Un economista que trabaja o trabajaba para un organismo de crédito internacional expresó hace varios años que “la política es el arte de evitar que toda la gente se ponga ‘brava’… el mismo día”.
La cita, capturada al vuelo por un conocido, deja poco lugar a la imaginación. Bajo esta lógica, un buen operador político será el que favorezca el desfogue de la sociedad, uno que contribuya a calmar con sus acciones, la caldera de demandas legítimas que se cocina –a veces a fuego lento y otras a altas temperaturas-- en el ánimo popular.
Por el contrario, un mal político será el que no reconozca tempranamente las señales de la insatisfacción colectiva, o que provoque con sus ejecutorias u omisiones el aumento de la bravura y las explosiones de insatisfacción.
Contrario a lo que ocurre en otras realidades del planeta, entre nosotros son poco frecuentes las manifestaciones masivas y públicas de protesta ciudadana.
La rebelión de los taxistas en 2005 fue acuerpada solidariamente por quienes transitaron a pie durante la jornada. Otras expresiones de protesta social ocurridas en distintas regiones del país, asociadas a la protección del medio ambiente, lograron resultados significativos.
La malograda propuesta de “encuesta” (4ta urna) promovida desde el Poder Ejecutivo en 2009 tuvo un impensado efecto movilizador de quienes adversaban la iniciativa; no obstante, fue el golpe de Estado de 28 de junio el que trajo consigo la más importante expresión de protesta colectiva que recuerde el país en su historia moderna.
Nadie, medianamente objetivo, podría negar hoy que durante el 2009 se mandó al tiesto de la basura aquella expresión peyorativa (“acá no pasa nada”) que parecía condenar a la sociedad hondureña como la más indolente del continente.
Ubicados en uno u otro extremo del conflicto (a favor o en contra), o en la amplia gama de grises de la posición intermedia (que contempla temerosa a la distancia, se muestra indiferente o intercede activamente buscando avenir a las partes), amplios sectores de la población se mostraron atalayados en posiciones de interés común.
Solo la extrema y sufrida clasificación al Mundial de Fútbol de Sudáfrica hizo que ocurriera lo imposible: que todos los bandos se fusionaran, por un rato, en un efusivo y espontáneo abrazo.
Entre nosotros no ha sido fácil la identificación de los puntos de convergencia para un proyecto común de país que trascienda diferencias partidarias, sectoriales, gremiales y de grupos. Uno que supere la diversidad y parcialidad de las estrategias, plataformas programáticas y eslóganes.
Que vaya más allá del horizonte cortoplacista de la coyuntura semanal, mensual, anual, de cuatrienio e intente atisbar al lustro, a la década, al mediano y largo plazo. En ello, hasta ahora, prevalece más el disenso, que el consenso.
Los políticos hondureños se enfrentan hoy a un dilema: o deponen posiciones y dialogan para acordar el beneficio colectivo, o se mantienen aglutinados en sus divergencias, sin escucharse mutuamente.
Los pueblos no tienen dilemas: cuando los políticos fracasan, gritan al unísono “¡Que se vayan todos!”, y logran el consenso deseado.