Opinión

Mañana eligen al sustituto de Chávez

Tras una intensa y brevísima campaña electoral, cerca de 19 millones de venezolanos están convocados de nuevo para elegir mañana al sucesor del fallecido presidente Hugo Chávez, reelecto hace apenas seis meses y cuya imagen estuvo omnipresente en las concentraciones, en los spots publicitarios, en los discursos, en los eslóganes, en las comparecencias ante los medios de comunicación, desde el principio hasta el cierre del esfuerzo proselitista.

Los contendientes y las promesas de campaña han sido prácticamente las mismas: por el lado de la oposición, Henrique Capriles, derrotado en las elecciones del 7 de octubre, que más bien promete profundizar las reformas sociales del chavismo, y Nicolás Maduro, quien en vez de promover su figura trata de que los electores lo vean como el legítimo heredero de Chávez, recurriendo más al sentimentalismo y hasta lo mágico religioso que al raciocinio político de los electores.

Sin embargo, también hay diferencias muy visibles con respecto a la serie de comicios realizados en Venezuela desde el primer triunfo de Chávez en 1998. Y la principal de ellas es la propia ausencia de quien tuvo tanto carisma y habilidad política que nunca pudo ser derrotado por la oposición. Eso lo sabe la oposición y tácitamente lo reconoce el bando chavista y el propio Maduro.

Por eso, el oficialismo apuesta a mantener el domingo al menos la lealtad del más de millón y medio de votantes que le dieron su enésima victoria a Chávez en las elecciones presidenciales de octubre de 2012, cuyo éxito se repitió en las regionales del mismo año.

La oposición por su parte sueña con mantener siquiera los votantes del año pasado, pero que el poco carisma de Maduro y la decepción de muchos chavistas con los resultados de 14 años de gobierno haga que por lo menos la abstención, que en los comicios de octubre fue de cerca del 20%, crezca aún más, pero solo en las filas chavistas.

Las encuestas dan como favorito a Maduro, con porcentajes ligeramente inferiores a los vaticinados y finalmente obtenidos por Chávez. Aunque la breve campaña fue relativamente tranquila, si persiste la estrategia del ala dura de ambos bandos de que no se reconozca un resultado adverso, existe el riesgo de que de los insultos, de la polarización existente, se pase a la violencia política, un escenario en el que el gran perdedor sería el pueblo venezolano.

Para el bien de la democracia, de Venezuela y de su pueblo, esperemos que al final mañana se imponga la voluntad mayoritaria de los votantes y se respete esa voluntad expresada en las urnas.