Opinión

ECONOMÍA Y MORAL

La preocupación por su poderío en ascenso estuvo presente incluso en la campaña para las elecciones que ganó el presidente Obama el pasado martes; peor aún para la decadente superpotencia, la propia Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), en su más reciente informe pronostica que la economía de China va a superar a la zona euro en 2012 y a Estados Unidos en un máximo de ocho años, mucho antes de lo que se preveía hasta ahora.

Este mismo estudio prospectivo prevé que para 2060, incluso la India habrá superado a Estados Unidos y junto a China tendrán mayor peso económico que los 34 miembros actuales de la OCDE, que es el club donde se reúnen los países más ricos del mundo.

Como muchas de las bases de todo análisis prospectivo descansan en supuestos –en este caso uno de ellos es que los actuales países ricos saldrán pronto de la crisis—, el secretario general de la OCDE, Ángel Gurría, considera que el escenario que se plantea “se puede cambiar… depende de lo que se haga hoy”.

Y por supuesto que los chinos están conscientes de esa realidad, como quedó demostrado, precisamente, el jueves durante la inauguración del XVIII Congreso del Partido Comunista, donde el presidente Hu Hintao advirtió que el avance de China tiene un colosal enemigo: la corrupción.

En el Congreso que marcará el fin de su mandato y la entrega al nuevo liderazgo que asumirá en marzo próximo, el líder en cuyo decenio China logró su más notorio avance dijo a sus camaradas que “si fallamos en atender bien esta cuestión (la lucha contra la corrupción) será fatal para el Partido, e incluso podría causar la caída de este y del Estado”.

Y es que si bien el modelo económico, político y social –y la ideología sobre el que sustentan-- es importante para el desarrollo, para el crecimiento económico, para el bienestar, para la estabilidad de un individuo, de un país o de una región, no debe olvidarse la importancia superior de la moral, de la confianza que los gobernados deben tener en sus gobernantes.

Ojalá que también el liderazgo occidental, igual que en países tan subdesarrollados como Honduras, sea capaz de ver la raíz moral de la actual crisis económica y social, pues allí está la clave de todo.

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