Opinión

El crimen nace del desorden

En Honduras se destruyen los focos de la calle a pedradas, no se arreglan y la gente pasa sin hacer nada. Todos recorremos las calles y avenidas por meses, incluso años, sin ver la reparación de las luces, y al final todos concluimos que a nadie le importa.

Con el paso de los años se estrenan pasos a desnivel y como siempre tenemos esa sensación de anarquía y nos preguntamos cuándo serán quebrados los vidrios de los focos nuevos.

Esto es un ejemplo patético de cómo se va transmitiendo en Honduras la consigna de que nadie va a ser pillado ni condenado si actúa en plena vía pública para destrozar propiedad del estado, y no digamos en el caso de la delincuencia, el atraco y el crimen organizado.

Si el barrio, colonia o aldea es incapaz de evitar que se dañen los focos por parte de vagos o enfermos mentales, podemos concluir que los criminales pueden sentirse seguros porque nadie los identificará.

Vivimos con tanta intimidación que si usted reprende a un albañil, aseadora o simplemente cobra una deuda, es casi la muerte segura porque en Honduras es fácil matar con la seña de la impunidad.

Nadie se mete en problemas y poco a poco los accidentes y colisiones de tránsito son más audiencias de amable conciliación porque no se sabe si ya firmaste la sentencia de muerte, porque el culpable de la colisión es familiar de un delincuente o tiene un primo policía.

No es posible que la policía no tenga un grupo de agentes que vestidos de civiles atrapen a los destructores de la propiedad del estado y muestren al público que la ley no se viola. No es sorpresa detectar que muchos de esos pillos sean los asesinos de periodistas o sicarios; por tanto, debemos establecer una estrategia urbana y no una campaña militar como si las ciudades fueran campos de guerra.