicos, exposiciones y museos –Alemania tiene 700 museos, cuyos ingresos conjuntos anuales por oferta de servicios equivalen al presupuesto oficial de Honduras. El programa venezolano de promoción de la música y formación de músicos comprende 250,000 muchachos y su orquesta juvenil conquista al mundo. En Bélgica y Canadá las familias poseen rifles de caza y deporte, pero la estadística criminal es bajísima; Berna es la ciudad más bella del mundo porque la gente evita tirar ni un escupitajo al suelo, no porque abunden barrenderas y camiones basureros; Nicaragua registra escasa violencia no porque la gente no sepa asaltar y matar sino porque su educación popular y política le impele a no matar ni asaltar; en Managua jamás ves guardias con armas de combate.

Hace años conté que Suiza lava las calles con detergente cada quince días y un bobo me escribió que si aquí me disgustaba me fuera a vivir allá. Como quién dice, “déjenos la caca ante la nariz, que así nos place”, por lo que los “operarios” de cultura nos interrogamos a veces: ¿será que la gente no puede superar el estatus de alienación y resiste ser auxiliada…? ¿Que la máquina poderosa y enajenadora del consumismo, lo mediocre y la vulgaridad ––apoyada por la indiferencia y complicidad del Estado–– no le deja diferenciar lo auténtico de lo falso? O entre ambas conjeturas… ¿será que el pueblo es feliz de tal modo, que le encanta existir sometido y subvalorado, y que nosotros somos ilusos? ¿Agradece el ciudadano que lo provoquemos y despertemos?

Ocurren contradicciones. El hondureño admira a los artistas, incluyendo escritores, y se enorgullece de ellos, pero no compra sus obras. Para el sepelio de grandes literatos se ha necesitado, en varios casos, emprender colectas públicas de generosidad. Roberto Sosa no murió desamparado, pero si en cincuenta años unos trescientos mil hondureños hubieran adquirido sus libros la calidad de vida del poeta hubiera sido superior. Heliodoro Valle cayó segado por trampas políticas y al estupendo Jaime Fontana lo sacó la partidocracia del cargo diplomático y expiró en tristeza… ¿Araron en el mar?

¿Qué hacer? Confiar en una secretaría (hoy dirección) de Cultura es suspirar al revés, que ignoro cómo se hace. Desde hace treinta años las máximas expresiones intelectuales hondureñas son patrocinadas (concebidas y financiadas) por los artistas mismos, aparte de algún grupillo que disfrutó la mama oficial. Si este país crece en arte y pensamiento no es por una plataforma gobiernista sino por la insomne e invencible vocación del artista hondureño que hace obra y exalta a su país.

Pero para el tango se ocupan dos, tampoco somos masoquistas, sube cansancio por las venas, el tiempo es edad y amores exigen correspondencia. Deseamos escuchar también el respaldo popular, abrazo de masas, reclamos porque cambie el viento mediocre que sopla a Honduras desde hace medio siglo.

¿O debemos los artistas inmolarnos en soledad, soñando monumentos de fría piedra donde nos escriban epitafios y coronas de laurel…? Jum…

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