La historia de los procesos electorales es la historia de las promesas que los políticos hacen para ganar el poder, las promesas siempre tienen relación con necesidades sentidas de la población, pero también están las que entran en el campo de la imaginación como aquella de construir un teleférico para Tegucigalpa que pudiera ser el pasatiempo más sorprendente de los capitalinos.
El arte de los políticos, como dijo hace algún tiempo un líder, es prometer la construcción de un puente donde no hay río; cualquier cosa es buena para prometer si se sospecha que puede tener algún impacto favorable en el electorado.
La promesa es un supuesto de toda campaña electoral y no solo es parte de la oferta que los políticos tienen que hacer al electorado, es que forma parte de la cultura de los votantes. Un candidato de un partido comentaba que en cierta visita que hizo a un municipio del departamento de Francisco Morazán con vistas a promover su candidatura, él llegó con cierta modestia y les dijo en encendido discurso: “no les vengo a prometer nada… lo único que les digo es que cuando yo sea presidente…”, y de pronto fue interrumpido por alguien del público quien gritándole le dijo: “¿y si no viene a prometer nada, a qué viene”?
La promesa en política no tiene nada que ver con los actos cotidianos de la vida en sociedad, en un centro de trabajo cuando uno es contratado promete observar disciplina y cumplimiento con todas las obligaciones que contrae y de lo contrario es objeto de una acción que puede implicar hasta el despido, por más excusas que uno presente sino tiene debida justificación, después de tres días de inasistencia puede ser despedido sin responsabilidad por el empleador.
Por ahora los políticos prometen. Los que salgan electos como diputados, alcaldes y para la presidencia de la República después del 24 de noviembre irán preparando las excusas que presentarán a la población por no poder darle cumplimiento a sus múltiples ofrecimientos.
Como excusa estará aquella de que no pueden honrar las deudas que tiene el Estado con empleados y proveedores por que el anterior gobierno dejó vacías las arcas de la administración pública, que no pueden darle empleo a su clientela política porque no hay dinero para pagarle las prestaciones a los que ya están empleados, que no pueden construir y mejorar la red vial porque no se dispone de presupuesto, que no se podrá combatir la delincuencia porque hay que elaborar una estrategia de seguridad y esto lleva tiempo.
Se dirá por parte de los nuevos inquilinos del poder que es necesario que el gobierno se empape de la situación por la que atraviesa el país y que es necesario que el pueblo se revista de mucha paciencia y que, dada la situación donde las fuerzas electas no tienen una clara mayoría para aprobar leyes y en general todo el quehacer gubernamental, será necesario hablar con el adversario para compartir responsabilidades, que será lo mismo, repartir el poder.
Mientras tanto, el pueblo hondureño de nuevo estará despertando de un apasionado proceso electoral caracterizado por la deslegitimación y el maltrato, a esperar otro proceso para renovar las esperanzas, porque éstas, aunque no llenan, mantienen.