Editorial

La visita pontificia

En su viaje apostólico a Chile, el papa Francisco expresó “el dolor y la vergüenza que siento ante el daño irreparable causado a niños por parte de ministros de la Iglesia”.

La práctica de la pedofilia es una aberración existente en muchas naciones, incluyendo la nuestra: personas investidas de autoridad, prestigio y riqueza aprovechan su posición para cometer abusos sexuales y psicológicos contra seres indefensos, menores de edad, provocando traumas que perduran durante toda la vida.

Los superiores jerárquicos de estos pederastas en vez de entregarlos a la autoridad civil para ser investigados y sancionados penalmente, los trasladan de parroquias, con lo cual de hecho se convierten en cómplices y encubridores.

También el Vicario de Cristo se solidarizó con los pueblos originarios, excitando a sus compatriotas no indígenas que se les escuche y respeten sus derechos ancestrales, culturales y patrimoniales.

Los mapuches, habitantes del sur chileno, se han visto afectados desde hace siglos con la gradual pero inexorable pérdida de tierras y bosques, a medida que las empresas nacionales y extranjeras expanden sus actividades hacia la Araucania con el fin de explotar, no siempre racionalmente, los territorios, cuencas hidrográficas y maderas abundantes.

Su mensaje solidario también incluyó a los migrantes y ambientalistas. También en este aspecto, Honduras no es la excepción. Tras el asesinato de Berta Cáceres han ocurrido otros crímenes que han segado la vida de indígenas tolupanes, lencas y misquitos a manos de terratenientes que gradualmente han ido despojándolos de sus territorios, tal como lo documentó el “Informe de derechos humanos 2017” elaborado por ACI Participa.

Igualmente, nuestra diáspora es crecientemente víctima de arrestos y deportaciones masivas, en México y Estados Unidos, aun si han sido protegidos por el TPS, a punto de no ser renovado, tal como ya ocurrió con haitianos, salvadoreños y nicaragüenses.

Ojalá que las excitativas del Santo Padre encuentren oídos receptivos que las pongan en práctica enmarcadas en la justicia y la fraternidad, bases esenciales de la convivencia social armónica.