Parece irreal. Como si la pobreza no fuera evidente. Y como para no ser invisibilizada por la costumbre, se reinvente en infinito. O sea reinventada, con las más buenas y las peores intenciones. Hay que justificar lo injustificable. Hay que devengar el salario. O aparentar hacerlo. Mayor productividad no significa mayor eficiencia, al menos no en el quehacer político hondureño, en donde dos más dos, no siempre son cuatro. Con nuevas formas de codicia. Indolencia transversal. Lo cotidiano restregándolas en la esperanza. Codicia e indolencia como partes de la misma cara de una moneda.
¿Y la otra? Hay que evitar pensarlo por ahora. Moneda de reciente cuño. De nuevos ricos. Sonreír se hace obligado. No ser otro ceño fruncido, ni la respuesta grosera haciendo más pesada la existencia. Eso sí. Pero no es suficiente. Hay que proponer. Hay que exigir. Nos lo hacen olvidar, abriendo avenidas a la preocupación, hasta a la angustia. Queremos vivir en paz. ¿Por qué no encuentran la forma de ayudarnos a alcanzarla, en vez de convertirse en terribles obstáculos?
Y es de esperar que lo hayan hecho por negligencia, no con premeditación. No para alcanzar deleznables objetivos particulares.
Pero ya no más. Hasta aquí. Para que, si mejor no saberlo, un proyecto de ley relativo a las telecomunicaciones, de nombre irrecordable, pero sobrenombre ya posicionado en el rechazo generalizado de la población, que nos perturbe, nos amenace y nos mantenga distraídos?
Con la apodada Ley Mordaza nos tienen desenfocados. La lucha contra la pobreza y el fraude electoral debieran concentrar nuestros esfuerzos ciudadanos y los del gobierno.
La transparencia de los próximos comicios generales, indispensable para la gobernanza, tendrían que ser suficiente para concitar todo el interés y esfuerzo legislativo. Pero es como si todo estuviese bien o si lo hubiese hecho mejor. Como si lo que se dice malo fuera un invento. Parece irreal.