Opinión

FILOSOFÍA… ¿PARA QUÉ?

Actualmente, en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, toda la población estudiantil está obligada a cursar la asignatura filosofía dentro del marco de lo que entendemos como estudios generales.

Pretendo en estas líneas hacer una valoración sobre este hecho, aprovechando algunos aportes y orientaciones de interés brindadas por el Dr. Enrique Dussel en el marco del último Congreso Centroamericano de Filosofía realizado en Ciudad Guatemala en noviembre del pasado año.

Cursar esta asignatura de 4 unidades valorativas es un desafío en todos los sentidos, ya que implica asistencia presencial a las clases, tiempo para desarrollar tareas o trabajos de investigación, coordinar actividades grupales, preparar exámenes parciales, etc.

Súmese a ello la inversión económica en textos, fotocopias, impresiones de trabajos escritos, alquiler de equipo de proyección para presentación de temas. La pregunta que emerge de tanta exigencia es: ¿valdrá la pena tanto esfuerzo?

¿No sería mejor invertir este tiempo y dinero en asignaturas de la propia carrera o especialidad profesional? ¿No será mejor sustituir esta asignatura por otra (u otras) que favorezcan competencias técnicas o científicas más urgentes para el desarrollo académico del estudiante y futuro profesional?

La época cultural en que nos desenvolvemos, marcada por el paradigma de la modernidad, tiende a desvalorizar todo el bagaje de conocimientos que no entran en su marco de referencia fundamental: lo científico-tecnológico.

Es por ello que no resulta raro inclinarse a pensar que asignaturas como la Filosofía, Sociología, Historia, son materias de “relleno” o de “segunda o tercera categoría”, que no aportan en lo esencial a la formación que más necesita el país para su desarrollo.

Los saberes aportados por estas especialidades deberían clasificarse en la región de “materias optativas”, o de “libre elección”, pero el pensum universitario debería concentrarse en las asignaturas que aporten directa competencia técnico científica a un profesional de carrera.

La respuesta a estas inquietudes puede manejarse de distintos modos, pero proponemos básicamente la distinción entre ciencia y filosofía como telón de fondo para discernir cuál es la mejor opción.

La ciencia por definición es la pretensión de verdad a través de teorías sustentadas en pruebas empíricas, es decir, procedentes de la experiencia. Y ahí cabe la pregunta: ¿qué es la verdad?

La misma ciencia responde diciendo algo evidente: las cosas reales se actualizan en el cerebro (que cuenta con 80,000 millones de neuronas, donde cada neurona establece 200,000 conexiones interneuronales para esta labor). Cada vez que el cerebro “piensa” un objeto lo actualiza, lo construye neuronalmente, y esa es la verdad, pues permite manejar lo real.

Este es el nivel en que se mueve la ciencia: como una explicación de las cosas reales para la sobrevivencia ordinaria. Ello es de un valor inmenso, pero también tiene un límite inmenso.

En la actualidad vemos como la ciencia y la técnica llevada a sus extremos son capaces de producir la extinción de la vida en la tierra; fue algo que no supieron ver los grandes precursores del conocimiento científico como fueron Bacon, Galileo, Newton.

Ahora bien, ¿qué es la verdad en filosofía? ¿Es lo mismo que en su forma científica? El filósofo alemán Gottlob Frege desarrolla dos conceptos que ayudan a clarificar esto: significación y sentido.

La ciencia se maneja a nivel de significado, para ella el significado es la verdad. En cambio el sentido es otra cosa. Martin Heidegger en su obra “Ser y tiempo” afirma que habitamos personalmente en “un mundo” (mi casa, mi familia, mi espacio de trabajo, etc.), pero esta no es la totalidad de la realidad, es solo la totalidad de mi experiencia.

Esta experiencia almacenada en mi memoria me permite darle sentido a las cosas que veo o encuentro en cuanto las relaciono inteligentemente con lo demás, diferenciando unas de las otras. Así, el significado es lo que semánticamente descubro para manejarme a nivel de experiencia próxima, pero el sentido indica el lugar adecuado que le doy a las cosas dentro de mi mundo, dentro de mi realidad personal.

Aristóteles dice en la “Metafísica” que el filósofo es el filo-mitos, o sea el que ama el mito, y ello porque ama el sentido que guarda el misterio de lo real (explica lo que no tiene explicación).

Por tanto, los mitos nos hablan del sentido, en tanto que la ciencia nos habla de la verdad relacional en el límite de lo empírico real. Así, la filosofía no es lo mismo que la ciencia. Y además la filosofía no es más ni es menos que la ciencia.

La filosofía sencillamente es la que ordena los sentidos de las cosas, en tanto que la ciencia es la que trabaja en descubrir para el mejor manejo de la realidad.

Por ello es lógico que un ingeniero nos ilustre sobre construir puentes o edificios, un médico sobre cómo manejar el binomio salud-enfermedad, un astrónomo hablará sobre fenómenos espaciales... pero será el filósofo quién dialogará con nosotros sobre el sentido de la existencia, de la muerte, de la felicidad, de la diferencia entre el bien y el mal.

Lévi-Strauss, antropólogo francés, estuvo en Brasil con los aborígenes tupinambás y redactó volúmenes enteros con los mitos con los cuales ellos se explicaban los distintos momentos de la vida, desde el nacimiento hasta la muerte, y los fenómenos humanos conexos como la pasión, el amor, el poder…

Esta referencia es ilustrativa para afirmar que lo que ordena con sentido es la sabiduría. No es lo mismo conocer científicamente que saber; saber es “saber ordenar”. Un tupinambá es un sabio en comparación a un habitante de Nueva York, que usa su computadora sin saber el sentido de su existencia, de su matrimonio, de su paternidad, de su vida en general, simplemente porque… jamás se lo ha planteado. En definitiva, es un enano en cuanto al sentido del vivir humanamente.

Si bien algunas civilizaciones humanas han tenido un corto desarrollo en la dimensión científico-tecnológica, sus avances en la dimensión cultural y filosófica son enormes (ello a través de sus narraciones mitológicas, que no por ser mitológicas eran irracionales, sino al contrario sólidamente racionales a través del lenguaje de los símbolos).

En cambio, ha habido otras civilizaciones que desarrollan mucho en lo científico-tecnológico, pero se quedan cortas en lo demás. Un ejemplo simpático lo podemos imaginar pensando en un agente ubicado en el Pentágono, lugar donde “se piensa” y planifica un 21% del presupuesto mundial con fines y objetivos bélicos.

Si se le pregunta a este agente gubernamental estadounidense para qué se gasta tanto dinero en la guerra, él podrá responder diciendo: “Para llevar el estilo de vida americano a todo el mundo”. Y si luego le preguntamos al mismo agente: “¿Y usted le ha preguntado al resto del mundo si quieren llevar el estilo de vida americano?”, seguramente el supuesto agente nos dará un simple no por respuesta.

Más allá del mundo de las grandes religiones o civilizaciones, piénsese en la India o la China, la más pequeña tribu que tenga un chamán o alguien que explique el sentido de la vida, puede considerar a éste un sabio, pues es el sustento de las tradiciones de su pueblo y le da sentido a las experiencias que ellos pueden desarrollar en su vida cotidiana.

Y este hombre ama la sabiduría, ama ordenar las cosas prácticas y teóricas, es un filósofo.

Y cada tradición filosófica puede aprender de otra con diferente grado de desarrollo e incluso puede tener un aspecto mucho mejor desarrollado que aquella que podría parecer más deslumbrante por sus avances en lo científico tecnológico.

Un ejemplo patente lo tenemos a nivel ecológico: la filosofía moderna fue ciega en cuanto a la fragilidad y vulnerabilidad de la vida en la Tierra. Se creyó que la Tierra era infinita, que se podía producir lo que se quisiera, usar los instrumentos que fueran necesarios para usufructuarla infinitamente, y que ella iba a dar para siempre. Y no, la Tierra es vulnerable, y es frágil.

Esto sí lo sabían las grandes filosofías de los pueblos ancestrales americanos, que fueron completamente armónicos con la naturaleza y que si destruían parte de una selva, cambiaban de lugar para que ella se repusiera, por ejemplo los tupí-guaraní de América del Sur, que en sus mitos sueñan con una “tierra sin mal”.

Esta idea es una especie de sueño o utopía, una tierra que no se tuviera que renovar… pero era un mito que guiaba su accionar y les hacía profundamente ecológicos, y procedían en consecuencia cuidando a la madre tierra y no la violentaban más allá de su capacidad.

Así pues, ¿tiene sentido y valor mantener la asignatura de Filosofía en el pensum universitario? Definitivamente, pues nos ayuda a darle su lugar a las cosas y a apreciar nuestra vida de un modo más humano e integral.

Quedarnos envueltos en el mito moderno de lo científico tecnológico como la única respuesta a los desafíos del desarrollo personal y social, es un empobrecimiento.

Tanto la ciencia como la filosofía tienen su originalidad y su aporte, caminando en una formación integral complementaria, la conjunción de ambos saberes deberá dar frutos a su debido tiempo.