Últimamente, la prensa internacional hace eco de las peculiares anécdotas del nuevo Obispo de Roma. Tal y como ha ocurrido con sus inmediatos predecesores, la atención de muchas personas se ha centrado en sus primeros gestos y acciones, pues bien se sabe que todo individuo que asume un cargo importante (y este lo es) imprime un sello singular en los días y semanas en que inicia su mandato. Y el Cardenal argentino lo hizo antes de salir al balcón, escogiendo para su papado el nombre de un hombre del Medioevo que abandonó una vida cómoda y segura, por una de privaciones y sencillez, renuncia y compromiso con los demás.
El nombre seleccionado por este sacerdote “del fin del mundo” –como él mismo bromeó al nomás pronunciar sus primeras palabras a los y las fieles que aguardaban su proclamación- impone un reto enorme, difícil de cargar y hacer prevalecer, en una iglesia que por mucho tiempo olvidó sus orígenes y el núcleo del mensaje de su figura inspiradora.
Quien haya leído un poco de la historia de la Iglesia Católica, sabe que ha sido compleja y llena de altibajos: desde sus primeras andanzas, en medio de la persecución y el martirio glorioso, pasando por la oficialización regia y la persecución implacable de quienes la desafiaban, grandes tiempos de cohesión y al menos dos grandes rupturas cismáticas, diseminación universal por conversión de tipo voluntario, conveniente o forzoso, con andanzas de preclaros santos y verdaderos villanos en sus anales. Imposible hacer mención de detalles en este espacio de una historia de dos mil años.
Baste decir que Jorge Mario Bergoglio es el heredero de una responsabilidad que, para los y las miembros de la Iglesia que hoy encabeza, no se limita al ámbito terrenal. Visto de ese modo, se trata de un compromiso mayúsculo y por mucho, harto complicado.
Proveniente de una orden que, a pesar de su consagración a la defensa de la fe, ha sufrido de persecución e incomprensión, el sacerdote latinoamericano que por ahora calza las “sandalias del pescador” –como llama la tradición al Papa- ha dejado claro que su nueva condición de “Soberano de los Estados Pontificios” si bien le impone la obligación de representar al Vaticano ante el mundo político, de contribuir a la comprensión interdenominacional y por ende, la de favorecer la convivencia armónica entre los pobladores de todos los continentes (que alguna vez la misma Iglesia se encargó de complicar), también ha asumido una actitud consecuente con la pérdida de credibilidad y fe de su propia feligresía.
Se le ha visto al papa Francisco sentarse en las bancas de atrás de la iglesia, para asistir a misa como uno más; usar zapatos como los suyos y los míos, un poco gastados por el uso; visitar algún amigo enfermo y conversar con los médicos y enfermeras que le atienden; honrar, por igual, a sirvientes y a su anciano y sabio predecesor. No son poses: ya viajaba en metro en su ciudad y oficiaba misas para pepenadores.
Sumida en su propio vía crucis, la Iglesia encontró un nuevo remero. Uno cercano a la gente de hoy. Lo que los católicos y católicas necesitábamos. Ni más ni menos.