De la misma forma que la capital hondureña es muy representativa del desorden, de la politiquería, de la parsimonia, de la corrupción, de los pésimos gobernantes que han moldeado la Honduras que hoy tenemos, el anillo periférico también simboliza, de forma muy clara, a Tegucigalpa y Comayagüela con su vulnerabilidad, su caos, su lentitud, sus retrasos, sus falsas promesas y hasta sus propios farsantes.
Han pasado más de 20 años desde que se inició la construcción del anillo periférico de Tegucigalpa y ya hasta se reconoce que la última etapa no será concluida este año, tal y como en este mismo gobierno se había anunciado con bombos y platillos.
Pero 20 años “no son nada”, dirán aquellos que se benefician de todos estos retrasos o quienes ya han hecho de aplaudir a los políticos dadivosos una forma de vida.
La cuestión es que no solo se han tardado más décadas en construirlo: es que está tan pésimamente diseñado, construido y mantenido, que también la parte ya concluida es un dolor de cabeza permanente para los conductores y un motivo de disfrute para aquellos.
Hace unos meses, presionado por el fragor de la campaña para las elecciones primarias del año pasado, la Soptravi gastó unos cuantos millones para tapar los baches que hacían intransitable la vía.
Hoy con las primeras lluvias de la temporada el “maquillaje” (EL HERALDO, Metro, 3/7/13, Pag. 30) se ha caído de nuevo y el negocio suma y sigue.
El ministro por ley de Soptravi dijo a EL HERALDO “que el anillo periférico requiere una inversión anual de 10 millones de lempiras para mantenimiento, supervisión y reparación” y desde ya anunció que pese a ser una obra relativamente nueva “en los años próximos ocupará toda una reestructuración, porque la carpeta asfáltica está desgastada y ya no bastará con el bacheo”.
Pero eso sí, el ministro provisional anuncia que “acabo de salir de una reunión con el Presidente, donde nos pidió cero baches en las carreteras; entonces, pronto iniciaremos proyectos, e incluye el anillo, con una inversión de tres millones de lempiras”.
Y así, el también llamado “anillo de diamante”, que tanto se parece a las ciudades gemelas y al país en general, sigue inconcluso, y la parte habilitada con muchos y enormes baches, maleza en sus medianas y aceras obstruidas por materiales de construcción; pero eso sí, siempre abierto a los contratos, o ampliaciones de los mismos, para alegría de burócratas corruptos, constructores y hasta empresas de maletín.