Hay quienes, equivocadamente, satanizan el bipartidismo para justificar la irrupción de nuevas fuerzas políticas. La existencia de dos partidos dominantes no es más que el resultado de la evolución histórica de Honduras y de gran parte de los países del mundo donde esta tendencia es la prevaleciente. Los críticos culpan a las instituciones políticas sin reparar que ellas no son las responsables de los errores y desaciertos gubernamentales, sino de algunos malos líderes que han gobernado.
Uno de los clásicos de la ciencia política, Maurice Duverger, señala que la existencia del bipartidismo obedece a aspectos técnicos que provoca el sistema electoral, a factores culturales del país e incluso a la psicología o conducta electoral del votante. Si en Honduras algún día se desplaza a uno de los dos partidos históricos y se consolida un tercer partido, es muy probable que con el tiempo emerja un nuevo binomio de partidos, es decir, la competencia se volvería a centrar en dos fuerzas, esa es la tendencia en el mundo actual.
No es objetivo decir que todo lo del bipartidismo en Honduras ha sido malo. En el siglo pasado hubo presidentes reformistas que dejaron huella como Juan Manuel Gálvez, Ramón Villeda Morales y Carlos Roberto Reina; y recientemente Ricardo Maduro, quien condujo un gobierno bastante decente. Obviamente que ninguno de los citados estuvo exento de cometer errores por acción u omisión, porque se trata de seres humanos imperfectos.
En esta lógica histórica cabe destacar que desde el retorno a la democracia la mayoría del pueblo ha entendido que este es un sistema que se perfecciona permanentemente, dentro del cual existe la posibilidad de buscar la solución a los problemas de corrupción, seguridad, económicos y sociales de forma equitativa, respetando las libertades individuales y que las desviaciones que se producen siempre se pueden corregir.
Al analizar las elecciones desde 1981 al 2009 se registra una clara tendencia del electorado en escoger al candidato presidencial percibido por los indecisos e independientes con alguna cualidad personal por sobre su principal rival. Para el caso, Suazo Córdova frente a Zúniga Agustinus fue percibido como abanderado del retorno a los regímenes civiles. La condición de honradez de Azcona del Hoyo pesó frente a Callejas Romero. En 1989 después del desgaste de dos gobiernos liberales consecutivos se impuso la imagen de cambio de Callejas frente a Flores Facussé.
En 1994 los valores de rectitud, honradez e intelectualidad de Reina Idiáquez le valieron para triunfar sobre Ramos Soto. Posteriormente, Flores Facussé venció a Gúnera de Melgar porque ella fue percibida con menores capacidades para gobernar. En 2001, a Maduro Joest no le fue difícil sobrepasar a Pineda Ponce porque el electorado percibió en él capacidad, modernidad y mayores dotes para gobernar que su rival.
La de Lobo Sosa y Zelaya Rosales ha sido la contienda más cerrada, apenas tres puntos de diferencia, ello debido a que son dos políticos-caudillos terratenientes rurales muy parecidos, la balanza la inclinó el temor a la pena de muerte, otro asunto de valores personales. En el 2009, el camino a la presidencia estaba pavimentado para Santos Ordóñez, pero los acontecimientos del 28 de junio provocaron que una parte de la militancia liberal lo castigara votando por su rival, no por ser el mejor, sino por venganza.
En todos estos años la tendencia en el electorado independiente, de voto blando, pensante e indeciso ha sido clara hacia las cualidades personales del candidato ganador. Si esa tendencia no se rompe, cosa que no es imposible pero sí muy difícil, este domingo el pueblo escogerá un candidato por sus capacidades profesionales, cualidades éticas, morales, espirituales y de rectitud.
Casi se puede afirmar que el bipartidismo prevalecerá, porque aún representa certeza de continuidad de las libertades democráticas elementales, de la alternancia en el poder, de la posibilidad que si el pueblo se equivoca al elegir pueda rectificar dentro de cuatro años. Contrario al proyecto de Libre que significa llegar al poder para perpetuarse en él a través de la instauración de un régimen autoritario, como el que hoy se vive en Venezuela y Cuba.