Abrumados por los tiempos y circunstancias que vivimos, muchos pregonan pesimismo y que los tiempos pasados siempre fueron mejores, sin mayor reflexión ni detenimiento. Hoy, el fácil acceso a noticias desde los medios de comunicación electrónicos amplía de tal modo nuestra noción de la realidad que podemos sentir ansiedad cuando acontecimientos lejanos son anunciados y percibidos como si ocurrieran en las proximidades del barrio o la ciudad en que habitamos. En otros tiempos, también había desesperanza y abatimiento -así atestiguan los cronistas- pero las malas nuevas se afrontaban de forma proverbial.
Hace cien años, en las primeras décadas del siglo XX, continuos cambios de gobierno y alzamientos armados mantenían en vilo a las 600 mil almas que poblaban nuestro país. Desperdigada por el territorio, con infraestructura escasa, precarias condiciones de vida y muchas supersticiones, la gente se había alarmado hasta la histeria por la aparición del cometa Halley en el firmamento de 1910, llenando a reventar iglesias, pero también cantinas en las que muchos parroquianos se dispusieron a tomar los “últimos tragos de su vida” por el “inminente fin del mundo” (la resaca del día siguiente seguramente les hizo preferir una desaparición súbita de la faz de la Tierra y no la muerte lenta que produce el destilado de la caña). Pronto sabrían que eso era nada comparado con la tragedia real que vivió la humanidad con la Gran Guerra y sus 10 millones de muertos. La contienda armada que después se denominaría Primera Guerra Mundial, concluyó el 11 de noviembre de 1918 alterando para siempre la geopolítica internacional y el curso de la historia, con repercusiones que se sintieron en los estantes de las tiendas, como en las decisiones diplomáticas locales y la caída de la modesta economía nacional. Ese mismo año se calcula que entre 50 y 100 millones de personas murieron alrededor del planeta -cientos en nuestro territorio- a causa de la “gripe o influenza española”, por lo que seguramente el sentimiento generalizado de entonces es que nada peor podría ocurrir (y que tiempos pasados habían sido mejores).
De aquellos terribles días en que todo parecía ir de mal en peor, una de mis historias favoritas es la que narra la “Tregua de Navidad”, cuando las tropas del imperio alemán y el imperio británico en el frente occidental europeo hicieron un alto al fuego no oficial el 24 de diciembre de 1914. Todo empezó cuando las tropas alemanas comenzaron a cantar “Noche de paz” (Stille Nacht!) en su trinchera, a lo que gaiteros escoceses y soldados respondieron entonando el mismo villancico en inglés y otros, para luego intercambiar saludos de Nochebuena de lado a lado, atreviéndose a salir de sus zanjas hacia “tierra de nadie” e intercambiar tabaco y bebidas. Los cañones callaron en ambos bandos, a pesar de la molestia de los generales, conociéndose el suceso gracias a la prensa que pudo testimoniarlo con testigos y fotografías.
El pasado no siempre fue mejor, pero deja lecciones de bonhomía y optimismo. La necesidad de callar los cañones y hacer una tregua en Navidad es una de ellas