La generación de empleo se presenta como uno de los más graves y urgentes problemas que enfrenta el mundo en esta época recesiva, tanto en las naciones desarrolladas como tercermundistas, por sus connotaciones humanas, económicas y políticas.
En Honduras adquiere características severas y se constituye en un factor de primer orden para que, diariamente, compatriotas de distintas edades, opten por buscar una oportunidad laboral inexistente en su país, marchándose al exterior, sea a un lugar cercano o distante.
En la medida que la anhelada reactivación no despega y las leyes migratorias se tornan más discriminatorias para los extranjeros, se contempla el fenómeno del migrante que retorna, sea por haber sido deportado o por decisión propia.
En el año recién concluido, 22,424 hondureños y hondureñas fueron expulsados de Estados Unidos por la vía aérea; a esta cifra deben sumarse aquellos deportados por la vía terrestre desde Guatemala y México.
Algunos retornan mutilados por accidentes ocurridos durante el trayecto de ida, en tanto de otros se desconoce su paradero, ignorándose si perecieron, están detenidos y/o secuestrados. Esta es la dramática realidad que afecta a miles de compatriotas.
Y los que regresan aspiran a encontrar un empleo que les permita subsistir, empero, el mercado de trabajo se ha contraído, por lo que sus búsquedas en muchas ocasiones resultan infructuosas. Adicionalmente, algunos empleadores potenciales consideran que el hecho de haber sido deportados conlleva un estigma, lo que es falso en la mayoría de los casos. No se toman en cuenta las destrezas y habilidades que han adquirido durante su permanencia en el exterior, con lo que se les margina de posibles oportunidades de trabajo.
Así el desempleo, juntamente con la pobreza, se incrementa rápidamente, lo que confirman las cifras hace poco divulgadas por el INE. Solamente les queda la opción de ingresar al sector informal de la economía –sin protección legal ni social- o intentar de nueva cuenta retornar -en búsqueda desesperada- a las elusivas y probablemente ya inexistentes plazas de empleo en ultramar.
Los que retornan, forzados por las circunstancias o por decisión propia, no deben volver a experimentar la dolorosa exclusión y marginamiento: en vez de ser rechazados deben ser bienvenidos, lo que conlleva su inserción laboral aquí, en su tierra, y no en lares ajenos.
Aprendamos a practicar la solidaridad efectiva con nuestros semejantes desprotegidos que tan solo piden una oportunidad para demostrar su valía, competencia y voluntad de superarse.