Opinión

Conservadurismo religioso y política

El hecho de que un candidato republicano al Senado asegurara el domingo pasado en una entrevista televisiva que “es realmente raro” un embarazo cuando una mujer es víctima de una “violación legítima”, pareciera solo un caso de ignorancia o populismo extremo, pero es en realidad un ejemplo del peligroso radicalismo religioso que se abre paso en la política en Estados Unidos y en muchos otros países.

“En primer lugar, por lo que entiendo de los médicos, el embarazo como consecuencia de una violación es algo realmente raro… ya que si es una violación legítima (real), el cuerpo de la mujer tiene mecanismos para detener el proceso de la concepción”, dijo Todd Akin, al defender ante el entrevistador su férrea oposición al aborto incluso en los casos de violación y otros extremos.

Tampoco tiene nada de extraño que un político, inmerso en el fundamentalismo religioso, recurra a absurdas teorías medievales, como la mencionada, según la cual una mujer no podía quedar embarazada teniendo relaciones en contra de su voluntad; que sin el orgasmo femenino tampoco se producía la fertilización del óvulo; que el desarrollo de un embrión no es más que el crecimiento de un organismo que estaba ya preformado en el espermatozoide o en el óvulo, etc.

De hecho, los políticos ultraconservadores de raíz religiosa, por lo general republicanos y que han tenido un auge con la aparición del llamado “Tea Party”, ya retan abiertamente incluso la teoría evolucionista, pretendiendo que en las escuelas se enseñe la teoría creacionista, en contraposición a todo el avance científico logrado por la humanidad.

Mal hace la humanidad actual al dejar que de nuevo los asuntos religiosos se mezclen con lo político o permitir que paulatinamente se vayan borrando las fronteras establecidas entre la religión y el Estado.

La tristemente célebre “Santa Inquisición”, el tráfico de las indulgencias, las guerras interreligiosas o sectarias, la manipulación de la fe, la proliferación de sectas cristianas, y la misma “jihad” de los extremistas musulmanes ya son suficientes pruebas de lo nocivo que pueden resultar los religiosos ejerciendo el poder político.

En Estados Unidos es innegable la influencia de los ultraconservadores religiosos en la fallida “guerra contra el terrorismo” de George W. Bush; de la misma manera que el conservadurismo religioso se ha constituido en una fuerte barrera para el control de la natalidad, la lucha contra el sida y la educación sexual de niños y adolescentes.

Esto y mucho más hacen de la separación de la Iglesia y el Estado y de la educación laica un valioso legado de generaciones pasadas, sin el cual es imposible el progreso y la libertad misma.