Alguien me preguntó por qué en el artículo sobre el centenario del nacimiento de Octavio Paz (publicado el 10 de abril) no mencioné su premio Nobel.
Pues el poeta ya era Octavio Paz cuando recibió el premio, que no le agregó gloria.
Quizás fue al contrario, que el Nobel haya recuperado algo de su legitimidad perdida en ocasiones, con escogencias dudosas e inexplicables exclusiones, tanto en la literatura como en la ciencia.
Cuando decide quiénes iluminan el camino de la humanidad, el premio ejerce influencia planetaria, y es influido a su vez.
Porque la política está en la base de las relaciones de poder y convivencia social, entre individuos y entre naciones.
Así podría explicarse la fascinación que el poder ejerce sobre los intelectuales: tienen poder moral sobre la sociedad, que aspiran a veces a convertirlo en político.
Tal ha sido desde la antigüedad. El filósofo Platón (427-347 a.n.e.) intentó enseñar a dos dictadores de Siracusa (Sicilia) cómo gobernar con sabiduría.
Sus intentos fracasaron, y en el segundo, ya sin el favor del tirano, apenas logró escapar con vida.
Séneca (Córdova, 4 a.n.e. al 65 n.e.), escritor y filósofo, trabajó para cuatro emperadores romanos, incluido Nerón, quien le obligó a suicidarse.
Ya en nuestro patio y nuestra era, la vida del peruano José Santos Chocano (Lima, 1875-1934), novelesco aventurero, poeta cimero de la épica y de la lírica, fue una búsqueda simultánea de la belleza literaria y de la cercanía al poder político.
Amigo, defensor y a veces vocero de dictadores, el magnetismo del poder le llevó a su expresión más contundente: el poder revolucionario armado de Pancho Villa, de quien fue consejero y secretario.
En el otro lado del espectro ideológico, fue secretario y amigo del dictador guatemalteco Manuel Estrada Cabrera, capítulo que casi le cuesta la vida, cuando una revolución tumbó al gobierno.
Pero bajo la seducción magnética del poder político, los intelectuales terminan militando en bandos hostiles entre sí.
El poder –esa imperiosa necesidad interior de influir sobre la vida de los demás- es patogénico, y la enfermedad que produce es contagiosa.
Se malogra así la unidad de propósitos que la humanidad necesita hoy de los pensadores, de los literatos y de los artistas.
Son riñas estériles y lamentables. Opacan la luz que los mejores espíritus debieran arrojar, como un haz, sobre cuestiones que acosan a la especie humana: la pobreza, la desigualdad socioeconómica, el agotamiento de los recursos, el consumismo, la destrucción del ambiente, que forjan la otra soledad, más desesperanzada que la del individuo: la soledad de nuestra especie.
Un ejemplo, más lamentable para nosotros porque es latinoamericano, es la reacción de grupos de derecha e izquierda respecto a las figuras de Octavio Paz y Gabriel García Márquez.
Sus seguidores reprochan actitudes y orientaciones ideológicas a que ambos tenían derecho, que no menguaban la calidad de sus obras ni la relevancia de sus mensajes.
Sin embargo, esas obras confluyen en los contenidos esenciales.
“El laberinto de la soledad”, de Octavio Paz, y “Cien años de soledad”, de García Márquez, enfocan la soledad del ser latinoamericano en momentos históricos distintos, con géneros literarios diferentes, pero ambas obras exploran el mismo fenómeno: la colonia y la modernidad desarraigaron a nuestra gente de su cultura, de sus dioses, de sus valores compartidos, de sus hábitos y estructuras sociales.
Los géneros y las formas son distintos, en tanto que la soledad existencial es la misma.
Los peligros que hoy amenazan a la humanidad no son todos de origen humano.
Agregados a los ya aludidos, están los propios de la naturaleza, que muestra escaso interés en nuestro destino.
Esos riesgos y problemas están sobre las diferencias políticas e ideológicas.
Y están, además, sobre las capacidades inmediatas de la humanidad para resolverlos.
Es el momento de la unidad, que remonte viejas rencillas y limitaciones, para encarar la defensa de la especie y de la naturaleza.
Los intelectuales, unidos en defensa de la vida, estarían así en la primera línea de ese combate final.