Opinión

Palabras, hechos y criminalidad

Aunque el propio presidente Lobo lo niega y desde el Congreso Nacional se trate de encontrar a quién echarle la culpa -a veces a los medios de comunicación y, cuando la evidencia es tanta, a los mismos funcionarios que allí se nombraron, según la conveniencia-, lo cierto es que la inseguridad en que sobrevivimos los hondureños, la criminalidad que siembra el luto, la muerte y el terror, alcanza niveles perturbadores.

La situación es tan desesperante que no se ha podido combatir siquiera la delincuencia que opera al interior de la misma Policía, a pesar de las evidencias y de los espectaculares anuncios al respecto, como se reconfirmó con la comparecencia la semana pasada de varios titulares de los órganos “operadores” de justicia en el país, donde se reafirmó lo obvio: el fracaso de la depuración policial.

Mientras tanto, niños, jóvenes y ancianos, profesionales de todo tipo y analfabetas, ricos y pobres, hombres y mujeres, miembros de la comunidad LGBT; es decir, hondureños y extranjeros, sin distingos de ninguna clase, perecen a diario de las más distintas formas: asesinatos selectivos, ajusticiamientos extrajudiciales, víctimas de disparos en enfrentamientos entre la policías y presuntos delincuentes, matanzas, etc., etc.

Ya ningún lugar de las ciudades más violentas -Tegucigalpa y San Pedro Sula- es seguro. Igual puede ser alguien acribillado a tiros en una colonia marginal controlada por las “maras” que en colonias de la más alta plusvalía donde residen los más afortunados. Los delincuentes ya perdieron cualquier respeto o mínimo temor a las autoridades.

Así se confirmó una vez más en la mañana del pasado viernes cuando justo enfrente de la bien resguardada residencia del actual jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, general René Osorio Canales, fue a expirar el conocido empresario Raúl Laitano Andino (60), quien agonizante, en una instintiva búsqueda de protección, había recorrido en su vehículo unos cuantos metros desde su casa, donde el intentar ingresar había sido atacado a tiros por pistoleros que lo seguían o lo esperaban. Pero los asesinos pudieron huir tranquilamente.

Los hechos terribles, las estadísticas que tienen ya a Honduras como uno de los países más violentos, están allí. Así como ha fracasado el proceso de depuración policial, es obvio que la criminalidad y la impunidad siguen reinando.

Tags: