Opinión

Hay que atender las opiniones ajenas, para enmendarse si tienen fundamento o para afirmarse sino y continuar. Si se admite que es uno el errado, el sentido común y la conveniencia conducirán a la rectificación. Así que será de agradecer la crítica, sana o malsana, si procede.

Se ha hecho evidente la indisposición de los grandes tomadores de decisiones para no aprobar las reformas indispensables a la Ley Electoral, menos aun para darnos lo que sería lo inteligente, lo conveniente y en general, lo patriótico: una nueva Ley Electoral.

Sí, ya sabemos que no es patriotismo lo que motiva a quienes detentan el poder real, no el que creen tener algunos arrogantes ilusos. El poder de verdad es de los mismos, con títeres de diversas máscaras y nombres. Y para lo propio. Una nueva Ley Electoral alteraría el statu quo que han venido usufructuando con tan buen suceso. El origen de nuestras desgracias pasadas y actuales está en el fraude electoral. El irrespeto a la voluntad popular manifiesta en las urnas nos ha hundido. Salen electos los que no elegimos. Los que aparecen electos obedecen a sus amos no al pueblo que se deben. Por eso se toman medidas que rechazamos.

Las decisiones nacionales son influidas por personajes oscuros, megalómanos, empeñados en mantenernos asustados y anulados. Una nueva Ley Electoral que disuadiera y castigara ejemplarmente la delincuencia electoral, aun la de los distinguidos neocaudillos, haría la diferencia. Solo el control que mantienen sobre las estructuras dominantes de esta sociedad impide que sea aireada y conocida por la población. Dañan a las mayorías y en cada crisis se afianzan y afianzan la postergación nacional.

No son los problemas estructurales los que alimentan el letargo y que han podido solucionarse, si eligiéramos bien y si nuestras decisiones por erradas que parecieran fueran estrictamente respetadas. Pero no es así y no permitirán que sea así. Por eso no vamos a tener la nueva Ley Electoral que necesitamos.

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