Columnistas

Weber, entre Cristo y Maquiavelo

El 26 de diciembre de 2016, diario EL HERALDO publicó mi artículo “Fin y medios”, que trató un tema polémico relacionado a asuntos de ética e identificación de peligros potenciales derivados de la violación de la Constitución. Nuestra Carta Magna es la expresión de un pacto social y, al desconocer uno de sus aspectos medulares como es la prohibición de la reelección, se produce lo siguiente: (1) caída en el delito de traición al país, (2) aniquilamiento de la legitimidad política (basada en ley) de la actual y, si acaso se lograra el despropósito, de la nueva administración de gobierno, y (3) generación de un limbo jurídico al quedar el Ejecutivo en situación de facto y en reafirmación del mensaje de que la Constitución no aplica para los poderosos. Historiadores (p. ej. Barrington Moore) identifican la Ilegitimidad y sentimiento de injusticia como detonantes de rebelión. Más aún, la Constitución misma obliga a la ciudadanía a actuar contra el infractor so pena de incurrir en el delito de complicidad. De esta manera, la desobediencia civil, cuales sean sus manifestaciones, pasa a ser recurso legítimo de la resistencia ciudadana. Por la gravedad de estas consecuencias, mi artículo terminaba con un llamado a la sensatez del candidato a dictador y de su argolla inmediata.

Medios y fines, un asunto relacionado con la ética política, ha sido discutido desde los primeros tiempos de la civilización. En mi artículo yo hice alusión a la doctrina social de la Iglesia Católica (medios lícitos para fines lícitos) como contraposición a la postura adjudicada a Maquiavelo (el fin justifica los medios). Al repasar la historia, la práctica política aparece más inspirada en la segunda que en la primera postura; la óptica católica se observa relegada al terreno de lo espiritual. En este asunto la enseñanza católica se sustenta en el sermón de la montaña (la bienaventuranza a los pacíficos) y en la admonición de poner la otra mejilla al agresor.

Max Weber, un clásico de la sociología, dictó una conferencia a la Asociación Libre de Estudiantes de Múnich sobre “La política como vocación” (1919)**. Pese al paso del tiempo, esta exposición todavía mantiene actualidad, que deslumbra por su rigor metodológico -interpretación basada en historia comparada- y la profundidad de pensamiento. Weber cuestiona la postura católica al calificarla de ingenua, en tanto observa la política como lucha por el poder del Estado, que a su vez, es el aparato que monopoliza (y legitima) la violencia como medio. En el devenir histórico el Estado aparece anticipándose o respondiendo a la agresión, nunca poniendo su mejilla.

Entonces como actividad terrenal, humana, la política es arena de lucha donde se mezclan lo angelical y lo demoníaco, la virtud y la maldad. Según Weber, el oficio del político es un “pacto con el diablo”. El político se satisface del sentimiento de poder, de la percepción de tener influencia sobre otros humanos y de “manejar acontecimientos históricos importantes”. Pero el político pronto aprende que las satisfacciones van de la mano con las decepciones, la mezquindad y la traición.

El político profesional con deseos de estampar huellas de grandeza (de Estadista, diríamos hoy), deberá estar a la altura de sus circunstancias. Esto requiere el cultivo de tres cualidades: “pasión, sentido de la responsabilidad y mesura”. Dicho esto, entramos al terreno de la ética, “pues es a esta a la que corresponde determinar qué clase de hombre hay que ser para tener derecho a poner la mano en la rueda de la historia”.

En Weber la pasión está vinculada a doctrina política, a una “causa” (o “al dios o al demonio que la gobierna”). Pero cualquiera sea esta pasión, necesita el freno originado en el “sentido de responsabilidad objetiva”. Mientras que la pasión es motor, la responsabilidad ha de ser “la estrella que oriente la acción”. En complemento, el político necesita la mesura: “una cualidad psicológica decisiva”, una “capacidad para dejar que la realidad actúe sobre uno sin perder el recogimiento y la tranquilidad, es decir, para guardar la distancia con las personas y las cosas”. No saber guardar distancias “es uno de los pecados mortales de todo político”. Pero esto plantea un problema: ¿Cómo conseguir un matrimonio de pasión ardiente y mesurada frialdad? La fuerza de una personalidad política reside en poseer las cualidades mencionadas. Pero en este empeño el político debe mantener a raya a un enemigo “trivial y demasiado humano”, cual es la vanidad, “enemiga mortal de toda entrega a una causa y de toda mesura, en este caso de la mesura frente a sí mismo… El pecado contra el Espíritu Santo de su profesión comienza en el momento en que el ansia de poder deja de ser positiva, deja de estar exclusivamente al servicio de la ‘causa’ para convertirse en una pura embriaguez personal”. El político será intrascendente sin la pasión, la responsabilidad y la mesura. Y el enemigo de estas cualidades es la vanidad.

El comportamiento del político se mueve o por la “ética de la convicción” o por la “ética de la responsabilidad”. La primera actúa con referencia al ideal (la ‘causa’, la ideología) que puede provenir de Dios o del demonio. Pero por muy virtuoso el ideal, en situaciones conflictivas la creencia en su nobleza puede terminar justificando cualquier medio. Por su parte, la ética de la responsabilidad es la conciencia de que en la arena política toda medida, todo medio empleado, acarrea consecuencias (buenas o malas, según los grupos implicados). Weber toma partido por esta última. Insiste en la crítica y la investigación como antídotos contra la ceguera que puede producir el absolutismo de una “causa”. Recomienda al político que siempre considere las consecuencias de sus actos, que enfrente el hecho de que sus medios pueden estar contaminados de mal, y que por lo mismo en algún momento, deberá imponerse la mesura.

¿Qué pasó con los políticos a los que faltó sensatez? Simplemente erosionaron su encanto, y con ello, abrieron camino a sus adversarios.

Pese a sus cuestionamientos, Weber respetó y admiró la ética católica, tanto que invitó a entenderla plena y coherentemente como guía de santidad, pero en el terreno mundano de la política (mientras exista el Estado), el agigantamiento de un político surge de entender y responsabilizarse (mesurarse) por las consecuencias de sus actos. Nunca debe confiar que su ideal, por muy sublime que se perciba, baste para librarlo del mal. Ha de responsabilizarse de las consecuencias sin atribuirlas a terceros

** La conferencia “La política como vocación” apareció recopilada en el libro “El científico y el político”, publicado en 1959 por Alianza Editorial de Madrid.

Foto: El Heraldo