En medio de la incertidumbre, la inseguridad y todo lo malo que nos rodea, siempre hay una ranura por donde entra un rayo de luz que alumbra hasta el lugar donde está la penumbra y que da esperanza además de un alivio. Eso nos reconforta, susurrando al oído de que no todo está mal.
Sentimientos como el amor, la amistad y el cariño, entre otros, son herramientas que no deben faltar en nuestro diario vivir, pero los cuales se han ido perdiendo con el pasar del tiempo.
Debemos aferrarnos a ellos, tal cual un niño se aferra a la mano de su madre cuando siente temor.
Una sonrisa, un te quiero o frases que salen del corazón, hacen que el inicio de un nuevo día sea el mejor. Nunca está de más decir un te amo a la persona que comparte nuestras alegrías y tristezas; un saludo no se le puede negar a nadie, sin importar si lo conoce o no.
Ayudar al prójimo no significa solamente prestar su colaboración al vecino o a su familia, sino también a aquel que nunca se sabe si lo volverá a ver.
Lastimosamente, hemos perdido esos valores y costumbres que las personas de antes tenían. Ahora solo vemos nuestro propio bien, aunque nadie dice que sea malo, pero lo que sucede en estos días es que buscamos nuestro beneficio y si sobra pues bueno nosotros ya tenemos y nos tiene sin importancia lo que les pase a los demás.
Volvamos a los tiempos de antaño, cuando el amor, la amistad, la amabilidad y esa mezcla bella de sentimientos eran atesorados en finos recipientes para su perdurabilidad.
Por eso, mi gran admiración y respeto para la gente que denominamos “que son de fuera” solo porque son amables, respetuosos y colaboradores sin pedir nada a cambio.
Un digno ejemplo para todos aquellos que discriminamos por la simple y vana razón de tener la “gracia” de vivir en zonas urbanas, sin saber que la persona humilde es la que perdura.