Opinión

Este día y esta noche la cristiandad devota y piadosamente, con júbilo y fervor, celebra el nacimiento del hijo de Dios, venido al mundo para redimirnos mediante su muerte física.

Fue en Belén, amado y protegido por sus progenitores terrenales: María y José, encargados por designio divino para criarlo y educarlo durante sus primeros años.

Es esta una de las festividades más excelsas y a la vez más sublimes, cargada simultáneamente de un extraordinario simbolismo y dramatismo.

En efecto, no fue casual que Jesús viniera a este mundo en un humildísimo pesebre, refugio del ganado, y no en cuna dorada, con ello dejando claramente expresada la opción de Cristo por los desheredados y humillados, aquellos carentes de riquezas materiales y de poder.

Venía a la Tierra ayuno de comodidades, desprovisto de lujos, y sin embargo, abrigado y protegido por el inconmensurable amor y ternura de su madre y su padre: una ama de casa y un carpintero.

Al enterarse Herodes de su nacimiento, ordenó un masivo infanticidio con el afán de que Cristo niño estuviera entre los sacrificados. Esas persecuciones y atentados contra la niñez desprotegida se perpetúan hasta hoy, –de múltiples maneras–, abusando de su indefensión.

Así, la infancia del Mesías transcurrió en un ambiente en el que las limitaciones económicas eran, a cambio, sustituidas por el gozo, júbilo y protección de sus amorosos padres, escogidos por designio divino para tan honrosa misión.

Los grandes maestros pictóricos han plasmado en sus obras este momento tan trascendental, cual fue la Natividad; de igual manera, los músicos y escritores también han dejado en himnos y libros su homenaje al Cristo niño, acontecimiento histórico que marco un antes y un después en el devenir de la humanidad.

Cuando nuestros pensamientos y emociones se dirijan a Él, no olvidemos a los millones de pequeños, sean o no nuestros propios hijos, que tan solo piden amor, sustento y abrigo, una oportunidad de poder existir en un ambiente de paz y buena voluntad, en el que tengan la oportunidad de realizarse a plenitud.

Y ello es así ya que en cada niño y niña se refleja la inocencia y la pureza de Jesucristo, venido a este planeta un 25 de diciembre para permanecer junto a nosotros ofreciéndonos a manos llenas esperanza y fe, alivio y consuelo en los momentos de crisis, con la certeza que vendrán días mejores cuando todo parece militar en contra de un mundo pacífico.