Hace 133 años que surgió la idea de la construcción de un ferrocarril interamericano desde Alaska hasta la Patagonia. Una iniciativa que se discutió durante más de dos décadas y naufragó por falta de fondos. Sin embargo fue el primer paso para que más tarde se inicie la construcción de sistema vial panamericano de más de 35 mil kilómetros entre los referentes geográficos del norte y del sur del continente.
Este sistema se encuentra inconcluso en la frontera colombo-panameña, donde faltan 108 kilómetros (58 en Panamá y 50 en Colombia) para unir el sistema vial centroamericano con el suramericano. De hecho, llevamos 62 años enfrascados en un debate entre aperturistas y opositores sobre las conveniencias del paso de este sistema vial por el Tapón del Darién.
La unión de los sistemas viales de los tres bloques continentales en la frontera colombo-panameña no obedece a problemas financieros, ni técnicos, ni ambientales, sino a intereses económicos y políticos. Hace 38 años que, por una demanda que presentaron unas asociaciones de conservacionistas de Estados Unidos, en un tribunal del distrito de Columbia, se ordenó la suspensión de la cooperación técnica y económica de este país en la construcción del tramo entre Panamá y Colombia por la falta de controles de la fiebre aftosa en Colombia.
Entonces, como mecanismo de protección para evitar la propagación de esa epidemia hacia Estados Unidos, se creó el Parque Natural de Los Katios. Este Parque no se creó con la finalidad de conservar y defender las riquezas biológicas de la región, sino como una barrera natural para frenar el avance de la aftosa hacia Centroamérica.
En su creación primaron más los intereses económicos del gremio de ganaderos, de la industria de cárnicos y de lácteos de Estados Unidos, que los ideales conservacionistas de las asociaciones de ambientalistas norteamericanas.
Lo interesante de la falacia del Parque es que si bien hoy existe una valoración de las riquezas de flora y fauna que posee, esas riquezas no fueron determinantes a la hora de su creación. Su creación es una evidencia de que muchas de las cosas que se hacen en este país y en otras naciones del mundo no se hacen por iniciativa de sus gobernantes, sino por imposición de intereses de las potencias.
En cuanto a Panamá, también ha sucedido algo idéntico. Pese a que Colombia está libre de aftosa, el gremio de ganaderos panameños ha sido el más firme opositor del avance de la carretera hacia Colombia. Panamá inicialmente se escudó en la aftosa, luego en los problemas ambientales, de la guerrilla y de la delincuencia, cuatro elementos que han servido al poderoso gremio de ganaderos y líderes políticos con enorme influencia en el sector empresarial y en los partidos políticos para seguir acentuando la visión negativa de su antigua patria, que vendieron los próceres panameños al separarse de Colombia y crear un país al son de los intereses de Wall Street.
Más allá de esas terroríficas simbologías que han creado las élites anticolombianistas en la sociedad panameña, también se ha estructurado el falso imaginario que detrás de la conexión vial y energética entre los dos países, Colombia fragua un plan de reconquista de Panamá.
De hecho este último imaginario es el que mayor relevancia ha tenido en los últimos años en la sociedad panameña, cuando se habla de la integración terrestre entre Centroamérica y Suramérica. Increíblemente, una serie de empresas de las más prominentes familias de ganaderos son los financiadores de las organizaciones de ambientalistas. Son los mismos que detrás del apoyo económico a este tipo de organizaciones, se han convertido en los abanderados de las políticas ambientalistas, mientras sus familias son dueñas de extensas potrerizaciones y controlan millonarias concesiones para talar los bosques del Darién panameño.