La semana pasada el gobierno del presidente Lobo nos sacó un poco de la creciente problemática nacional y hasta calentó el ambiente en la región centroamericana con una declaración hostil, de tono militarista: “No tengo que levantar los F-5 para que me abran paso”, con lo que expresó su malestar por el maltrato a los pescadores hondureños por parte de nicaragüenses y salvadoreños en el Golfo de Fonseca.
Las declaraciones del mandatario, acompañadas después por las de los secretarios de Relaciones Exteriores y de Defensa, al igual que las del máximo jerarca militar catracho, vinieron a desempolvar el discurso altisonante propio de los lamentables conflictos bélicos del pasado. Incluso la Iglesia Católica salvadoreña comparó la situación con la guerra de 1969 entre Honduras y El Salvador, que “fue provocada artificialmente para distraer a los pueblos”. “No juguemos con los pueblos y no juguemos con la vida de los pueblos”, dijo el obispo auxiliar de San Salvador, Gregorio Rosa Chávez.
En realidad Honduras tiene motivos más que suficientes para estar molesta por la forma en que los salvadoreños y los nicaragüenses le dan largas al cumplimiento del fallo de la Corte Internacional de Justicia de 1992 que definió claramente la cosoberanía de los tres países en las aguas del Golfo de Fonseca; lo que degenera en la constante captura de pescadores hondureños que deben pagar altas multas para recuperar sus aperos y hasta cierto hostigamiento contra las patrulleras hondureñas que ejercen soberanía en las aguas del Golfo y garantizan nuestra salida hacia el Pacífico.
De hecho, Honduras ya ha acudido al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para que ayude al cumplimiento de la sentencia del máximo tribunal internacional de justicia a fin de que el asunto se solucione de forma definitiva y ponerle fin a ese innecesario motivo de tensión entre los tres países vecinos.
En ese sentido, el gobierno del presidente Lobo tiene todo el apoyo de los hondureños para hacer uso de los mecanismos legales o de negociación pertinentes para proteger el derecho de los hondureños a aprovechar nuestros recursos y el respeto a la soberanía nacional.
Pero en los tiempos y circunstancias en que vivimos no debería haber espacio para el militarismo y el guerrerismo, ni siquiera a nivel de discurso, mucho menos entre hermanos centroamericanos. Y sería más lamentable aún que el tono usado la semana pasada por Lobo tenga como propósito desviar la atención de los ingentes problemas socioeconómicos que enfrenta el país o justificar algún otro negocio relacionado con armas y otros equipos de guerra.