Opinión

Festín vegetal

Desciende mayo y el paisaje rural hondureño naufraga en colores.

Los verdes parduzcos de la estación seca abren paso a un real festín cromático que hace olvidar, por instantes, lo incapaces que somos para preservar el paraíso.

Pues no otro calificativo merece esa capa de luces con que se va vistiendo la campiña según marcha el año y cuyo vigor deja percibir que la grácil naturaleza danza: habita en los azules del elegante árbol de jacaranda, en el amarillo viril –intenso y jovial– de los altos sanjuanes, que son manojos de narciso echados a la montaña; en la brasa volcánica de los mangos pintos, que hacen que rompamos el silencio del bosque al exclamar admiración.

Y en mi desangrada urbe, la más violenta del orbe, donde reside gente a la que el sol irritó las venas, nacen los danzarines ramos brillantes de la cañafístula (Cassia fistula), aretes como en faz de adolescente, niña-a-mujer divertida con lo coqueto del viento, que la hace soñar.

Y el rosa nupcial del macuelizo o roble blanco (Tabebuia rosea), el verduzco grisáceo del maguey (Agave americanum), el lila de la calandria o josefina (C. molinarii), supuestamente originaria de Honduras; el albo izote, heráldico de El Salvador, del que dice Armando García es el único pueblo que se desayuna al ovo la flor nacional, o el sombrío y omnipresente aguacate (Persea americana) que comieron lujuriosos los haraganes hidalgos ibéricos y que es propio para disolver cálculos de vesícula, combatir diarreas, dolores de muela, riñones y gripe, y con el que se fabrica loción y finos jabones.

En fin, paleta entera de mafufo pintor, añoranza del Edén…

Por estas semanas ando muy sensibilizado –un día escribiré sobre el particular uso que el catracho hace del verbo “andar”– debido a un libro que edito (mis tres profesiones son: profesor, escritor, editor, pero dejé de aprender tap dance por indisciplina) y que cuando aparezca a fin de año revolucionará sin duda la concepción que poseemos de nuestro maravilloso entorno.

Se trata de “Árboles del paisaje de Honduras”, compuesto más que escrito, a lo largo de ajadísimas noches de insomnio y dedicación por Roberto Elvir Zelaya, arquitecto paisajista que hizo el prodigio científico de plantar en San Pedro Sula, por 1970, avenidas y calles con árboles de una misma variedad, o sea son de hojas y flores del mismo color, imaginación que cada vez que cae la primavera maravilla. “Jampedro” es entonces fiesta multicolor…

En 250 palabras restantes debo decir que tenemos derecho a orgullos ecológicos y botánicos. Presente en Lancetilla vive la más grande palmera sabida, la Corifa, con tronco de metro de diámetro, hojas palmadas de seis metros, millones de flores que surgen cada 50 años pero entonces la planta muere, concluye como en drama de amor… Desde 1956 adorna espacios de SPS. Y el Phyllocarpus septentrionales, cola de mico, nativo de acá, variedad que Elvir asevera exhibe “belleza impresionante por su coloración coralina, que es como esfera de encaje corinto”. Se llena de ramas vino intenso y se le supone exactamente oriunda de Honduras.

Falta citar al teocinte (Cica), término que en náhuatl identifica alimento de dioses, en México maíz primitivo, pero que en Centroamérica es palmera de las más exóticas del universo; se la considera autóctona de Honduras, endémica de Olancho, donde el biólogo Onán Reyes localizó en Río Grande (Gualaco) un espécimen de 900 a 1200 años de vida, declarado sabiamente por sus ediles “árbol municipal”… Y a ello se agrega otra curiosidad hondureña, cual es el camotillo o raíz de ratón, venenoso según el tiempo en que cosechan su raíz o yuca. Elvir Zelaya agrega: “Se dice que durante la época colonizadora la raíz de esta planta fue usada por los indígenas en legítima defensa contra los invasores”.

La relación entre naturaleza y política es siempre insoslayable.