Opinión

Oficio de medianoche

Dos ediciones con fino esmero profesional culminaron la producción de libros en la empobrecida Honduras de 2013. Se trata de “Tierras, mares y cielos”, antología póstuma que sobre Juan Ramón Molina preparara Froylán Turcios en 1911 y que ahora reimprime el poeta Rolando Kattán. El tiraje comprendió treinta copias encuadernadas en piel con viñeta de plata y dibujo al carboncillo por el maestro Armando Lara. El segundo volumen de mérito es otra antología en pasta dura y sobrecubierta a color dedicada a Clementina Suárez y realizada por la Editorial de la UNAH, en cuyo volumen se rinde memoria a aquella ilustre y valiente poeta, personalidad única del arte nacional.

Hay que leer a Dennis Arita (“Música del desierto”) cuyos cuentos poseen una manufactura interesante en que, a partir de lenguajes sencillos, el autor desarrolla terribles tensiones humanas (incluso perrunas) que desconciertan tanto por las inesperadas maravillas que relatan como por su cotidianidad. Similar de intenso es Juan de Dios Pineda, cuya novela itinerante “Estaciones a la deriva” exhibe un manejo formal diestro pero engañoso, pues la causa del texto no son los sitios reales, castillos de piedra, mastabas medievales por donde el personaje pasa, si no lo que se desanda, el sueño hecho verdad, ríos que bajan al golfo, trenes que se herrumbran, mediodías con chozas, amantes que parten sin despedirse, urbes que nacen de la neblina europea ya con una canción presta a relatar las traiciones y heroicidades del porvenir.

Los proyectos de historia local, impulsados por la Academia de Geografía e Historia y hasta 2009 por el IHAH, produjeron valiosas monografías sobre el mundo chiquito del municipio y que son como ascensos al conocimiento de la identidad. Una de ellas (“Meámbar”) fue escrita por Walter Ulloa en 2011 y cuyas páginas ratifican al talento de que Honduras es cuna. Ya el hecho de haber albergado en 1866 al misionero Manuel de Jesús Subirana ––y haber escenificado varios de sus incógnitos milagros— la torna interesante, por citar uno de sus aspectos llamativos.

Se escribe poco teatro en Honduras, mayormente ahora que el espectáculo ingresa a la intimidad del hogar e incluso de la alcoba vía la televisión. Así es que cuando aparece un libro del género como “Teatro: Cinco obras para poner en escena”, de Damario Reyes, debe celebrarse y exaltar su calidad. Son piezas breves impregnadas de reflexión y sensibilidad social, pero mayormente de ritmo escénico ––el autor es consagrado mimo y actor––, balance expresivo en los parlamentos, ideas originales, abundantes humor y picardía. Posee útil proyección pedagógica: los maestros pueden emplearlas para propósitos educativos, desde la enseñanza del monólogo a la actuación grupal.

Ciertos campos humanos prosiguen intocados por la narrativa: la cañería humana, la fosa séptica política del gran poder, la maquila y la mara… Excepto hoy con la novela “El mundo es un puñado de polvo”, de Jorge Martínez, convincentemente compuesta en torno al modo de ser, códigos, solidaridades y rencores de las modernas pandillas: Vatos, MS, 18, particularmente en la ciudad (la mara es un hecho urbano). Aunque carece del concatenado riguroso de una novela, el cuerpo de relatos de este libro es de óptimo logro literario, osadía experimental y muchas veces ––entre chimbas, chacos y puñales–– de justa y sentida poesía. Puede catalogarse desde ya como instantánea del siglo XXI, no por cronología sino por el tema que retrata.

Es refrescante topar con escritores en ciernes que, no obstante, exhiban buena madera y tal es Donadín Álvarez, quien acaba de conjuntar nueve cuentos en su obra “Huellas invisibles”. Aunque quizás lo valioso no sea lo escrito sino su potencialidad para escribir: aplomo, originalidad, aceptable redacción y especial capacidad para ofrecer un distinto modo de ver al mundo, diferente al tradicional, lo que es su mayor virtud. Puede citársele ya como singular promesa del porvenir literario nacional.

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