Opinión

De 'caudillo marxista” a santo eclesial

Asesinado en el momento mismo de la eucaristía, el momento culminante de la misa, por parte de un sicario integrante de los escuadrones de la muerte organizados por el mayor Roberto D’Aubuisson, el fundador del partido Alianza Republicana Nacionalista (Arena), monseñor Óscar Arnulfo Romero (1917-1980), fue sacrificado por su inclaudicable defensa de los marginados salvadoreños reprimidos por reclamar tierra y trabajo. No es casual que fue llamado “la voz de los sin voz”.

Durante la mayor parte de su vida asumió posiciones conservadoras, empero el terrorismo de Estado y de la élite en contra del pueblo e incluso en contra de sacerdotes adscritos a la opción preferencial por los pobres fue modificando sus cosmovisiones de la dramática situación de su país concluyendo que si callaba se tornaba cómplice de la sistemática exclusión y marginación social.

Al ser nombrado Arzobispo de San Salvador envió carta al presidente Jimmy Carter denunciando la ayuda militar a la junta gobernante, calificándola de perjudicial para la causa de la paz social; en un enérgico sermón afirmó que “ningún soldado está obligado a obedecer una orden de matar si la misma va en contra de su conciencia”. Al día siguiente, el 24 de marzo, fue ejecutado. El líder de la Democracia Cristiana, José Napoleón Duarte, sugirió que la izquierda estaba implicada en el magnicidio pero la población comprendía que la orden de asesinato provenía de la ultraderecha, aferrada a sus tradicionales privilegios de clase. Recuérdese que fue este sector, el que por medio de Maximiliano Hernández Martínez, fomentó la iniciativa presidencial del baño de sangre colectivo que cobró la vida de unos 30,000 campesinos en 1932, entre ellos el dirigente Farabundo Martí.

No satisfechos con haber sacrificado a monseñor Romero, los verdugos atacaron la procesión que conducía sus restos a la catedral matando a 40 personas en presencia de diplomáticos extranjeros y las cámaras de televisión.

El gobierno de Carter respondió al asesinato otorgando $55 millones en ayuda y en abril de 1980 el Congreso estadounidense autorizó un desembolso de $5.7 millones en asistencia militar, lo que exacerbó la acumulación de tensiones que estallaron en la guerra civil que se prolongó hasta 1992 cuando el gobierno y el FMLN suscribieron en la ONU un acuerdo definitivo para restablecer la paz tras 12 años de fratricidio.

Durante años tanto la élite salvadoreña como autoridades eclesiásticas vaticanas al más alto nivel vieron en Romero a un “enemigo de la oligarquía que controlaba el país y también lo enfrentó con parte de su propia Iglesia Católica”. Por ello admitió el Arzobispo italiano, monseñor Paglia, que “teníamos que esperar la llegada del primer Papa latinoamericano para que se beatificara a Romero. Es algo importante porque hay muchas similitudes entre lo que Romero predicaba y el magisterio del papa Francisco y que se resume en querer una Iglesia pobre para los pobres”. (EL HERALDO, 8 de febrero de 2015, págs. 26-27).

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