Opinión

Otra oportunidad. La de remontarnos sobre pequeñeces para aproximarnos a la perfección que se nos manda. “Sed perfectos como vuestro Padre es perfecto”.

Difícil. Para un humano, casi imposible. Pero somos perfectibles. Así nos hizo la Providencia Divina. Buscar su ayuda. Pedirla y esforzarnos por encontrar su gracia. Que se manifiesta en gozo y paz, en la ausencia de pecado, el que invariablemente angustia y no compensa ante lo correcto.

Con el favor de Dios puede lograrse. Al atender sus enseñanzas y seguirlo. Con visión y fe y fuerza de voluntad, para alcanzar lo cual, Dios quiere ayudarnos.

Para ello cambiar, mudar toda la piel que esconde la misericordia de Dios en nuestras vidas. Adquirir nuevos buenos hábitos. Borrar los que impiden nuestro crecimiento, de cualquier tipo, pero especialmente el espiritual.

Es el gran desafío que en cada Cuaresma se nos plantea. Convertirnos con oración, ayuno y limosna. Hacer del desprendimiento, de la templanza y del dominio propio, los pilares en que descanse nuestra relación con Dios, con los demás y con nosotros mismos. No es sencillo. Aunque los beneficios sean tantos y tan grandes.

Si transformamos las prácticas que nos disminuyen, que sabotean nuestro potencial, podremos. Por pequeño que sea, todo defecto, todo error, nos retrasa. Se hace necesario erradicarlo, al menos, reformarlo. Como también toda cordura, toda virtud, por pequeña que sea, ayuda y hay que reforzarla.

Y entonces lo encontraremos, a Él, cuyo camino es libertad y vida. Y seremos mejores cristianos, mejores ciudadanos. Solidarios, responsables, proactivos.

Si, también los agnósticos y los ateos pueden serlo. Pero quienes nos sabemos hijos del Rey de Reyes, del Señor de Señores, estamos obligados a andar su camino, no tenemos opción.

Debemos ¨Ser luz del mundo y sal de la tierra¨ Lo que cuesta! Hay que asumir el llamado cuaresmal a convertirnos con oración, ayuno y limosna. De lo que más nos cuesta. Convirtámonos. Esta vez aprovechemos la oportunidad.

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