Opinión

La Dama de Hierro

“Y usted, Roger, ¿qué opina de la señora Thatcher?”. En el convivio invitado por AID se elogiaba sin reservas a la primera ministra de Inglaterra.

Guardaba silencio porque era descortés contradecir opiniones tan unánimes ante anfitriones tan amables.

La pregunta, sorpresiva, dirigió hacia mí la atención. “Me gusta la mujer, pero no su política”, dije sin poder evitarlo.

La sala quedó en silencio. Mientras yo ideaba una salida imposible, de algún rincón salió una voz en mal español: “A mí me pasa al bebés”, dijo, por decir “al revés”.

Carcajada general. El error cayó en gracia y todos creyeron que yo bromeaba.

Pero no era así. En aquellos años 80, la señora Thatcher (60), que no era guapa, me parecía seductora.

Su porte altivo, sus ojos gachos, que destellaban mirada de águila a punto de atacar, su inglés de vagos acentos imperiales, todo en ella me lucía seductor.

Sin embargo, sus políticas me desagradaban, y presentía que, si Europa las seguía, los países pobres seríamos perjudicados. Era un temor instintivo e impreciso.

Inglaterra quedó paralizada después del colapso del imperio, al finalizar la Segunda Guerra Mundial.

Su economía, endeudada y estancada, no podía pagar el estado de bienestar, pero tampoco podía reducirlo, por la fuerza política de los sindicatos.

Tal era el cuadro cuando Margaret Thatcher asumió el poder. Implacable, impuso sin piedad la receta de los liberales ingleses de la era victoriana: mercados libres, competencia, menos impuestos, gobierno pequeño, mínima intervención en el mercado.

Vendió o cerró empresas estatales ruinosas, aplastó la oposición social a su programa, recuperó la economía.

Eliminó el estado de bienestar, que ella llamaba, con desprecio, “el Estado-niñera”.

La situación de Estados Unidos era similar. De ahí la afinidad entre la señora Thatcher y el señor Reagan, que impuso medidas muy similares.

Las reformas económicas eran necesarias porque los gobiernos ahogaban los mercados y dilapidaban las finanzas públicas.

Pero en ambos casos, las medidas extremaron tanto la libertad de mercado que la convirtieron en libertinaje.

Tras éxitos inmediatos, la fórmula Thatcher fue extendida por el planeta, a presión en los países en desarrollo.

El proceso se mezcla con la globalización sin freno, en mutuo impulso propiciado por la codicia.

Aquí se incuba la primera gran crisis de los mercados financieros globales, que estalla en 2008 y mantiene estancada la economía mundial.

Thatcher y Reagan vislumbraron el mercado global, pero no el mundo global y su cultura consumista, promotora del déficit fiscal, del despilfarro de los recursos naturales y de la crisis ambiental del planeta.

Hay algo irónico en la fe ciega en el mercado. La señora Thatcher criticó a la Unión Soviética que sus políticas económicas eran ideológicas, no técnicas.

Tenía razón. La economía dirigida por el gobierno y por el partido comunista malogró el experimento socialista.

Pero las políticas de mercado suelto, regulado por sí mismo, conducen también a fracasos costosos para la humanidad y la naturaleza. La fe ciega en el mercado es también una ideología.

Pienso que el objetivo final de la señora Thatcher fue, si no rehacer el imperio británico, por lo menos recuperar la gloria y la potencia económica y militar de Inglaterra.

Fue heroína de un imperio desaparecido. En defensa de ese fantasma, prefirió dejar el poder a ceder la parte de soberanía que Inglaterra tenía que aportar a la Unión Europea.

No logró su objetivo, pero preparó a Inglaterra para el mundo actual, en el que la vieja economía inglesa no habría competido.

La noticia de su muerte trajo a mi memoria la reunión de aquella noche, cuando presentí los peligros del poder guiado por una sola idea.

Ella me recuerda a Churchill, de quien siempre he detestado su política, su desprecio hacia los países débiles, su altanería imperial, su predilección por la guerra.

Pero siempre admiré su amor por Inglaterra, su temple inquebrantable, su actitud desafiante en la adversidad.

León y leona, corrieron hasta el fin tras su fantasma. Creo que Margaret Thatcher fue, después de Churchill, la figura más señera de la política inglesa desde la Segunda Guerra Mundial.