Con miles los damnificados de los huracanes Eta e Iota que todavía hoy no han podido regresar a sus hogares y se encuentran viviendo en casas de amigos y familiares, los más afortunados; en albergues, los menos, y muchísimos más en las calles y avenidas principalmente de la ciudad de San Pedro Sula, sobreviviendo de la solidaridad y acompañamiento de quienes fueron menos golpeados por la fuerza de la naturaleza.
Son miles las historias de ciudadanos que sin importar los riesgos a su propia vida se lanzaron a salvar las del prójimo, sin contar las protagonizadas por los miembros de los cuerpos de socorro, principalmente del Cuerpo de Bomberos y la Cruz Roja. Son desgarradoras las historias de quienes han visto cómo el agua terminó en unas pocas horas con los bienes materiales que les costó años adquirir: sus casas, sus automóviles, su menaje, pero también son inspiradores los mensajes de esas personas que en medio del dolor, el llanto y la desolación intentan ver el futuro con optimismo y sacan de su interior las fuerzas que no tienen para levantarse por ellos y por sus familias de los escombros en los que se encuentran. Ellos y ellas son abanderados de esa fuerza con la que los hondureños han vivido y enfrentado otros momentos de desolación que han impactado a la patria.
Sabemos que su lucha no será fácil y que el trabajo será arduo, pero también estamos seguros de su fe para empujar hacia adelante por sus hijos, por sus padres y hermanos, por sus familias, por la Honduras que les vio nacer.
Por eso a ellos no hay que dejarlos solos; a ellos hay que tenderles la mano y asegurar que los millones de lempiras que se destinarán a los planes de reconstrucción tendrán como fin apoyar los esfuerzos de Sayda, de Pedro, de Juan, y en ellos representados todos los damnificados, y asegurar que cada centavo que se presupueste no se desviará a las bolsas de unos cuantos, que se luchará contra la corrupción y que se transparentará el manejo de cada centavo.