Al bardo de las resonantes metáforas nació en Arenal, Yoro, el 28 de noviembre de 1916, falleciendo en la capital mexicana en 1959.
Realizó sus estudios en San Pedro Sula para luego trasladarse a Tegucigalpa, en donde colaboró con el diario El Cronista y las publicaciones Tegucigalpa y Revista de la Asociación Nacional de Cronistas.
Al igual que otros compatriotas contemporáneos suyos, entre ellos Alfonso Guillén Zelaya, Medardo Mejía, Óscar Castañeda Batres, Vicente Mejía Colindres y Ramón Amaya Amador, debió emigrar durante la dictadura de Tiburcio Carías Andino ante el ambiente de censura e intolerancia característico de ese régimen.
Su poesía fue contestataria, rebelde, hermosa. A la vez exaltó a los próceres de ambas naciones, añorando desde el exilio a la patria lejana. Personalmente mantuvo siempre un perfil de dignidad e inconformidad ante la injusticia y la opresión, pese a vivir en condiciones de enfermedad y pobreza en el destierro.
Fue autor de las siguientes obras: “Brasas azules” (1938), “Flores del alma” (1941), “Laurel del Anahuac” (1954), “Pino y sangre” (1958). Su verso evolucionó del intimismo y romanticismo tardío a la protesta cívica, a la solidaridad con los oprimidos.
A lo largo de este año se han realizado actos conmemorativos en recuerdo y rescate de este valioso representante de nuestra literatura, incluyendo una recopilación de parte de su producción poética.
Su trayectoria vital fue tan vertical como los pinares hondureños, inclaudicable ante la adversidad, firme como el granito de nuestras cordilleras.
Volver a leer su poesía es confirmar que hemos contado con altos valores intelectuales cuya obra perdurará pese al paso inexorable del tiempo, tanto por su belleza intrínseca como por su intemporalidad y plena vigencia.