Cuando Cristo ingresó a Jerusalén –ciudad que actualmente debe ser compartida, y no acaparada, por Israel y Palestina como capital común de sus respectivos estados- dio un imperecedero ejemplo de humildad y sencillez, cabalgando en una bestia de carga: un asno, cuando pudo haber cabalgado en brioso y piafante corcel, en lujoso carruaje, o incluso en litera.
Así, nuevamente ofreció su opción preferencial por los pobres y desvalidos, haciéndonos ver que la ostentación de poder y riqueza en medio de un océano de pobreza constituye una bofetada en pleno rostro en contra del pueblo hambriento y sediento tanto de alimento como de justicia.
Igualmente, que el lujo, las demostraciones de fuerza, lo material, son aspectos efímeros que en cualquier momento colapsan estrepitosamente, evidenciando la fragilidad y transitoriedad de la acumulación de bienes materiales, particularmente cuando han sido mal habidos, producto del enriquecimiento ilícito, de la extorsión, del chantaje, la corrupción y el cohecho.
Ni las personas ni las instituciones están exentas de incurrir en la posesión indebida de bienes ajenos utilizando ya sea la violencia, abierta o disfrazada, y la tortuosa y sesgada aplicación de la ley.
Esas aberraciones las presenciamos frecuentemente en nuestro entorno, donde se rinde pleitesía, homenaje y reconocimiento a individuos que engañando a sus compatriotas se lucran y acumulan fortunas que no son producto del trabajo honesto, sistemático, creativo, forjándose pseudoimágenes de rectitud e integridad que no corresponden a la sórdida realidad.
Las multitudes jerosolimitanas aclamaron su ingreso a la urbe, construyendo arcos triunfales y agitando palmas, proclamándolo como el redentor que los liberaría del dominio imperial romano, para ese entonces la superpotencia del mundo hasta entonces conocido.
Jesús se percataba de cuán efímero puede ser el respaldo de las masas, cuando son meras espectadoras, sin participar activamente en las transformaciones de sus vidas. Fue así que unos pocos días después, manipuladas por los jerarcas religiosos, exigían a Pilatos su suplicio y ejecución.
Finalmente, procedió a expulsar a los mercaderes del templo, que lo habían convertido de sitio de recogimiento y reflexión en plaza de compraventa.
Algo similar ocurre en la Honduras de hoy, convertida en botín y feudo de unos pocos que concentran en provecho propio incluso los recursos naturales, renegando de la búsqueda del bien común.