Opinión

Oportunidades perdidas

La metamorfosis que está sufriendo el sistema de partidos en Honduras, y que será confirmada por los resultados de las próximas elecciones generales del 24 de noviembre, es saludable en términos globales. No creo que el multipartidismo sea sinónimo de desarrollo o de una mejor democracia; sin embargo, la actual situación que vive la nación, con índices de desarrollo humano realmente bajos, hace indispensable una sacudida en el sistema imperante. Una mayor competencia y oferta partidista obligará a cada partido a mejorar sus organizaciones y su interrelación con la sociedad, depurar sus órganos de dirección, democratizar el acceso a éstos y, como en todo proceso evolutivo, sobrevivirán solamente los más fuertes, los más sólidos, los que sepan adaptarse a las nuevas condiciones de su entorno.

Los partidos políticos son, de acuerdo a la definición del extraordinario político, escritor y filósofo irlandés Edmund Burke, “un cuerpo de hombres unidos para promover, mediante su labor conjunta, el interés nacional mediante su labor conjunta, el interés nacional sobre la base de algún principio particular acerca del cual todos están de acuerdo”, actuando como los “medios adecuados“ para permitir a esos hombres “poner en ejecución sus planes comunes, con todo el poder y toda la autoridad del Estado”. Esta esencia de los partidos, en Honduras, se fue perdiendo paulatinamente, a la vez que la corrupción, principal razón de nuestro subdesarrollo, penetraba indiscriminadamente las instituciones del país, públicas y privadas. Y es muy complicado identificar o precisar las razones del origen de la corrupción, pues no solo es un mal exclusivo de países subdesarrollados. Naciones como Colombia, Perú y Panamá, cuya situación socioeconómica es sustancialmente mucho mejor que la nuestra, poseen altos índices de corrupción, de acuerdo al Barómetro Global de Corrupción 2013 en 107 países de Transparencia Internacional. Según esta ONG, es sumamente interesante saber que, a nivel global, las instituciones que los ciudadanos en dichos países perciben como las más corruptas son, en este orden, los partidos políticos, la Policía, los funcionarios públicos, el Poder Legislativo, el Poder Judicial y la empresa privada. Una realidad mundial similar a la local, en donde los partidos políticos salen muy mal parados. De hecho, algunos partidos –podría perfectamente ajustarse al caso del Partido Nacional- se mantienen unidos por “la capacidad cohesiva del saqueo público”, como estableció Schattschneider en su libro Party Government.

Teniendo como base estos índices, la elección del mejor candidato –en el sentido amplio de la palabra- en estas elecciones generales es un deber, una obligación, un imperativo para los que queremos y deseamos seguir viviendo en nuestro terruño en condiciones humanas aceptables y decorosas. Estos comicios no deben – ¡no pueden!- ser otra oportunidad perdida de nuestra historia republicana. Muchos han sido los extraordinarios candidatos presidenciales que la voluntad popular no ha querido que alcancen la primera magistratura, y no me cabe la menor de las dudas que han sido oportunidades perdidas de contar con verdaderas administraciones públicas, comprometidas con los mejores intereses del país, de su gente. Así es la democracia: para fortuna o desventura, las mayorías deciden. Ejemplos fidedignos de mi apreciación son, para citar algunos, don Jorge Bueso Arias, don Jaime Rosenthal, Rafael Pineda Ponce y, más recientemente, Elvin Santos Ordóñez.

El abanico de opciones electorales es, este noviembre, más amplio que nunca: desde propuestas de derecha –cercana a lo más extremo- hasta propuestas de izquierda –cercana a lo extremo también-; desde propuestas con un corte militar hasta propuestas populistas; desde propuestas formuladas por un outsider hasta propuestas de centro. Ningún elector podrá decir en esta oportunidad que no encuentra un candidato con el que sintonice su credo político, sus principios y valores democráticos.

Es por ello que es fundamental razonar concienzudamente nuestro sufragio, para lograr identificar opciones que puedan cambiar el destino incierto y oscuro de Honduras. En este punto quisiera dejar una reflexión, con el fin de no dejar pasar más oportunidades. Es indispensable que un presidente sea alguien capaz, formado intelectual y académicamente. Es preciso que tenga experiencia pretérita en la administración pública, que le permita una visión clara y panorámica, y le posibilite la toma acertada y justa de decisiones de Estado. Es fundamental que sea alguien abierto al diálogo, con dotes de buen negociador, sin tintes dictatoriales. Es preciso que sea un verdadero demócrata, un convencido a ultranza de nuestra forma de gobierno. Pero lo más importante, sabiendo el daño que la corrupción le hace a nuestro país y el profundo lastre que representa para el éxito de las políticas públicas, es un imperativo que sea alguien honesto, honrado, con valores y principios morales sólidos. Ya hemos tenido presidentes con títulos universitarios, maestrías y doctorados; hemos tenido presidentes que previamente han desempeñado cargos en la administración pública; hemos tenido aprendices de dictador, pero también tolerantes y abiertos a las conversaciones y al diálogo; hemos tenido amantes y soñadores de regímenes autoritarios, pero también verdaderos luchadores por el imperio de la democracia y sus principios. Y para apegarnos a la verdad, también hemos tenido presidentes honrados, aunque sin compromiso de lucha frontal a la corrupción. En esta ocasión, Mauricio Villeda ha hecho de la transparencia, de la honradez, de la honestidad, de la verdad, de los principios, de los valores morales y de la familia su bandera de lucha. Huelga decir que su palabra, su hoja de vida y su trayectoria tienen la credibilidad y fortaleza para avalar dicha bandera.

La democracia brinda la oportunidad y el derecho a elegir. Esto es innegable e innegociable. Pero quiero apelar a la urgencia que vivimos y que exige la más sabia y sensata de las decisiones, al sentido común y al patriotismo de los ciudadanos, para que consideren seriamente apostar por una propuesta de decencia y de ética como la de Mauricio Villeda. Sin menoscabo de los otros candidatos y candidata presidenciales, es Villeda Bermúdez el que tiene una hoja de vida verdaderamente limpia, diáfana. Reflexionemos sobre este particular, de manera profunda, para evitar seguir perdiendo oportunidades que el juego electoral nos brinda.

* No creo que el multipartidismo sea sinónimo de desarrollo o de una mejor democracia; sin embargo, la actual situación que vive la nación, con índices de desarrollo humano realmente bajos, hace indispensable una sacudida en el sistema imperante.