Como hemos insistido en este espacio editorial, el diálogo es la más efectiva y civilizada forma para llegar a acuerdos, para superar conflictos, para encontrar la paz y la armonía tanto entre dos personas como entre sectores y hasta entre países y regiones.
De hecho, las grandes guerras; esas que dejan innumerables víctimas mortales, lisiados, traumas imborrables, damnificados, migración forzada, incalculables pérdidas materiales y muchos otros daños, que fueron lanzadas para dizque ponerle fin a conflictos, al final, después de todo, es mediante el diálogo, a veces promovido o con la intermediación de organismos internacionales, que finalmente encuentra la verdadera salida ya sea para solucionar el conflicto en sí o para encontrar, tiempo después, la reconciliación entre las partes enfrentadas.
Por eso, y por mucho más, la propuesta de diálogo del presidente Juan Orlando Hernández para buscar una salida al descontento popular por el hartazgo ante la corrupción es un punto de partida válido que no debiera echarse en saco roto.
Ante el creciente clima de confrontación, que ha alcanzado su clímax con la galopante corrupción en el Instituto Hondureño de Seguridad, alguien tenía que tomar la iniciativa del diálogo. Y es cierto que quien da el primer paso es una de las partes en conflicto, pero eso no le resta validez ni tampoco obliga que todo se haga en los términos planteados, ya que una vez en la mesa de negociaciones la otra o las otras partes involucradas pueden introducir y consensuar con los demás participantes hasta la misma dinámica del proceso. Y ese ha sido el tono del mensaje del Ejecutivo.
De alguna manera, rechazar de forma tajante la propuesta presidencial, sin intentar siquiera un acercamiento, pone de manifiesto una intolerancia extrema que más bien desprestigia al movimiento popular en contra de la corrupción, al darle la razón a quienes aseguran que han sido infiltrados por intereses malsanos.
Si en realidad queremos al país y luchamos por la democratización, la transparencia y la rendición de cuentas, todos los sectores de la sociedad hondureña, incluyendo aquellos grupos que están en las antípodas de la posición e intereses del actual gobierno, deben sentarse. Si no les gusta la propuesta planteada, pues que le hagan las críticas que consideren oportunas y que planteen sus propias alternativas de solución.
Lo que no se debe hacer es desaprovechar esta oportunidad, a menos, por supuesto, que los interese sean los de crear un caos e ingobernabilidad en el país, algo que la misma sociedad no acepta.