El astrolabio fue un invento griego que perfeccionó el islam. En principio medía la elevación de un astro pero pronto se le mejoró para indicar latitud, movimiento y crepúsculos del mapa estelar todo, permitiendo así la certera navegación pero, principalmente, la ubicación del acimut exacto de La Meca al instante de orar. El Corán, que es la biblia árabe, recuérdese, impone a sus fieles rezar ocho veces al día con el cuerpo tendido en dirección a aquella urbe del profeta Mahoma, así como evitar la representación escultórica de Alá y la disección de cadáveres, abstenerse de ingerir alcoholes y dedicar la tercera parte de su fortuna a caridad y beneficencia. Obvio que afuera del lejano Oriente tales preceptos nunca se cumplen.
Pitágoras dedujo que a la naturaleza la gobiernan los números y fue él quien ascendió el conocimiento humano desde la aritmética a la matemática, como Euclides lo haría más tarde a la geometría. Los sabios antiguos creían que la base del universo (y la metafísica) era la armonía, que se expresaba en unidad dentro de la variedad y a la cual solo podía describirse mediante el lenguaje. Pero que a su vez el lenguaje perfecto era la música. Y la música no ocurre sin armonía...
De allí que los alquimistas medievales llenaran su sed de saber a partir siempre de la regla de oro, es decir, de la perfección geométrica, y que con ella llegasen al gran hallazgo de la humanidad que es el reloj. Pues el reloj es solamente cuatro ángulos rectos (45º) arreglados en círculo (catetos, hipotenusa), por lo que el círculo se hizo entonces modelo de perfección, dígase de armonía.
Por 400 años –cuando astronomía y astrología eran las ciencias madres– se aceptó que el Sol y la Luna giraban alrededor de la Tierra, tesis impuesta a sangre y látigo por el cristianismo desde los principios del libro “Almagest” de Tolomeo de Alejandría (150 d. C., quien creía que el estado ideal del varón es la bigamia), luego desacreditada por Copérnico (1543), a pesar de las amenazas de la Inquisición.
Hasta entonces se pensaba que el cosmos –la música de las esferas– era perfecto porque se contenía en círculo, y que por lo mismo el tiempo marchaba en ruedas, uniforme y suave. Galileo probó más tarde que en verdad el tiempo es infinitesimal y diferencial, tangente y con aceleración. Y luego en 1666 Newton ideó la gravitación y dictaminó que al infinito lo rigen unas leyes naturales cuasi perfectas que surgen en presencia absoluta de todo.
Y de allí que ocurriera una pasmosa coincidencia entre ciencia y pensamiento gnóstico, pues ya los maestros de China e India habían advertido que residimos dentro de un sistema o aparato invariable donde toda acción origina reacción (ley de Karma), donde se rechazan y encuentran los contrarios y donde la huella que escribimos sobre el tiempo persiste para la eternidad, excepto cuando nuevos actos superiores nuestros la borran, si merecemos.
Y principia uno a meditar, entonces, si este sufrimiento que como nación pasamos será gratuito o será gestado para hacernos madurar colectivamente. Si un día venceremos a los hijos de puta. Si fue nuestro acto de desidia el que provocó al reactivo de la corrupción e imperio de los mediocres, y si contaremos con la fuerza espiritual un día para corregir lo que permitimos malo. Si como pueblo desarrollaremos mañana energías constructivas capaces de revertir los vicios y la historia pútrida en que nos hemos dejado caer, o si estamos condenados a perdición...
Pienso que conseguiremos lo primero, aunque no de sopete. Los pueblos avanzan por veces lentos en su ruta de superación, siempre que tengan preciso el objetivo a conseguir.
Y esa es tarea de líderes, iluminar y guiar. No se les ve todavía, pero deseemos que surjan y pronto los tengamos.