Opinión

Mil años de espera

Con la elección de Francisco, la Iglesia Católica se orienta hacia el sur, ha dicho la prensa internacional.

Su opción por los pobres, si va más allá de los gestos personales, podría modificar la política exterior del Vaticano.

Esa parece la parte fácil de su tarea. Porque, ¿reformaría la administración, el tamaño y el poder de la curia romana? ¿Enfrentaría su corrupción?

La creación de una comisión consultiva de cardenales es una primera respuesta.

La prensa manifiesta sorpresa y grados diversos de optimismo, pero ningún pesimismo.

Influyen en esa actitud los objetivos del proyecto, que fueron definidos el 13 de abril en el comunicado oficial del Vaticano:

“…aconsejarlo (al Papa) en el gobierno de la Iglesia Universal y para estudiar un proyecto de revisión de la Constitución Apostólica ‘pastor bonus’ sobre la curia romana”.

Circula ya la idea de un gobierno colegiado, que redistribuya la autoridad de la curia y redimensione el cargo de Secretario de Estado, que acumula inmensos poderes.

Estas ideas provienen del Concilio Vaticano II, y fueron bloqueadas por Juan Pablo II, líder autoritario, y por Ratzinger, conservador de la antigua cultura vaticana.

El diario inglés The Guardian, en artículo del 13 de abril, califica la comisión papal como un esfuerzo para “revolucionar el manejo de la Iglesia con un consejo asesor”.

El diario informa que “el panel será encabezado por una de las figuras más dinámicas del liderazgo católico, el cardenal Óscar Andrés Rodríguez”.

En esa misma fecha, el historiador de la Iglesia Alberto Melloni dice al Corriere de la Sera que la comisión papal “es el paso más importante en la vida de la Iglesia en los últimos 1,000 años”.

Desmontar una administración tan antigua, compleja y corrupta sin comprometer la estabilidad institucional, conlleva incalculables riesgos políticos para la Iglesia.

La responsabilidad de los comisionados tiene consecuencias históricas y demanda talento, energía, coraje, integridad personal.

Por eso el mundo, en general, ve con simpatía los esfuerzos iniciados por Francisco. Puesto que una opción militante por los pobres significa un apoyo continuado para los países en desarrollo, es de esperar que las reformas tengan soporte mundial, algo que dificultaría la resistencia de la curia.

Sería entonces, por supuesto, de esperar que nuestra opinión pública apoye el compromiso del Papa y de su comisión.

Nos debiera impulsar el hecho de que la comisión papal será coordinada por un hondureño.

¿Cómo quedaríamos ante la humanidad si nosotros, conocidos como el país más violento y uno de los más corruptos, diésemos a espalda a un hondureño que es, por fin, una buena noticia para el mundo?

Nadie esperaría tal absurdo. Pero han surgido por ahí, en Internet sobre todo, voces que descalifican a ese hondureño porque apoyó el golpe de 2009.

Esas voces desconocen que el programa de reforma de la Iglesia tiene alcances planetarios, trascendentes para la humanidad, y que el mundo, a juzgar por su prensa, ha celebrado el liderazgo del cardenal Rodríguez en la comisión papal.

Mejor encaminada ha estado la presidenta argentina, cuya oposición al golpe no dejó dudas. Tanto ella como su difunto esposo, el presidente Kirchner, tuvieron graves y públicos pleitos ideológicos con el ahora papa, cuando era arzobispo de Buenos Aires.

Tenían tres años de no verse, pero la presidenta visitó al Papa al día siguiente de su elección. Brillante jugada.

Primero, porque deja en el pasado al cardenal y abre relaciones con el Papa. No hizo falta mediador.

Segundo, porque al solicitar al Papa apoyo para la causa argentina en las Malvinas, le colocó en situación incómoda con el Reino Unido.

Si el Papa hubiese respondido que no mediaría, ella podría decir que había hecho su esfuerzo, y el Papa quedaría como “no tan argentino”.

Si el Papa lograse algo con el Reino Unido, ella siempre podría decir que la idea fue suya.

La señora, en magistral actitud, separó viejas querellas de nuevas realidades políticas.

El comentado sectarismo le hace un flaco favor a Libre. Anuncia que una visión de la política local rige su percepción de la política internacional.

Una imagen de tolerancia sin rencores, ¿no sería más digerible?