Aunque ya se sabe que la solución no está en atacar los síntomas sino la enfermedad, en países caóticos y subdesarrollados, --lo mismo que las personas en crisis--, la mayor parte de los exiguos recursos existentes se gastan intentando desaparecer los efectos, no las causas de los problemas.
Y es que cuando los efectos se convierten en un peligro en sí mismos –como cuando la fiebre, que es el síntoma de una infección, se eleva a niveles en los que puede ocasionar daños cerebrales—a veces se hace necesario intervenir, y de forma rápida y contundente.
Pero eso sí: nunca se debe olvidar las causas porque entonces, tarde o temprano, el esfuerzo y los recursos invertidos resultarían siendo inútiles.
O sea, que hay casos en que los males son tantos y tan profundos, en que ya los síntomas mismos se han convertido en grave peligro por lo que deben ser enfrentados con prontitud.
Por ejemplo, en Honduras problemas como la inseguridad, los niños y jóvenes en riesgos social, son solo síntomas de enfermedades que llevan ya décadas y hasta siglos desarrollándose en nuestros cuerpo social.
Pero pese a ser efectos y no causas, deben ser atacados de inmediato. Obviamente, debemos reconocer que las cosas andan muy mal cuando no podemos siquiera combatir los síntomas más visibles del mal.
Por mucho que sean los efectos los que más atraigan nuestra atención y las preocupaciones diarias, jamás deberíamos olvidar que la única solución real está en identificar, ir y atacar desde la raíz misma al mal.
En esto todos deberíamos actuar como el pediatra que cuando recibe en su clínica a un niño con temperatura cercana a los 40 grados, su primera preocupación es bajarla. Pero al lograrlo, hace uso de los recursos de que dispone para buscar y atacar la causa de esa fiebre.
Tanto en nuestra vida colectiva como individual, debemos estar prestos a diferenciar entre las causas y los efectos y jamás perder de vista que los problemas solo puede ser solucionados o incluso evitados si se les ataca de raíz.