Editorial

Una caravana más

Ha sido desgarrador observar las imágenes de las decenas de hondureños y hondureñas que en las últimas horas cargaron con sus hijos menores de edad (hasta de meses de nacido), unas escasas pertenencias (quizá lo poco que lograron rescatar de la destrucción ocasionada por los huracanes Eta y Iota) y los sueños de encontrar al final del largo y peligroso camino la oportunidad de un empleo y con ello de soñar con una vida mejor.

Casi todos los entrevistados por los periodistas que cubrían su salida desde la terminal de transporte de San Pedro Sula coincidieron en decir que se iban porque los huracanes les arrebataron lo poco que tenían y por el abandono manifiesto de las autoridades en los días posteriores al paso de los meteoros.

¿Pero el camino es peligroso?, le insistió una periodista a un hombre que cargaba sobre sus hombros a una niña de unos cuatro años de edad. ¿No tiene miedo?. “Sí, sí tengo miedo pero, ¿qué me puedo quedar haciendo aquí? No tengo dónde vivir, tampoco tengo trabajo. Igual dan los riesgos. Quizá me vaya bien allá”, respondió. La tristeza se reflejaba en sus ojos. También la desesperación.

Núcleos familiares completos iban junto a él.

El gobierno hondureño anunció el año pasado, en medio de las caravanas de migrantes que para entonces se formaron, millonarios proyectos de atención a las necesidades básicas de la población que decide partir, por falta de oportunidades. Nada se hizo. Tampoco arrancaron los programas que se suponía impulsarían conjuntamente los gobiernos de Estados Unidos, México y el Triángulo Norte.

La pobreza, prevén los organismos internacionales, se disparará tras la destrucción de los huracanes y los efectos de la pandemia del covid-19, y se anuncian millonarios proyectos para la reconstrucción y atender las necesidades de la población.

Las cosas se tienen que hacer bien, manejar con transparencia los financiamientos y abrir las oportunidades que demandan quienes hoy huyen de la patria que les vio nacer.