Casi todos los conflictos limítrofes que se han dado en la historia de Honduras en sus relaciones con los países vecinos han tenido en común que los mismos se han desatado teniendo como fondo razones de política interna o, en otro extremo, han servido para justificar la adquisición de equipo militar y aumento del número de efectivos de los ejércitos.
Lo anterior está muy ligado con las reclamaciones que el presidente Mauricio Funes, de El Salvador, está formulando en torno a la isla Conejo en el Pacífico, esa pequeña porción de la jurisdicción soberana de Honduras que cuando visitamos el puerto de Amapala podemos ver sin forzar la vista y casi tocar desde tierra firme, extrañamente está siendo motivo de fricciones diplomáticas entre ambas naciones.
Se trata de una posesión que Honduras ha mantenido basada en hechos históricos y geográficos incuestionables, razón por la cual dicha isla ni siquiera fue sometida a los alegatos que ambas naciones tuvieron en el fallo de la Haya en 1992.
Según información recogida por este diario en El Salvador quien lleva la vos cantante sobre este tema son los sectores guerreristas de esa nación; el propio ministro de Defensa de aquel país, David Munguía Payes, se ha lamentado, en lenguaje poco amistoso con Honduras, que el ejército salvadoreño carece de la fuerza militar para disuadir a Honduras sobre su soberanía en el islote.
El ministro Munguía abundó en razonamientos sobre la supuesta superioridad de la institución armada de nuestro país con una clara intención de influir en la Asamblea Legislativa salvadoreña para que apruebe la compra de equipo militar, especialmente aviones de guerra.
Los jerarcas militares salvadoreños no han despertado de la nostalgia belicista desde que invadieron nuestro territorio en 1969, provocando miles de muertes de ambos países, haciéndole graves daños a las tradicionales relaciones de amistad entre ambas naciones, incluso en la época de la insurrección que vivió El Salvador hace algunas décadas, los combatientes guerrilleros del Frente Farabundo Martí que eran capturados por los militares y la Guardia Nacional de su país, eran interrogados sobre sus relaciones con Honduras y su opinión acerca de aquel inútil y absurdo conflicto.
Si llevar este tema a los tribunales internacionales parece poco inteligente, sería más absurdo que esto sirviera de pretexto para que la Asamblea Legislativa salvadoreña y el presidente Funes autorizaran la compra de armas, con lo cual se atizaría un armamentismo innecesario en nuestras empobrecidas naciones.
Sonar tambores de guerra en las condiciones actuales, en un mundo donde la búsqueda de soluciones pacíficas a las controversias se vuelve una necesidad, es algo que debe ser rechazado por los sectores económicos, políticos y sociales más sensatos de nuestras naciones.
Hay que desarmar a los violentos de su discurso provocador y guerrerista.